Vendedoras ambulantes llevan el sustento a los jornaleros

Ambos se ayudan mutuamente en su economía; ellas les venden comida casera de acuerdo a su presupuesto
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Vendedoras ambulantes llevan el sustento a los jornaleros
07/07/17/LOS ANGELES/Day laborers buy food from street vendor Sandra Galdamez, near the corner of Union Ave. and Shatto St. in Los Angeles. (Photo Aurelia Ventura/ La Opinion)
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinión

“¿Qué te damos? ¿Quiere un huevito duro? Ese va extra, no te lo voy a cobrar. ¿le pongo un chilito jalapeño? ¿La torta cómo la quiere? ¿Quiere quesito? ¿arroz y frijoles papi?”

Desde hace alrededor de nueve años la inmigrante salvadoreña Sandra Galdamez vende comida casera afuera del Centro para Jornaleros de la organización CARECEN que está en la esquina de la Avenida Union y la Calle Shatto, en el área de Pico Union de Los Ángeles.

“Me levanto todos los días a la una de la mañana para preparar los guisados, y cada día le cambio al menú. Hoy traje guisado de res, mole, sopa de pollo, relleno de ejotes y pacayas”, dice mientras que con una gran energía y entusiasmo sirve la comida a sus clientes, la mayoría jornaleros, inmigrantes que como ella salen a la calle todos los días a buscar el sustento para llevar al hogar.

Galdamez comienza a vender a las seis de la mañana y para las 8:30 a.m. la comida se le termina. No es la única, al menos otras cuatro mujeres y uno que otro varón venden comida a los inmigrantes de bajos ingresos.

Los jornaleros hacen fila para compar desayunos y comidas a las mujeres vendedoras que se ponen en la esquina de la Union Avenue y la calle Shatto. (Aurelia Ventura/La Opinion)

Precios inigualables y ayuda mutua

“Lo más caro que yo vendo cuesta cinco dólares, cuando mucho seis dólares, pero llegó a vender por solo $3.50 dólares, depende del presupuesto. La bebida es aparte. Vendo café con leche y avena”, explica.

“Véngase para servirle. ¿Quiere desayuno? ¿Le hago desayuno, huevitos con jamón? ¿Quiere un bolillo?”, pregunta a uno de sus clientes.

Esta inmigrante salvadoreña es casada. Con su esposo dedicado a la construcción, tiene dos hijos de 18 y 15 años.

“Yo vivía en el edificio de enfrente. Desde mi ventana, veía que una señora vendía tamales guatemaltecos. Cuando mi hijo, el más chico, se fue a la escuela, yo decidí ponerme a vender pupusas. Poco a poco empecé a hacer guisados”, recuerda.

Para muchos de los jornaleros, hombres que a menudo viven solos, con familias en sus países de origen, y que día a día salen a ganarse el pan de cada día sin saber si lo conseguirán, el desayuno que compran a vendedoras como Galdamez a veces representa el único alimento casero que reciben y a un precio que pueden pagar.

“Si no fuera por estas señoras, me las vería muy duro. Les agradezco que estén aquí. Es el mejor desayuno que puedo adquirir en la mañana. Aquí como con los jornaleros mientras intercambiamos opiniones”, comenta Jorge Briceño, un inmigrante de Guadalajara, México que se gasta cinco dólares a diario en el desayuno que le compra a Galdamez y a otras de las vendedoras.

A Abraham Soto, un mecánico, inmigrante de Guatemala le gusta desayunar afuera del Centro para Jornaleros porque dice le ofrecen comida fresca, cocinada por la mañana. “Lo mejor es que gasto cinco dólares. A veces solo me como una avena de a dólar o dólar cincuenta”, observa.

Carlos García y Elio Alvarado desayunan todos los días con las mujeres vendedoras de comida que se ponen afuera del Centro para Jornaleros de Carecen de la calle Shatto y Wilshire.  (Aurelia Ventura/La Opinion)

Comida casera

Mientras comen sobre el cofre de una camioneta, un grupo de jornaleros parece disfrutar a plenitud el desayuno caliente.

“Hasta el café sabe bueno con estas mujeres porque en los negocios de comida rápida no hierven el agua. Cuando he ido a comprar un café a McDonald’s, el agua me cae mal”, dice Elio Alvarado, un jornalero guatemalteco que consume a toda prisa un plato con un bistec, arroz y frijoles. “Las tortillas son recién hechas”, presume.

