Más presos mueren a edad avanzada tras las rejas en EEUU

En las cárceles, la principal causa de muerte fue el suicidio, que pasó de 328 a 372 de 2013 a 2014
Más presos mueren a edad avanzada tras las rejas en EEUU
Muchas prisiones son negligentes en proveer servicios de salud a los presos.
Foto: Archivo

A medida que el número de presos mayores se dispara, más reclusos mueren en la cárcel de enfermedades que afligen a las personas de edad avanzada, según muestran nuevos datos del Departamento de Justicia.

Un total de 3,483 presos murieron en prisiones estatales, y 444 en prisiones federales en 2014, los números más altos registrados desde que la oficina comenzó a contabilizar en 2001, según datos publicados por la Oficina de Estadísticas Judiciales del departamento. Además, 1,053 presos murieron en cárceles locales, donde el suicidio está en aumento.

Estados Unidos tiene la población carcelaria más grande del mundo, con más de 2 millones de personas tras las rejas. Si bien esa población ha ido disminuyendo en los últimos años, las muertes bajo custodia han aumentado constantemente.

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Las muertes reflejan un cambio dramático en la población carcelaria: el número de presos federales y estatales mayores de 55 años llegó a más de 151.000 en 2014, un crecimiento de 250% desde 1999.

A medida que esta población crece, las prisiones han comenzado a servir como hogares de ancianos y salas de cuidados paliativos, en donde se atiende a los pacientes más enfermos. La mayoría de los prisioneros estatales que murieron en 2014 tenían 55 años o más, y el 87% de ellos murieron a causa de enfermedades, según el informe. Las más comunes fueron cáncer, insuficiencia hepática y males cardíacos.

Estas muertes señalan cuán dramáticamente están cambiando las necesidades de atención de los presos. Los mayores tienen problemas médicos complejos, son vulnerables a la violencia y pueden requerir cuidados intensivos al final de sus vidas, dijo Gabriel Eber, asesor de personal del National Prison Project del American Civil Liberties Union, que presenta demandas colectivas en nombre de los prisioneros buscando una mejor atención médica y de salud mental.

“Las prisiones no están equipadas para manejar a la población geriátrica”, acusó.

Por ejemplo, Eber recordó un caso de un veterano de 80 años que sufría de Alzheimer y otras dolencias. Confinado con la población general de reclusos en una gran cárcel urbana, el hombre siguió participando en peleas y sacándose su catéter. El preso, que desarrolló una infección y murió, debería haber estado en una unidad médica desde el principio, dijo Eber.

Y agregó que los nuevos datos plantean una pregunta: “¿Tenemos que mantener a toda esta gente tras las rejas?”

En las cárceles, la principal causa de muerte fue el suicidio, que pasó de 328 a 372 de 2013 a 2014. Los suicidios representaron más de un tercio de las muertes en las cárceles. La tasa de suicidios es ahora de 50 por cada 100,000 reclusos. Esa ha sido la tasa más alta desde que la Oficina de Estadísticas Judiciales empezó a contar en el año 2000, pero muy inferior a la de los años 80, cuando llegó a 129 por cada 100,000, dijo la experta en estadística Margaret Noonan, quien escribió el informe.

En general, más de un tercio de las muertes en la cárcel ocurrieron durante los siete primeros días en los que el recluso estuvo tras las rejas, según el informe.

Los datos de la cárcel no incluyen las muertes que ocurren en las prisiones federales gerenciadas por empresas privadas o las muertes por ejecución.

Para los prisioneros que claman por pasar sus últimos días en casa, las jurisdicciones penitenciarias estadounidenses tienen algunas leyes escritas, a menudo llamadas “liberación compasiva” o “libertad condicional médica”, que permiten la liberación temprana si los presos están muy enfermos y no representan una amenaza. Pero en la práctica, se libera a muy pocos reclusos a través de estos programas, dijo la doctora Brie Williams, directora del Proyecto de Justicia Criminal y Salud de la Universidad de California en San Francisco.

Williams y otros han pedido que se amplíen estos programas, en parte para aliviar los tensos presupuestos estatales. Los reclusos no son elegibles para el Medicaid, por lo que las prisiones estatales y las cárceles pagan el costo completo por la atención médica, que puede incluir viajes costosos, acompañados por guardias, a las salas de emergencia o a ver a especialistas en hospitales. La atención médica para los reos mayores cuesta de tres a nueve veces más que para sus pares más jóvenes, según Human Rights Watch.

Williams ha presionado para que los programas de liberación compasiva incluyan a los prisioneros que tienen una debacle funcional significativa o deterioro cognitivo, no sólo a aquéllos que se considera que tienen seis meses o un año de vida, que ha sido históricamente el estándar y es difícil de predecir.

Pero muchos de estos presos mayores cometieron delitos violentos, como asesinatos o violaciones, y la presión política de los defensores de las víctimas y del público dificulta su liberación temprana, dijo el doctor Marc Stern, consultor de justicia criminal que fue director médico del Departamento Correccional del estado de Washington de 2002 a 2008.

Stern dijo que cuando supervisó el componente médico del programa de liberación compasiva de Washington, el primer prisionero que aprobó para ser liberado “terminó en algo horrible”. El hombre había afirmado que estaba tan debilitado que no podía caminar. Pero, una vez en libertad, las cámaras de noticias lo capturaron caminando fuera de su casa, cortando el césped, dijo Stern. El estado puso al hombre de nuevo tras las rejas y se volvió mucho más cauteloso sobre a quién liberar, agregó.

Massachusetts también se opuso a la liberación temprana después que un ex prisionero, Dominic Cinelli, matara a un oficial de policía en 2010, mientras estaba bajo libertad condicional durante una sentencia de cadena perpetua.

Ese tiroteo fatal tuvo efectos de largo alcance para otros presos enfermos. Dianne Babcock, de Vermont, presionó para que su marido moribundo fuera liberado de la prisión de Massachusetts. Ella describió a su esposo, John Babcock, como un “criminal de carrera” cuya adicción a la heroína lo había llevado a robar bancos. El hombre pasó más de dos décadas tras las rejas. Al final de su vida, desarrolló cáncer de hígado a partir de una hepatitis C. A los 57 años, dijo, estaba “bajo un tremendo dolor”.

“Hubiera sido afortunado si hubiera podido ir al baño”, dijo. Los funcionarios de salud de la prisión autorizaron la liberación temprana de Babcock, pero la junta estatal de libertad condicional no lo dejó salir, y murió en prisión en 2011.

“Yo quería que él pudiera regresar a casa y vivir lo que le quedaba con un poco de comodidad”, dijo su esposa. “Pero eso no sucedió”.

Mientras tanto, Williams ha estado observando que la población de prisioneros mayores continúa creciendo, superando a la población general de los EEUU. A medida que esta tendencia continúa, dijo, las prisiones y cárceles necesitan ponerse al día.

“Estoy hablando de una expansión masiva del campo de cuidados paliativos en el sistema correccional”, explicó, “para que esté integrado en el entramado de la atención médica correccional”.


La cobertura de KHN del final de la vida y enfermedades graves es auspiciada por The Gordon and Betty Moore Foundation.