Más allá de una taza de café: Boyle Heights y la lucha identitaria

La apertura de un nuevo coffee shop ha provocado rechazo y apoyo dentro de la comunidad
Más allá de una taza de café: Boyle Heights y la lucha identitaria
Nuevo coffee shop Weird Wave Coffee Brewers (Patricia Martínez/ La Opinión)
Foto: Patricia Martínez / La Opinión

Cuando uno es testigo vivo del incesante paso del tiempo es comprensible que llegue un día en el que quiera que pare, que no siga avanzando, que se acaben los miedos y las incertidumbres de lo que traerá el mañana. Que se detenga. La cuestión entonces es cómo hacerlo. Cómo conseguir que el tiempo se congele y con él, todo lo que nos gusta: la cantina de la esquina, nuestros vecinos de enfrente, el suave verde del parque o nuestro corte de pelo, tan de moda estos días.

Es una tarea difícil, sino imposible. Todavía más cuando lo que muda no es una única persona, sino todo un barrio: el mítico barrio de clase obrera de Boyle Heights, situado al este de la ciudad de Los Ángeles. Un vecindario que, como aún recuerdan muchos vecinos, primero fue refugio de personas blancas emigrantes de Brooklyn, desde los años 30 de la diáspora judía y tras la Segunda Guerra Mundial de miles de latinos, grupo que hoy constituye el 94% de su población.

Un barrio que en los años 80 se desangraba en reyertas entre pandillas y que hoy es el foco de jóvenes emprendedores y galerías de arte (no siempre con buen fin). Cambiante como ninguno, quizá una de sus pocas características perennes sea su fuerte activismo comunitario fruto del miedo a que las cosas cambien a peor, llevándose por delante la riqueza de su cultura chicana y desplazando a aquellas familias incapaces de pagar un alquiler más caro.

La apertura de un nuevo coffee shop el pasado jueves 15 de junio en la calle César Chávez ha revivido esos viejos miedos: por un lado, colectivos activistas trataron de impedirlo mediante la acción directa con piquetes y protestas a la puerta del negocio; por el otro, muchos vecinos les dieron la bienvenida y a día de hoy ya consumen sus productos. Su nombre Weird Wave Coffee Brewers sugiere la rareza que representan dentro de este barrio ‘100% chicano’.

Jackson Defa y John Schwarz, estadounidenses treintañeros, de pelo rubio y piel blanca son quienes se encuentran al otro lado de la barra. Nunca se imaginaron esta reacción de rechazo cuando su amigo salvadoreño, Mario F. Chavarría, reunió los 100,000 dólares necesarios para abrir este coffee shop, que ambos dirigirían.

“La comunidad ha asociado gentrificación con mis socios, pero ese mensaje se ha perdido porque al final se ha convertido en una protesta racista. Y eso es lo más triste de todo porque como latinos sabemos muy bien qué se siente y lo feo que es”, relató Chavarría a La Opinión, quien emigró a los EEUU hace más de 30 años.

Clientes en el nuevo coffee shop (Patricia Martínez/ La Opinión)

En esa primera protesta los dos baristas fueron tildados de “hipsters”,  de querer abrir un coffee shophip” con el único fin de lucrarse y de promover la “supremacía blanca”, como podía leerse en las pegatinas que manifestantes colocaron en el escaparate del negocio. “¿Estamos en contra de los blancos? No. Pero sí estamos en contra de la supremacía blanca, la ignorancia blanca, el privilegio blanco y el concepto básico de ser blanco. El capitalismo está arraigado en la supremacía blanca. El ser blanco no implica sólo la raza […] se trata de quién está en la cima, de quien domina la sociedad”, manifestó en Facebook, el pasado 19 de junio, el grupo Defend Boyle Heights, uno de los más activos en este movimiento de oposición.

“¿Por qué no entonces en lugar de ‘fuck white coffee’ que ni siquiera sé lo que significa no dicen ‘fuck rich people’?”, se pregunta Defa intentando entender la ideología detrás de quienes se manifestaron por última vez el pasado 23 de junio. Tranquilo, meticuloso a la hora de preparar café y siempre atento de despedir al cliente con un “thanks for coming”, Defa considera que lo que hace falta es dialogo: “Vamos a hablar, venid a conocernos, igual nos somos tan diferentes”.

Por su parte, grupos activistas como Defend Boyle Heights, las feministas Ovarian Psycos o Unión de vecinos prefieren la fuerza viral y de convocatoria de las redes sociales al trato directo: “Esto es literalmente una batalla a vida o muerte, por un hogar o por su ausencia […] ¡Diga no a Weird Wave Coffee! Apoye a la clase trabajadora de bajos ingresos de Boyle Heights! ¡No se trata sólo de café, se trata de mantener Boyle Heights asequible! ¡Diga no a los cocos! ¡Gentrificadores no son bienvenidos! ¡Fuera!”, reza un manifiesto online de Defend Boyle Heights.

