¿Robar es bueno?

El Maestro era alguien que había sufrido muchísimo. Su sabiduría que tanto lo maravillaba, no provenía de haberse pasado horas estudiando u orando en un convento, sino de haber vivido, lo que conllevaba grandes dolores

¿Robar es bueno?
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Había un joven que soñaba con ser discípulo de Buda. Lo fue a ver pidiéndole que lo aceptara. El Maestro le pregunto si había robado alguna vez. El joven, orgulloso de sí mismo, respondió que no. Buda le dijo: “Ve a robar, y cuando hayas aprendido, vuelve”.

-¿Qué te provoca esta historia?, preguntó el Maestro al discípulo.

En cierto sentido, alivio.

-¿De qué?

-En términos generales, de la necesidad de ser perfecto…

-¿Y en términos menos abstractos?

-Bueno, en cierto sentido me redime, porque yo le he robado dinero a mis padres muchos años… Cuando era niño les sacaba plata porque quería comprarme un chocolate, un sándwich o algo, y ellos casi nunca me lo daban. Por otra parte, al ir a una escuela aristocrática, era la única forma que tenía para reducir el contraste con el nivel de consumo que tenían muchos de mis compañeros de clase…

-¿Quién no ha robado alguna vez a sus padres? Sin embargo, la idea de erradicar el mal de nuestras vidas a través de nuestra buena conducta solo conduce al fracaso.

-La perfección es un estándar que nunca vamos a alcanzar por lo cual, en vez de asumirnos imperfectos, mentimos. Una lástima porque eso además nos aísla y nos dificulta el crecimiento. El error y el mal siempre están presentes en nuestra vida. Todo el tiempo. Si no hay lugar para ellos, terminamos desarrollando un doble estándar, una doble contabilidad. Una formal, en la que nos mostramos como queremos que nos vean, o como sentimos que nos exigen. Y otra cuenta, secreta, en la que podemos descargar todas nuestras áreas que no tienen lugar en la vida oficial. El bien y el mal son aspectos complementarios e interdependientes. No se puede eliminar uno. Todo intento de desterrar el mal no funciona. El pecado no es evitable porque está en nuestra naturaleza.

El discípulo provocó a su Maestro con cierto sarcasmo:

– ¿Esto es una clase de religión?

– Varias veces me has contado algunos de los negocios que hacías. Al comienzo te daban culpa, te generaban ruido. Después, te fuiste acostumbrando y hoy, a la luz de la gran cantidad de dinero que te dejan todos los meses, ya no están bajo cuestionamiento. ¿Nunca más volviste a pensar en abandonar esos negocios en los que le sustraías dinero a la empresa en la que trabajas?

El discípulo se quedó callado. Sabía de qué le hablaban.

-A veces pienso que me gustaría hacerlo. Siempre me digo que dejaré de hacerlo cuando alcance cierta cantidad de dinero.

-¿Tú dices?

-¿Y también piensas que algún día vas a dejar de acostarte con cuanta mujer puedes?

-La verdad que me gustaría que ese día llegue alguna vez…

-¿En serio te gustaría?

El silencio invadía la habitación. El discípulo sentía que cada respuesta suya lo dejaba más expuesto. Cuanto más hablaba, más mentía, por lo cual optó por no contestar.

-¿Y por qué comés tanto, si hasta tu médico te implora que adelgaces?

-Como por una mezcla de razones. Por lo general, siento una voracidad en la que solo comiendo mucho encuentro algo de gusto. Si como poco, pasa totalmente desapercibido. Necesito mucho para disfrutar algo.

-Pero te hace mal…

-No puedo parar.

-¿De qué otra forma definirías ese “no puedo parar”?

-Como una fuerza interior que me arrastra en una dirección que no es la que yo quiero

-¿No es la que tú quieres, o no es la que deberías?

-Según mi médico, no es la que debería.

-¿Y según tú?

-Porque no puedo-, se quebró el discípulo con algo de pudor.

-¿Ni aun pesando ciento diez kilos, y sabiendo que eso te puede llevar a una muerte prematura?

-No.

-De esto se trata la vida.

-¿De qué? ¿De vivir atrapado en una telaraña de la que no podemos salir, y que nos va enredando cada vez más?

-Diría que más bien lo opuesto…

-No entiendo

El Maestro le explicó que la vida era el camino del desengaño. Que el tiempo iba destruyendo nuestras ilusiones y apegos, y gracias a ello empezábamos a ser capaces de ir enfrentando la verdad.

Conocer nuestra verdad era lo mejor que nos podía pasar, aunque el proceso pudiera ser doloroso. Como las personas no querían soltar sus apegos y seguridades, ni resignar fantasías e ilusiones, la vida terminaba arrasando con todo, totalmente ajena a esas consideraciones.

Recién entonces y por primera vez y devastados por la realidad, los seres humanos estaban dispuestos a elegir lo bueno. Soltar cosas que les hacían mal, y optar por lo que les hacía bien.

De ahí la importancia de la idea de Buda. En el fondo, siempre resultaba muy difícil ayudar a alguien que no hubiera descendido a sus propias oscuridades. Por la misma razón resultaba imposible que un abstemio pudiera comprender a un alcohólico. De ahí que el slogan de Alcohólicos Anónimos fuera “ya hemos estado allí”. Los que asistían a los alcohólicos, siempre eran alcohólicos en recuperación. Y esa definición era una genialidad dado que no hablan de recuperados, sino en recuperación, porque en el fondo de su ser sabían que no existían certezas, y siempre era posible volver a caer. Y no dentro de cinco años; en dos horas.

Contrario a lo que imaginaba el discípulo, el Maestro era alguien que había sufrido muchísimo. Su sabiduría que tanto lo maravillaba, no provenía de haberse pasado horas estudiando u orando en un convento, sino de haber vivido, lo que conllevaba grandes dolores. La vida lo había tironeado de un lado al otro. Desgarrado una y mil veces. Casi siempre por su terquedad, su negativa a soltar, su determinación de que las cosas fueran como él creía que debían ser.

Igual, la vida lo había rescatado. El Maestro había sido completamente incapaz de salir adelante por sus propias fuerzas o capacidades. Simplemente había sido arrastrado desde el infierno hacia playas mejores, pese a que no fueran el destino que él deseaba.

-Y no llegaste a donde querías… – conjeturó el discípulo.

-A veces sí, otras veces no. Pero en ambos casos, fue frustrante.

-¿Por qué?

-Porque aun alcanzando ciertos objetivos que me había propuesto, no me dieron la felicidad que esperaba.

-¿Y entonces? Estoy más perdido que nunca… Me dices que si hago lo que quiero, me va a ir mal. Pero a su vez, pareciera que es inevitable.

-Por eso…

-¿Por eso qué, desgraciado?

Vive. Haz todo lo que tengas que hacer. Ya la vida a sus tiempos y a sus formas, te irá enseñando.

-Pero veo que algunos aprendizajes son muy costosos…

-¿Preferirías no aprenderlos?

-No; querría encontrar la forma de que fueran más baratos.

-Ve a robar, y cuando hayas aprendido, vuelve.

Ya lo estoy haciendo y veo que no aprendo.

-Por eso, sigue robando. Ya será tu tiempo. Cuando puedas dejar de rechazar tus pecados, vas a estar mejor. Y cuando puedas amarlos, probablemente se diluyan.

-Ojalá que ocurra pronto.

Ojalá que ocurra.

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