Inmigrantes de ‘carne y arena’; la bofetada virtual de Alejandro G. Iñárritu

Te sentirás como un inmigrante cruzando la frontera rumbo a EEUU

U.S. es Estados Unidos, pero también es “Us” [nosotros].  Nosotros frente a ellos; los otros, los inmigrantes de ‘carne y arena’.

 

Seis minutos y medio en el desierto de Arizona, en Naco, frontera entre Estados Unidos y México, es el tiempo que Alejandro González Iñárritu necesita en ‘Carne y Arena’ para transportarnos a una vida que no es la nuestra, para hacernos sentir sensaciones que no son nuestras, para que deseemos que nos quiten esas raras gafas de realidad virtual que, de repente, nos han convertido en lo que no somos: personas que lo arriesgan todo por el sueño de una vida mejor.

Por su forma de andar, cansada y ralentizada por el paso de los más ancianos, sabemos que llevan semanas caminando en el desierto. Ahora nosotros lo hacemos con ellos, caminar, movernos medio desorientados por un espacio cubierto de arena en el que se hunden nuestros pies descalzos. Les escuchamos quejarse, oímos como el “coyete” que les guía les mete prisa, y al igual que ellos, nos asustamos cuando un helicóptero de la Patrulla Fronteriza sobrevuela nuestras cabezas.

Cuando queremos darnos cuenta estamos rodeados de agentes armados, y al igual que ellos, acabamos tirándonos al suelo o levantando las manos en respuesta a las órdenes que unos desconocidos nos gritan a punta de fusil. El ambiente se tensa cuando nos preguntan quién es el “coyote” del grupo y ellos, al igual que nosotros, no soltamos palabra. Tememos por nuestra vida, esa misma que durante semanas —o meses— hemos expuesto a las inclemencias de un clima mortífero.

Cartel exposición ‘Carne y Arena’ (Cortesía Lacma).

Así, y de muchas otras maneras posibles al ser uno mismo quien elige qué hacer, dónde situarse, cómo reaccionar, etc. ante la cruda realidad que se nos presenta, se puede vivir esta experiencia virtual que nació hace tres meses en el Festival de Cannes y que desde este mes de julio se puede visitar en el Museo del Condado de Los Ángeles (LACMA), después de haber recorrido diversas ciudades europeas como Milán.

Iñárritu necesitó cuatro años —entre medias tuvo tiempo de filmar la sorprendente película Revenant— para diseñar y crear esta especie de videojuego; para el que entrevistó en diferentes años a inmigrantes que conoció cruzando la frontera y que accedieron a “actuar” para él no como actores, sino como personas de carne y hueso; o en su caso concreto, de carne y arena. El paisaje recreado son fotografías tomadas por su inseparable director de fotografía, Emmanuel Lubezki, sobre las que se interponen las figuras en 3D de estos personajes-reales que sienten y padecen.

No obstante, no todo es perfecto, y pese a tratarse de una experiencia inmersiva muy bien conseguida, la nitidez de todo lo que nos rodea no es del 100%, por lo que nunca nos abandona la extraña sensación de estar rodeados por un grupo de fantasmas de rostros muy similares; de espíritus huidizos que no podemos tocar y mucho menos proteger. Fantasmas como las más de 6,000 personas que han muerto intentado cruzar esta misma frontera en los últimos 16 años.

Inmigrantes a su paso por el desierto de Sonora (Getty Images).

En este punto del mapa la arena es su máximo oponente, mueren por deshidratación bajo un sol que les quema la piel y destruye sus sueños; al otro lado del océano Atlántico, en el mar Mediterráneo, es el agua el que los ahoga y les hace naufragar en barcos de juguete a las puertas de Europa, diosa griega que solo en el año 2016 se cobró la vida de 5,000 inmigrantes, según Acnur.

El mar se traga las pertenencias que estos inmigrantes intentan llevarse consigo en el duro e incierto viaje que les aguarda por delante; el desierto las escupe dejando a la vista —hasta que la arena hace de las suyas— objetos anodinos como zapatos, fotografías, garrafas de agua, etc. que Iñárritu también nos hace enfrentar al comienzo de esta experiencia, antes de adentrarnos en un desierto sin retorno.

Restos de esos ellos, de esos fantasmas escurridizos que no mucho antes fueron simples seres humanos como nosotros. Personas tan desesperadas, tan hartas, tan sin miedo que decidieron dejarlo todo al otro lado de la frontera y mudar su destino. Cruzar desiertos, surcar mares, saltar vallas, perforar muros…  lo que sea con tal de huir del horror que les persigue. Muchos todavía no entienden que no hay nada que detenga a quienes anhelan una vida digna. Desafortunadamente, demasiados pagan su osadía con ella.