ASÍ HA SIDO TODA LA VIDA

En la acera de enfrente a la nueva cafetería, Lorena (nombre ficcionado) vende ropa de segunda mano a tres dólares la prenda. Dice que solo lo hace los domingos porque otros días “la policía viene y te echa”. Lorena no entiende el porqué de tanto alboroto alrededor de Weird Wave Coffee. “Antes de nosotros en este barrio todos eran gente blanca. Yo tengo aquí 50 años, todos tenemos derecho a buscar un negocio y todos nos beneficiamos de la variedad de idiomas, culturas… que para mí es lo bonito de este país”, asegura esta zacateca de corpulencia menuda: “Inmigración, así ha sido toda la vida”.

Lo cierto es que las cifras hablan por sí solas: de los 92,000 residentes del vecindario, el 94% son latinos, en su mayoría mexicanos seguidos por salvadoreños; el 33% vive en la pobreza; el 89% no tiene una vivienda propia sino que está de alquiler, y solo un 5% cuenta con estudios universitarios. Un caldo de cultivo idóneo para quienes huyen de los alquileres astronómicos de zonas como Downtown o Highland Park que, poco a poco, se van asemejando a los de Boyle Heights, donde vecinos de la plaza Mariachi acaban de recibir órdenes de desahucio.

Tienda de fotografía en César Chávez (Patricia Martínez/ La Opinión)

Carlos Argueta, originario de Guatemala, aguanta un sol de justicia sin queja alguna. Lleva un par de  semanas vendiendo bebidas: soda, agua, bebidas energéticas… en la calle César Chávez. Sombrilla a media asta, un sombrero de ala ancha colgado en su rodilla izquierda y una pequeña biblia sobre la nevera portátil. “Es solo café, ¿no? No perjudica a nadie, esta es una challe de puro comercio”, afirma dejando ver una mandíbula en la que baila un diente plateado. Razón no le falta, pues en esa misma calle están presentes cadenas tan poderosas como McDonald o King Taco.

“Para la gente de aquí [Weird Wave Coffee] es caro, yo espero que les vaya bien, pero aquí es gente de muy pocos recursos”, especula otra comerciante mexicana que no quiso identificarse al ser indocumentada, situación en la que se encuentra el 17% de sus vecinos. En su pequeña tienda, coronada por una imagen del San Judas Tadeo, vende de todo: desde gorras “para los cholitos” hasta sandalias o “papitas” que le compran los trabajadores de una fábrica de pollos cercana. Ella misma dejó su negocio en Downtown hace más de un año y lo trasladó a Boyle Heights, donde el alquiler del local es más bajo aunque también lo son las ventas: “El gringo es como tonto, parece que no le gusta regatear; los latinos ya es otra cosa”, explica divertida.

APOYO COMUNITARIO

“¡Qué lugar más bonito!”, dicen unos nada más atravesar la puerta de Weird Wave Coffee. “¡Great coffee!”, dicen otros cuando se despiden. El trajín es constante y cada uno de los clientes tiene sus propios motivos para estar allí. Unos quieren demostrar su apoyo tras seguir todo el culebrón a través de las redes sociales, otros simplemente están esperando al autobús y les resulta un lugar conveniente. Algunos han venido a cotillear y muchos porque se sienten identificados.

“Vi en Facebook las protestas y quería ver porqué estaban protestando. Yo misma dirijo una peluquería en Eco Park, donde la gentrificación está totalmente pasando allí, pero odio esa palabra. Mi negocio está de moda, es bueno. Las personas califican de gentrificación lo que es fruto de duro trabajo”, cuenta Adelita Valentine mientras se pide un café, “a ver, sí, está bueno”.

Como Valentine, han sido tantas las personas que se han pasado por el establecimiento que Defa y Schwarz apenas han dado a basto. “Hemos tenido tanto apoyo que ha sido difícil mantener el ritmo, se nos ha agotado la comida y el café casi todos los días. No esperábamos estar tan ocupados nada más abrir”, reconoce John Schwarz sorprendido por el efecto Barbra Streisand que han provocado las protestas.

Pase lo que pase, se repitan las manifestaciones o no, ninguno de los tres amigos tiene pensando irse de Boyle Heights. Son conscientes de que encarnan el cambio, lo diferente, lo blanco en un barrio de mestizos y chile picoso; pero a sus ojos se trata de un cambio positivo, “un granito de arena”, en palabras de Chavarría, que encaja en el oasis de una comunidad ajena a los bares de moda, las galería de arte y los lujos exquisitos de otras partes de Los Ángeles.

“No se puede cerrar, hay mucho invertido, unos 100 mil dólares, y a dos dólares la taza de café tenemos para un buen rato”, reconoce jocoso Chavarría.

John Schwarz (Patricia Martínez/ La Opinión)