La cresta de la lengua: Hablar raro y en español

Hablar inglés no es una obligación sino una necesidad. El bilingüismo es una realidad a la que hay que buscar solución al gusto de todos
La cresta de la lengua: Hablar raro y en español

El contacto de lenguas crea a diario situaciones que hay que enfrentar con tacto y buen humor. Caracterizar el español en Estados Unidos de “lengua rara” solo se puede poner en boca de alguien que no asistió a clases de historia o que no mira más allá de sus narices.  Se entiende por “raro” algo que es  “inhabitual”, “extraordinario”, “escaso”, “extravagante” o, con matiz opuesto, lo “sobresaliente” o “excelente”. Viene a cuento de un popular anuncio de televisión en el que un niño le comenta a su madre que en el colegio le dicen “que habla raro”.

Hay dos noticias que atraen nuestra atención, una es el anuncio ya mencionado; la otra, un video en el que un ciudadano hispano al regresar a Estados Unidos se dirige “en español” al guardia de fronteras. Este  cruce de palabras acaba cuando el guardia al comprobar que es ciudadano estadounidense le dice: “¿Por qué no habla inglés?”, a lo que se le responde: “Porque no me sale de los huevos” (sic).

Ambos casos obligan a repensar el lugar que debe ocupar el español en nuestro país, algo que actualmente está en un limbo que oculta que (el español) es una lengua nacional más. Con canales de televisión implantados en todo el territorio, y todo tipo de medios de comunicación al alcance de cuarenta millones de hispanoparlantes, hay que tener los sentidos abotargados para no reconocerlo.

La percepción de que quien no habla tu lengua es un “extraño” viene de lejos. Es el significado atribuido a “bárbaro” (que suena “bar-bar-bar”). El español en Estados Unidos parece haber superado ya esa etapa. No está de más recordar que el inglés entró en el terreno del español al extenderse hacia el oeste y no al contrario. La topografía lo atestigua. La historia nos deja esas paradojas. Y cuando una lengua penetra en el espacio de otra la solución natural debería ser multilingüe.

El bilingüismo es una realidad a la que hay que buscar solución al gusto de todos. A fin de cuentas, los que hablamos español no vamos a dejar de hablarlo ni aun en el hipotético caso de que quisiéramos hacerlo. No funciona así.

El caso del desplante al guardia fronterizo nos sitúa en otro escenario. La sorpresa del vigilante parece provenir de que para ser (o hacerse) ciudadano se supone un cierto dominio de la realidad lingüística. Por ello, la negativa a hablarlo se ve más como una descortesía. Lo que no podemos olvidar nunca, y es buena  vara de medir, es que si hay que acudir a urgencias a un hospital no se debe dejar nuestra salud al albur de que alguien te entienda o no te entienda en tu idioma. Hablar inglés no es una obligación sino una necesidad. A ello se debe que no tenga caso hablar de “lengua oficial” cuando ya hay una en común.

Lo mismo ocurre si hay un accidente en la carretera. O una epidemia. La sociedad tiene que actuar en esos casos como un todo unido sin barreras de lengua. ¿Va alguien a alegar que no paga impuestos porque no entiende la lengua? Ni lo intente.

Por otro lado las traducciones tienen un límite. No se puede traducir todo. No podemos quedar expuestos a que te toque el intérprete equivocado, o sufrir una traducción automática que desvirtúe el original.

Se puede indistintamente hablar raro y en español.