“Me arrancaron las uñas”, mexicana que conoció en prisión el infierno de “Los Zetas”

Norma Mendoza pasó 4 años en prisión por un delito que no cometió; ahora ella pide reparación del daño
“Me arrancaron las uñas”, mexicana que conoció en prisión el infierno de “Los Zetas”
Prisión mexicana
Foto: EFE

REYNOSA, México – Norma Mendoza estaba en el lugar y el momento equivocado. Se atravesó en el camino de un grupo de militares que la acusaron de ser espía de un cártel mexicano y allí comenzó un calvario que no termina porque, aunque recuperó su libertad, su paso por la prisión la marcó de por vida.

En entrevista con Efe, esta madre mexicana de cuatro hijos cuenta que en 2011 fue detenida injustamente por miembros del Ejército, acusada de ser “halcón” (vigilante del crimen organizado), y torturada en prisión por integrantes del cártel de Los Zetas hasta que creyeron que estaba muerta.

La pesadilla arrancó en noviembre de 2011 cuando viajó, invitada por un pretendiente, desde Reynosa a la vecina Nuevo Laredo, en el nororiental estado de Tamaulipas, para pasar el fin de semana, pese a la advertencia de su madre: “No te vayas con ese hombre”.

Allí se hospedó con Juan Manuel en un hotel donde también estaba Ricardo, amigo de su pretendiente.

Norma recuerda que salió de su habitación y cuando pasó junto a la piscina unos hombres le invitaron a bañarse con ellos.

Al día siguiente, ella, Juan Manuel y Ricardo fueron detenidos por los hombres de la piscina, ahora uniformados y armados, y entregados a la fiscalía por el subteniente Sergio Luna García.

Norma cuenta que en la fiscalía les impidieron hacer una llamada. “Yo declaraba una cosa y ellos escribían otra”, recuerda, y relata que los agentes pretendían que firmara su declaración sin leerla.

El calvario de Norma, una mexicana que conoció el infierno y clama justicia

“Nunca firmé lo que ellos querían”, narra orgullosa Norma, cuyo expediente señala que fue detenida por “atentado contra la seguridad de la comunidad”.

Los teléfonos móviles que, según la acusación, habían usado los detenidos para informar de los movimientos de los militares, fueron presentados como pruebas contra Mendoza, cuando -según el expediente- no funcionaban.

Los arrestados fueron recluidos en el Centro de Ejecución de Sanciones de Nuevo Laredo, donde Los Zetas mandan y los guardias obedecen.

Norma sufrió ocho días de torturas y abusos. “Querían que les confesara que yo era parte del Cártel del Golfo (CDG)”, con el que la banda estaba enfrentada desde 2010.

La golpeaban en la espalda, los glúteos y las piernas. En esos largos días casi no probó alimentos ni agua. “Me arrancaron las uñas, me quemaban el cuerpo con cigarrillos“, recuerda.

Al octavo día, una mujer obesa brincó sobre su estómago y ella vomitó grandes cantidades de sangre antes de desmayarse.

Fue dada por muerta, pero, de camino a la morgue, un leve quejido evidenció que seguía con vida y fue llevada al Hospital General de Nuevo Laredo, donde le practicaron 14 cirugías.

Tenía hemorragias internas, la vesícula rota, el cerebro inflamado, el hígado destrozado y varias costillas quebradas.

El cirujano plástico Alejandro Caraveo pasó varios días retirando tejidos necrotizados en su espalda y glúteos.

Estuvo casi seis meses en hospitales y cuando fue dada de alta, se ordenó su regreso a la prisión de Nuevo Laredo, pero los familiares llevaron su caso a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), que ordenó aplicar el Protocolo de Estambul.

El Protocolo confirmó la tortura y se dispuso que siguiera su condena en una prisión de Reynosa, donde el 85 % de los internos eran miembros del CDG y le aseguraron que la iban a tratar como “si estuviera en casa”.

Tras tres años de litigio, un juez ordenó en enero de 2015 su libertad por falta de pruebas y Norma comenzó los trámites para ser indemnizada, pero ahora su expediente está perdido.

Norma buscará la asesoría de la ONU y de organizaciones para demandar a la Secretaría de la Defensa y obtener la reparación del daño.