Tatuajes: de la desgracia y renacimiento a la vida

Expandillero salvadoreño narra el dolor y los errores que le llevaron a pasar tres décadas en prisión; hoy resurge como el Ave Fénix
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Tatuajes: de la desgracia y renacimiento a la vida
Jaime Martinez tiene en tus tatuajos dibujos de María -su madre - y de su hermana Norma. También tiene la imagen de la prisión estatal de Folsom donde estuvo recluido…Y dos figuras de payasos: una que ríe y otra llora. (Jorge Luis Macias, Especial para La Opinión)

La fascinación por los tatuajes comenzó para Jaime Martínez en la pubertad. Todo tenía que ver con un sentido de “machismo” y pertenencia a la pandilla “Playboys” de las calles Pico y Normandie en Los Ángeles.

“Sentía como que era más aceptado, a ser más parte de la pandilla”, recuerda Jaime, ahora de 52 años de edad. “Tener un tatuaje y luego otro era más atractivo, me sentía más admirado, me daba más valor para la violencia”.

Aquel “poder” de los tatuajes le hizo obtener “respeto” a este salvadoreño emigrante. Se sentía más “hombre”, siendo apenas un adolescente.

Comenzó a tatuarse las manos y la espalda… después el cuello y el pecho, donde tiene grabada en tinta oscura la historia de su vida.

En los dibujos incluye los rostros de María -su madre – y de su hermana Norma. También tiene la imagen de la prisión estatal de Folsom donde estuvo recluido…Y dos figuras de payasos: una que ríe y otra llora.

“Los tatuajes como que me daban alas”, rememora. “Como que salía lo más lo macho de uno”.

Aquel muchacho nacido en el Departamento de Usulután pensaba erróneamente que su madre lo había abandonado y lo dejó al cuidado de su abuela. Tenía 5 años y creció con muchos sentimientos de rencor y odio.

Estuvo de un lado para otro. Con 13 familias distintas en total.

“Me traían como piñata”, recuerda. “Cuando tenía 11 años murió mi abuelita y quedé a la deriva”.

Discriminación, rencor y odio

Su madre hizo los arreglos para traerlo a Estados Unidos en 1980. Aquí, sufrió por el choque cultural y un idioma ajeno en la escuela. No le fue sencillo adaptarse. Sentía que no pertenecía a ninguna parte.

“En ese tiempo (1980) los salvadoreños éramos muy discriminados; nos veían como perros”, dijo. “Como no dominaba el inglés se burlaban de uno y mi autoestima estaba más baja, aparte del rencor y odio que tenía en mi corazón”.

 

Jaime Martínez tiene plasmados en su pecho y espalda toda su vida y seres queridos. (Jorge Luis Macias, Especial para La Opinión)
Jaime Martínez tiene plasmados en su pecho y espalda toda su vida y seres queridos. (Jorge Luis Macias, Especial para La Opinión)

Jaime fue encarcelado a los 17 años de edad. Su sentencia por un delito que cometió fue de 15 años. Pero no salió libre. Tuvo que cumplir otros 15 años tras las rejas, hasta que fue liberado en 2013.

Narra que en la distintas cárceles y prisiones donde estuvo no faltaba el “artista” de los tatuajes.

“Si uno no tiene ahí la tinta como la que había en las calles, pues uno la hacía o se la inventaba”, afirma.

Tres décadas después de su encarcelamiento, Jaime quedó libre y conoció a una mujer salvadoreña con quien ha procreado a James, un bebé de 18 meses de edad.

“Fui honesto con ella sobre mi pasado y me aceptó”, dijo. “Fui honesto y nunca me he sentido avergonzado de mostrar mis tatuajes, mucho menos cuando voy a ayudar a alguien; quiero que mi hijo nunca pase lo que yo tuve que vivir”.

La lección de vida estaba aprendida

Era tiempo de desechar en definitiva la idea errónea de que aquellos tatuajes que todavía tiene en el pecho y la figura del “Playboy” en su espalda significaban que él tendría que cometer más actos violentos.

O el significado que le dio a las figuras de los payasos en su pecho: que comenzaría riendo y acabaría llorando.

Esto se cumplió en sus tatuajes, pero no en la realidad de su futuro.

En la organización Homies Unidos, Jaime colabora para la Asociación Salvadoreña de Apoyo a Privados de Libertad en el Exterior (ASAPLE), entidad que aboga por los derechos humanos de familiares salvadoreños detenidos en las prisiones de California.

“Para mí, esto es un alcance positivo; por eso estoy involucrado en Homies Unidos; quiero y me siento a gusto con lo que siempre quería hacer: ayudar a los demás”, afirma sonriente. “Nunca pensé que tendría esa oportunidad…ahora mi lucha es por James”.

Jaime ha resurgido de entre sus propias cenizas. Justo como el Ave Fénix.

“Mi vida ha sido bendecida; tengo a mi esposa; a mi madre y a mis hermanos y a mi niño que es una gran bendición para mi vida”, expresa con emoción.

Y concluye: “Despertar cada día y ver la sonrisa de mi hijo es el mejor regalo que Dios me ha dado; nunca pensé que llegaría a tener la oportunidad de ser tan feliz ni el tiempo para agradecerle a mi madre que nunca se haya rendido por mí…en todo momento ella siempre estuvo a mi lado”.

Por eso lleva el rostro de su madre, María de Martínez, tatuado en su pecho.