La historia detrás de los pandilleros que dejaron de verse como rivales

"Eso es lo más grande: amanecer cada día”, dice Paez miembro de Florence 13

La historia detrás de los pandilleros que dejaron de verse como rivales
Saúl Martínez, 24 años, miembro de Los Bloods the South Central
Foto: (Archivo) Patricia Martínez / La Opinión

Quizá lo que menos llame la atención del rostro de Saúl Martínez sea precisamente sus dos anillos y el septum que le atraviesa el tabique nasal. Resulta mucho más interesante perderse entre la maraña de tatuajes que poblan sus dos mejillas, frente y cuello: las alas de un ángel, un cosido que le nace de la comisura de los labios al más puro estilo Joker, una clave de sol en el entrecejo.

Martínez, , de 24 años, se ha tatuado muchas de las cosas que le gustan, muchas, menos a su pandilla: Los Bloodspandilla surgida en Los Ángeles en los años 70 y compuesta principalmente por afroamericanos. Convivir con ellos y participar como un miembro activo: defendiendo su territorio, vendiendo drogas, etc… le ha costado cinco años de vida entre rejas, cambiando de una a otra prisión juvenil.

Sede de Homeboy en Chinatown (Patricia Martínez/La Opinión).

El pasado 5 de mayo abandonó finalmente la cárcel en libertad condicional y se fue directo a Homeboy Industries en busca de una tercera oportunidad. Tercera porque la segunda ya la había usado: había estado aquí siendo un adolescente, ganando dinero de una forma legítima, pero las cosas no salieron como todos esperaban.

“Estaba trabajando [en Homeboy] pero no estaba escuchando, cooperando, siendo humilde… solo quería estar fuera en las calles, colocándome y fumando marihuana, no estaba dando mi parte a Homeboy, así que no estaba preparado”, explica “Sunny”, apodo con el que le gusta que le llamen.

A los 19 años, durante el robo de una vivienda, la policía le arrestó y condenó a 5 años de prisión. Allí se acabó el apoyo de Homeboy Industries, el cual hoy busca retomar una vez consiga estar limpio. “Si toman una droga fuerte necesitan 90 días de rehabilitación y luego vuelven, queremos ayudarlos, no atraparlos o juzgarles”, explica el Padre Greg Boyle, fundador de Homeboy Industries en 1988.

Esta oenegé angelina, con sede en el barrio de Chinatown, es el mayor centro de rehabilitación y reinserción de pandilleros a escala global; un lugar de inspiración de cuyo modelo han nacido otros 141 programas en los EEUU y 16 más en países tan diversos como Escocia, Australia o Túnez. Un lugar donde miembros de cualquier pandilla trabajan, acuden a clases, meditan y, poco a poco, se conocen a sí mismos y se perdonan.

UNA HISTORIA QUE SE REPITE

La madre de Sunny se fue sin dejar rastro cuando él tenía 15 años, desde entonces se ha cuidado a sí mismo creando una relación muy estrecha con sus amigos y miembros de la pandilla Los Bloods, quienes, según cuenta, le “enseñaron las calles” y le dieron “dinero y refugio” cuando nadie más apostaba por él.

“No sentía nada antes de robar una casa. Es lo que sé hacer, llevo robando desde que soy un niño, toda mi vida he ido a las tiendas y me he llevado una fruta. Nadie iba a darme dinero y he tenido que cuidarme, no sé si es una excusa, pero para mí es simplemente mi forma de sobrevivir”, explica  Sunny a modo de reflexión.

Retrato Saúl Martínez (Patricia Martínez/ La Opinión).

Su historia, cambiando el nombre del barrio, y por ende de la pandilla, se parece bastante a la de muchos de los jóvenes que dieron un giro a sus vidas gracias a los servicios de Homeboy Industries. Alvin Alonso Paez, 29 años y miembro de la pandilla Florence 13, conocía desde adolescente al Padre Greg por sus visitas a centros juveniles, pero no fue hasta 2008 que acudió a él.

“En ese [otro] tiempo no estaba listo para venir porque mi mentalidad todavía era de las calles. Sabía que [en Homeboy] me daban trabajo, pero una vez vine a quitarme algunos tatuajes y vi gente de muchas pandillas y no me creí listo para estar entre todos ellos porque la mayoría eran mis enemigos”, relata Paez, quien hoy trabaja como recepcionista de la sede central en Chinatown.

Más tarde, tras un enfrentamiento entre pandillas, Paez fue baleado y se quedó postrado de por vida a una silla de ruedas. Su doctora, amiga del Padre Greg, le aconsejó hablar con él, y desde Homeboy le ayudaron en todo lo que pudieron: “En ese tiempo no tenía donde vivir, andaba en la calle y aquí me mandaron a un centro de tratamiento para drogodependientes y empecé a trabajar”.

AMANECER CADA DÍA

La vida de pandillero puede parecer atractiva al principio, “excitante” como dice Guadalupe Garnica, de 38 años y miembro de la pandilla East LA 13 de Boyle Heights. “Es excitante, eres joven y quieres demostrar al mundo que estás a ello, que no te importa nada y que te gusta la vida rápida”, cuenta esta mexicana, quien asegura que ser mujer pandillera es menos “duro” ya que a ellos siempre se les exige más.

Alvin Alonso Paez, 29 años, miembro de la pandilla Florence 13 (Patricia Martínez/ La Opinión)

Pero después todos se muestran de acuerdo en que llega un punto en el que esa energía se agota, en el que uno se cansa de entrar y salir de prisión, de poner su vida en peligro y la de aquellos que le rodean. “No paré porque me balearan, después de eso seguía en la calle, hacía lo mismo; [pero] llega un día que uno mira a las cosas de forma diferente. Tengo hijos y no quiero que crezcan igual que yo, quiero que crezcan con escuela, que tengan una carrera o algo”, explica Paez.

“¿Que qué es Homeboy para mí? Esa es fácil, Homeboy es home, for real [hogar, de verdad]”, dice Martínez con una sonrisa, dispuesto a aprovechar su tercera oportunidad. Sensación de tranquilidad compartida por su compañero Paez: “Ya no tengo que preocuparme de por dónde ando, de quién anda a mi alrededor. Estoy feliz con mi familia y, sobre todo, estoy con vida. Eso es lo más grande: amanecer cada día”.