“Contigo me aburro”… Cuando el tedio consume a la pareja

El aburrimiento ocurre muy a menudo en los matrimonios, pero a veces quiere decir algo más profundo
“Contigo me aburro”… Cuando el tedio consume a la pareja
Qué pasa cuando no hay estímulos a la vista y la monotonía invade.
Foto: Shutterstock

Muchas parejas se aburren al estar juntas. No es que se odien o que estén pensando en separarse por atravesar una crisis terminal. Simplemente se aburren cuando tienen que estar el uno con el otro sin algo que medie entre ellos, un “algo” que disimule o atempere ese tedio que habita allí, en el corazón del vínculo. Reiteramos que no hablamos de grandes conflictos visibles, con gritos o platos que vuelen, o de oscuras y laberínticas lejanías, propias de las parejas “embalsamadas” que sobreviven así a los años.

Hablamos de aburrimiento nomás. Un estado anímico que se puede dar bajo formas amables y corteses, pero que indica algo que falta (o que sobra) en la relación. El aburrimiento es eso que ocurre cuando los estímulos no existen o, por el contrario, cuando éstos abundan, pero no aparecen en escena por muy diversas razones.

Puede pasar en los noviazgos, al menos por un tiempo, hasta que alguien patea el tablero. Es que los novios no se aguantan mucho el aburrirse, ya que intuyen que es indicador de algún tipo de disfunción que no augura nada bueno para el porvenir.

Pero es claro que el aburrimiento ocurre, y muy a menudo, en los matrimonios. Allí no es tan fácil patear los tableros y la cuestión pasa a tener ribetes bien diferentes. En el territorio matrimonial, el aburrimiento puede ser una etapa o puede que sea un estilo de convivencia al que muchos naturalizan.

Se le suele echar la culpa del aburrimiento a la rutina y al tiempo que se acumula en la historia compartida, si bien innumerables parejas desmienten esa aseveración al generar un compartir grato, divertido o, al menos, intenso, aun con varias décadas en su haber. Lo contrario del aburrimiento no es la diversión, sino, en todo caso, la intensidad, la vitalidad, algo así como un palpitar o, al menos, una sensación de estar vivos.

aburrido

Cuando uno cree conocerlo todo del otro muere la curiosidad. Eso sí que es aburrido. Sólo queda un transcurrir sin mística ni misterio que se transforma en una película repetida que no ofrece, siquiera, una nueva lectura como para ahondar en su significado. ¿La pareja “funciona” y punto?, como las máquinas automáticas, esas que uno usa sin siquiera saber cómo son “por dentro”.

No significa que salir del aburrimiento sea una garantía de bienestar para la pareja. De ninguna manera. A veces la “construcción” del aburrimiento es una forma de administrar algunas tormentas, miedos, claudicaciones o broncas. Puede ser parte del temor a intentar retornar a una intimidad afectiva que antes existía, y encontrar que ésta no está más, que se fue.

Un caso típico es lo que ocurre con una pareja cuando los hijos se fueron y el trabajo de “pyme” familiar queda de lado. El reencuentro da miedo. De “funcionar” a pasar a “intimar” de nuevo. ¿Habrá algo allí más allá de la tarea pragmática? En esos casos muchos creen que no pasa “nada” (recordemos que la “nada” no existe en el aparato psíquico), se aburren y puede que la pasen mal hasta que reencuentren su energía y la reconviertan según la nueva etapa que aparece.

Más allá de lo antedicho, lo que sí se puede garantizar es que, en cualquier circunstancia de la pareja, con sólo nombrar al aburrimiento, éste se va rápidamente. “Querida (querido), contigo me estoy aburriendo” es un comentario que generará, de inmediato, algo, cualquier cosa, menos aburrimiento.

Los hay que aprovecharán el comentario para ofender o para ofenderse, culparse, pelearse, resentirse. O los hay que ante ese sinceramiento curioseen a ver qué pasa, qué se puede hacer para despertar o, en todo caso, animarse a asumir el riesgo de salir del automatismo para volver a vivir una aventura, la de retornar a la intimidad perdida, asumiendo los riesgos del caso, pero sabiendo que, sin riesgo, no hay recompensa y todo se hace muy, pero muy, aburrido.

– Miguel Espech, psicólogo y psicoterapeuta