Crónicas mexicanas: el gobierno se roba mi dinero

“¿Y si saco el dinero de mi Afore?”
Crónicas mexicanas: el gobierno se roba mi dinero
Foto: Archivo

En este país donde vivir cuesta tanto dinero, todas y todos nos hemos planteado en algún momento: “¿y si saco el dinero de mi Afore?”. Nos ocurre porque necesitamos el efectivo. Yo lo hice, tristemente.

Las Administradoras de Fondos para el Retiro (Afore), son las cuentas de ahorro que, se supone, nos serán pagadas cuando nos jubilemos. Una pensión, pues. Estas son administradas por los bancos.

Antes no era así. Pero desde finales de 1980, el trabajo dejó de estar concentrado por el Estado. Luego, grandes monopolios estatales como Ferrocarriles Nacionales, por ejemplo, fueron vendidos a particulares. Las personas que trabajaban ahí, perdieron su puesto; o bien, se reincorporaron al nuevo modelo, salvo que ya no contaban con la protección laboral estatal. De un plumazo, perdieron derechos. Y sí, también sus pensiones.

Fue entonces que se crearon las Afores. En vez de al Estado, comenzamos a darle nuestro dinero a los bancos porque, además, casi todo el empleo se volvió privado. El problema es que cada vez nuestro salario disminuía –y sigue disminuyendo–, o bien, la inflación ocasionó –y sigue ocasionando–, que alcance para menos.

Lo que no baja es el porcentaje de comisión que cobra la banca. Al contrario, aumenta. De hecho, el actual secretario de Hacienda mexicano, Luis Videgaray, recién declaró que las aportaciones de las y los trabajadores a las Afores deben aumentar del 6.5%, al 18%. Un robo.

Lo sé porque hace tiempo fui al banco a solicitar el retiro de mi Afore. No tenía trabajo. Vaya sorpresa. Me enteré que por diez años de labor había juntado la espectacular cifra de 50 mil pesos (unos 2, 700 dólares). Sólo se me permitió sacar un porcentaje y me dieron 30 mil (1,600 USD), a cuenta de mi pensión. Lo que siguió fue aún más espectacular. Me dijo la ejecutiva:

–De lo que le resta, ¿a cuánto tiempo quiere que se le distribuya este dinero?

Lo que la ejecutiva me preguntaba era: ¿Cuántos años esperaba yo vivir a partir de que me retirara? ¿10 años? ¿15 años? ¿Es posible, carajo, saberlo? Porque en el lapso de ese tiempo, a plazos mensuales, se me dará lo ahorrado.

–Y si me muero antes, ¿qué va a pasar con mi dinero?

–Se puede heredar–, me respondió.

Yo suspiré aliviado. Ahora mi descendencia podrá contar con lo que les sobre de mi fastuosa pensión de 20 mil pesos. Claro, suponiendo que los bancos y el Gobierno no me sigan robando.

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