Carlos García, otro jornalero que lo acompaña,  interviene para decir que las tortillas son hechas a mano. “Es comida casera muy buena”, coincide en tanto le entra con singular apetito a un guisado de pollo y un chile relleno. “Terminamos de desayunar y nos vamos a trabajar”, precisa.

Elio Alvarado cuenta que ellos viven solos en Los Ángeles. Sus familias se quedaron en Guatemala. “Tendríamos que levantarnos muy temprano a preparar el desayuno. Mejor lo compramos aquí”, apunta.

Sandra Galdamez vende comida casera a precios muy accesibles para los jornales. (Photo by Aurelia Ventura/La Opinion)

También de “fiado”

Vendedoras como Galdamez se dan el lujo de dar “fiado” (crédito) a sus mejores clientes. Valente Martínez, un joven de 24 años que apenas lleva un año que emigró de Puebla, México a Los Ángeles, es uno de ellos.

“En la mañana, me tomo un jugo, un café, un pan. Y el guisado me lo llevo para la comida. Ella me lo apunta y le pago el fin de semana”, dice Martínez.

La comida me gusta, es buena, barata y fresca. Y tiene carisma para vender. Yo vengo hasta los sábados porque vende menudo”, platica.

José Sosa es un expendedor de jugos de naranja que hace como un año se puso a venderlos. “Sale para el día. Hay vamos haciendo la lucha. Pero no todos los días son de llenarse la bolsa”, admite.

Cada jugo fresco de naranja que él mismo exprime frente al cliente lo vende a tres dólares.

Hasta ofrecen servicio de venta de comida en los carros a los trabajadores. (Photo by Aurelia Ventura/La Opinion)

Encuentra cómo ganarse la vida

Mary Tecum de Guatemala cuenta que fue la primera en vender comida para los jornaleros afuera del Centro CARECEN.

“Empecé con tamales guatemaltecos. Después ya le agregué diferentes tipos de guisados”, dice con timidez.

Narra que vendía sus tamales en varias esquinas de la ciudad hasta que encontró su esquina afuera del Centro para Jornaleros de CARECEN cuando éste apenas abría sus puertas, calcula, hace como nueve años.

“Necesitaba dinero para juntar para la renta. De aquí ha salido y aquí me quedé”, cuenta Tecum, casada y madre de cuatro hijos.

Los vendedores de comida que rodean el Centro para Jornaleros se ponen de lunes a sábado de 6:00 a 8:30 de la mañana, justo el lapso de tiempo en que llegan los inmigrantes, se registran en una lista y esperan para ver si ese día encuentran un empleo.

Los jornaleros encuentran comida casera, recién hecha a precios baratos antes de salir a trabajar por las mañanas. (Photo by Aurelia Ventura/La Opinion)

Beneficios para todos

Jorge Nicolás, uno de los encargados del Centro para Jornaleros de CARECEN, comenta que por donde se le vea, la comida que ofrecen los vendedores ambulantes a los jornaleros aporta beneficios para su economía, su salud y les trae memorias de su tierra.

 “Muchos no están con sus familias y estas comidas caseras les recuerda cuando estaban juntos”, observa.

Pero además, los guisados de estas mujeres vendedoras, “los hace ahorrar para tener dinero en su bolsa, mantenerse saludables y la comida está sabrosísima”, señala.

Hizo ver que los precios son muy accesibles y los platos están bien servidos.

Con la comida que las vendedoras ofrecen, los jornaleros sienten que pueden hacer frente a la larga jornada que les espera durante el día. (Photo by Aurelia Ventura/La Opinion)

“Los compañeros están a gusto porque realmente en esta área los precios de los restaurantes son un poquito más caros”, anota.

El tiempo vuela y las mujeres casi terminan de vender su comida del día.

“¿Así papito? ¿Poquito más mole para que lo sopees? ¿Un huevito duro para que amarres?  ¿O queres mejor tortita de huevo?”, pregunta alegremente Galdamez mientras una fila de clientes pasa frente a los recipientes de donde sale comida todavía humeante, con un fuerte olor a sabroso. 

 “Mañana voy a tener sopa de camarón con pescado, pollo asado, hígado. Aquí estoy de lunes a sábado. Los domingos compro todo lo que necesito para la comida. No paro. Pero ni modo, hay que trabajar”, reconoce.

Igual que trabajan arduamente los jornaleros, que salen a diario a buscar su pan de cada día, que Galdamez les provee con gusto.