Papeles: El día que fui héroe

Con el corazón en la mano y arrepentido de los deliciosos pecados mortales cometidos en vida, abrí...
Papeles: El día que fui héroe

No debería decirlo, y menos jactarme de ello, pero sí, fui héroe fugaz. Lo recordé el pasado 28 de abril cuando evocamos la muerte en un accidente de aviación de Jaime Bateman, fundador del M19, el movimiento guerrillero que surgió como reacción al robo de las elecciones presidenciales de 1970 al general Rojas Pinilla.

Dos días antes del accidente, el grupo subversivo me había invitado a entrevistarlo en un apartamento junto al mar en Santa Marta, capital del Magdalena, la tierra del Nobel García Márquez, del cantante Carlos Vives y del célebre futbolista Carlos Valderrama, el Pibe.

La organización alebrestada en armas tenía interés en desmentir que ese movimiento estuviera en “ayuntamiento punible” con el líder libio Moamar el Gadaffi.

Y querían anunciar de paso el regreso a la guerrilla de un exdesmovilizado, Conrado Marín, en protesta por el incumplimento de las promesas hechas por el gobierno de Betancur. Muchos desmovilizados habían sido asesinados.

Pues bien, en plena entrevista tocaron a la puerta del apartamento. Con anterioridad, deduzco, habían acordado un esperanto de señales para identificar si quien tocaba era integrante de la logia subversiva.

Hubo estupor a bordo porque El Flaco, uno de sus apodos, en ese momento era el hombre más buscado de Colombia. Mi llegada hasta el apartamento había tenido ribetes cinematográficos para evitar que la ley nos pusiera la mano encima.

Al oír la tocata en la puerta del apartamento, los asistentes quedamos pegados del techo. Entre ellos se miraron preguntándose quién podría ser.

Bateman se retiró a una esquina y se parapetó detrás de una pistola (creo que era una pistola: no distingo entre una pistola y un tanque o un bombardero). Los demás miembros del Eme, hoy grupo desmovilizado con asiento en el gobierno y el parlamento, también se pusieron mosca.

La tocata se repitió. Ni forma de darnos a la fuga. Quedamos sumidos en una patria boba en la que nadie hacía nada: ni los valientes guerrilleros que pretendían derrocar el establecimiento, ni este pusilánime reportero que quería regresar pronto a casita y meterse debajo de las cobijas. Los valientes somos así.

Ante la pasividad del respetable, este pecho tomó la iniciativa: “Yo abro”, dije. Nadie se opuso, como yo esperaba…

Con el corazón en la mano y arrepentido de los deliciosos pecados mortales cometidos en vida, abrí: No eran los hombres del glorioso ejército, sino  una diminuta ráfaga costeña que iba a preparar el sancocho de sábalo. Que le quedó delicioso.

Muertos de la risa retomamos la respiración y nuestro puesto en la mesa. Reanudamos la entrevista que sería la última que concedió en vida el jefe guerrillero.

Dos días después  Bateman, Marín y otros viajarían a Panamá, a iniciar diálogos por la paz, autorizados por el gobierno y con la mediación del Nobel García Márquez. La avioneta en que viajaban se accidentó. Yo corrí con mejor suerte y  fui héroe de peluche durante algunos minutos.