La historia detrás de la casa-museo de Maradona: cada detalle de un refugio histórico

Carlos Prieto fue vecino de Maradona en La Paternal a principios de los ´80 y colaboró como "curador" para que el hogar durante la etapa de Argentinos Juniors fuese transformada hoy en un museo

Diego es eterno. No importan los años ni las polémicas. Es Diego , es “El 10” y contra eso, nada qué decir.

Todo lo que rodee a Diego Armando Maradona siempre será noticia. Es de esos personajes cuyos pasos generan intriga a propios y extraños. Su vida, sus anécdotas, su familia, sus excesos, sus escándalos.

En el barrio porteño de La Paternal -justo entre las calles Lascano y Gavilán- está la casa de sus comienzos como futbolistas profesional, un lugar cargado de historia. Un refugio que, en algún sentido, forma parte de la historia del fútbol.

Se trata de su segundo hogar -la primera quedaba en Villa Fiorito- pero éste, el de La Paternal, guardaba un valor especial para el “10”, pues se trata de la primera casa de su absoluta propiedad, ganada a punta de sudor, gambetas y talento en la cancha del Club Atlético Argentinos Juniors, su primer equipo en Primera División.

En Villa Fiorito yacía el lugar que lo vio nacer, pero en La Paternal está su sitio de pertenencia, el espacio que recibía a diario al talentoso adolescente, que albergó en sus 84 metros cuadrados la progresiva consagración del histórico ícono del fútbol.

El tiempo implacable

Dicen los lugareños que La Paternal no cambió mucho, que se mantiene como en los años 80, cuando la familia Maradona-Franco se mudó allí. Llegaron en 1978 porque el Bicho le había entregado a Diego esa casa como pago por su contrato profesional. No hubo prima, hubo casa para los viejos de Maradona y él estaba más que satisfecho por ese acuerdo. La miseria y la pobreza, al parecer, ya habían quedado atrás.

Para entonces, el censo argentino calculaba que en aquel barrio porteño vivían alrededor de dos mil personas. Hoy en día – según el censo 2010- residen más de 20 mil y, a no ser por los cambios en las estructuras, algunas casas y por el aumento de la inseguridad – denunciado por los vecinos, aunque el barrio no figura en las estadísticas más recientes de la Dirección de Análisis Criminal del Ministerio Público-, en La Paternal algunas cosas parecen igual, como conservadas en el tiempo.

La casa de la familia Maradona-Franco es una de ellas, amén de que fue convertida en 2016 en un museo (que aún no está abierto al público permanentemente). Es de esas joyas que en La Paternal lucen inalteradas. Como ella, sigue intacta una pequeña tienda, ubicada a escasos 20 metros. Se llama “La Papa Alegre” y es atendida por Carlos Prieto, su propietario, que así como la tienda y la casa, tampoco parece haber padecido el transcurso de los años.

Carlos (“Carlitos” para los amigos) es un sexagenario con espíritu de quinceañero. Tiene 65 años y lleva 64 viviendo en La Paternal. Era vecino de aquella familia que en el ´78 se mudó al barrio: Los Maradona. Los vio llegar, instalarse y con los años, irse.

“Al Diego lo conocía desde la cancha porque yo era hincha del Argentinos. Vivían justo a mi frente” recuerda Carlitos. “Era gente buena, humilde y el Diego empezaba a darse a conocer”. Eran días en los que pasaba inadvertido. Eran días de inocencia.

Ser vecinos por años hizo que las familias Prieto y Maradona se convirtieran en buenos amigos. Como en todos los barrios, el pequeño almacén de Carlitos servía de punto de encuentro.

“Si el equipo ganaba, Diego invitaba al grupo a su casa y me gritaba ´Carlitos venite y traete algo para tomar´”. Allí empezaba la fiesta sana, el motivo era cualquiera: un juego, un torneo, el ascenso, cualquier cosa.

“Era una época muy sana, distinta y al Diego ya lo empezaba a buscar la prensa, la gente, los fotógrafos. Los chicos de entonces jugaban así en plena calle, algunos descalzos, remeras afuera, con pelotas caseras, remendadas con cinta adhesiva, los padres nos reuníamos para alentarlos y él (Diego) siempre que podía se apuntaba a jugar, a gambetear”, recuerda Carlitos con nostalgia.

“Che, salite. Vos nos podés hacer estas cosas, te podés lesionar” le repetía Carlitos a Diego mientras éste gambeteaba y con hombros levantados y mirada fija en la acción de la pelota respondía: “Ahora, ahora. No digas nada, tranquilo”. Es que el “crack” era uno más, era solo un chico del barrio que empezaba a ser mirado, pretendido por clubes como Boca y más adelante, otros grandes europeos.

Pasaron los años, llegó la fama, el dinero y con ello, la distancia. Los Maradona se fueron de La Paternal pero Carlitos, su pequeño almacén y el espíritu del barrio se mantuvieron. La casa siguió de pie aunque pasó por las manos de varios dueños y por algunas remodelaciones. Hasta fue depósito y fábrica textil.

Alberto Pérez, ex directivo del club Argentinos (era secretario cuando Maradona firmó su primer contrato) siempre tuvo en la cabeza recuperar aquella casa, toda una reliquia cuando se mira en perspectiva quién fue y lo que representó para el fútbol argentino “El Pelusa”.

Después de varios años y de superar innumerables trámites administrativos (hipotecas y sucesiones) Pérez adquirió la casa y pensó en buscar ayuda para adecuar el espacio y convertirlo nuevamente en lo que fue cuando los Maradona-Franco la habitaron. Quién mejor que Carlitos, el viejo amigo, el vecino del almacén, para ayudarlo.

“Alberto quería llevar a cabo su sueño: hacer de la casa un museo y poco a poco lo logramos” relató Carlitos con sobrada humildad mientras hoy en día sigue atendiendo desde el mismo mostrador.

Su buena memoria sirvió para reubicar las cosas que Alberto fue recuperando como coleccionista con los años. Cada mueble, cada cuadro, cada foto, todo en la casa-museo de Maradona tiene un por qué, una historia que contar. Carlos fue una especie de “curador de la obra de arte” pues sabía con detalle dónde iba cada objeto. La idea es que abra de manera gratuita entre marzo y abril.

“Fue gratificante colaborar. Además me divertí muchísimo recordando esa buena época, ubicando los muebles, las cosas, reviviendo el pasado; aunque no todo es tan exacto. Estoy un poquito más viejo, me falla la memoria” admite con risa y desparpajo.

Los años y los recuerdos

Pasar el umbral de la casa de Maradona es atravesar un túnel del tiempo. Evoca inmediatamente a los años 80. La iluminación es amarillenta, algunas paredes tapizadas, los muebles de sintético marrón y el piso es de granito y pinotea. Hay fotos por doquier del joven e impetuoso jugador de baja estatura, amplia sonrisa y rulos descolocados, una estatua de mármol avisa su presencia, hay banderines y muchos trofeos. Los “curadores” hicieron su trabajo: la presencia de Diego se siente, se respira.

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