“Tacha”, “buchón”, “encobijado”: el mundo de los narcos se infiltra en lenguaje de los mexicanos

Además de millonarias ganancias, el narcotráfico también genera códigos que han permeado el habla popular y hasta han llegado a niveles académicos
“Tacha”, “buchón”, “encobijado”: el mundo de los narcos se infiltra en lenguaje de los mexicanos

“La mota”, “azuquítar”, “buchón” o “encobijado” son palabras que tal vez no signifiquen mucho para quien las escucha despreocupado, en una charla casual en las calles de México.

Pero en el mundo del narco mexicano tienen significados precisos: droga, coca, traficante y cadáver envuelto en una manta después de ser ultimado a tiros, respectivamente.

En tanto, “arponearse” aludirá al drogarse con jeringa, mientras que “yoga” es en realidad “gallo” en el llamado lenguaje enrevesado, una de las formas en que se presenta la marihuana.

Estas palabras – junto a otras como tacha, bazuko, parna o levantones- se han masificado tanto que han escapado de los confines de los grupos de narcotraficantes para colarse en la cultura popular, el lenguaje de los medios y hasta el de las autoridades.

Tanto que, desde el año pasado, hacen parte de la edición especial del Diccionario del Español de México, que de alguna manera legitima el uso de estos vocablos que para muchos asoman como prohibidos.

“El alcance del narcotráfico ha sido tan amplio y se ha extendido tanto por el país que su jerga se utiliza en la calle, de boca de personas que nunca han tenido contacto con la gente de un cartel o un gran grupo criminal”, le dice a BBC Mundo el académico Marco Lara Klahr, autor de los libros “Hoy te toca la muerte” y “Días de furia”.

De hecho, la Academia de la Lengua de México fue más clara sobre los motivos que tenía para incluir estos términos -muchos con carácter lúdico o doble sentidos- en sus manuales.

“Este crecimiento tan grande de la drogadicción en México ha producido un vocabulario nuevo del crimen y nuestra obligación es incluirlo “, señaló el lingüista Luis Fernando Lara, investigador del Colegio de México y líder del equipo que trabaja en la actualización del diccionario mexicano, a la agencia AFP.

Sin embargo, aunque el uso de miles de “narco vocablos” se haya vuelto una suerte de moda, la pregunta que persiste es cómo es posible que la jerga se haya infiltrado tanto en el vocabulario corriente y el académico.

¿Es un asunto de imposición violenta en la cultura? ¿Se ha masificado su uso por la fascinación que genera lo oscuro y marginal, o es simplemente una combinación de códigos que facilitan el habla y eso, a su turno, promueve su expansión?

La normalización de la jerga narco es aún más llamativa si se mira a la luz de las estadísticas: en lo que va de 2017 han muerto cerca de 14.000 personas por cuenta del narcotráfico, el período con mayor número de víctimas en la historia reciente de México.

Y en los 11 años que lleva la declarada guerra contra el narcotráfico han muerto más de 188.000 personas , señalan los datos oficiales.

De boca de la autoridad

En “Chilanga Banda”, la canción compuesta por Jaime López y popularizada por Café Tacvba en su disco “Avalancha de éxitos” , de 1996, se hacía ya una aproximación a esta jerga:

Mi ñero mata la bacha y canta la Cucaracha. / Su choya vive de chochos, de chemo, churro y garnachas , se escucha en la muy característica voz áspera de Cosme.

Que si hiciéramos una traducción a un español más comprensible sería algo así como: Mi amigo acaba la colilla de cigarrillo de marihuana y canta La Cucaracha. / Su cabeza vive de cemento (o pegamento barato que se inhala), cigarrillos (de marihuana) y garnacha (un bocadillo o sándwich)”.

Pero, más allá de esta canción y otras muchas formas de expresión musical, la mayoría de las palabras nuevas que llegaron al diccionario desde los bajos mundos realmente no salieron del arte, sino de registros de c omunicación formales: los periódicos, los informes policiales y hasta los reportes médicos.

“Es reciente la participación de la Academia Mexicana de la Lengua en el asunto. Nos han solicitado por la red de periodistas la definición de algunas palabras y nuestra obligación es ayudar a las personas a resolver sus dudas”, le dice a BBC Mundo el escritor Élmer Mendoza, una figura clave de la llamada narco literatura y conocido por sus obras “Balas de plata”, “La prueba del ácido” y “Nombre de perro”, entre otras.

La intención última de los lingüistas es la de proveer explicaciones para lectores “de aquí a cien años” , apunta Lara: “Van a encontrarse con un periódico mexicano en donde sale este vocabulario y si no lo registramos nosotros, ¿quién lo va a entender?”

Ya en 2010 la Real Academia Española de la Lengua había avanzado en esta dirección, al incorporar varias acepciones del mundo narco en su diccionario de americanismos.

Aunque Mendoza aclara que su influencia no es tan grande como parece.

“La cultura mexicana es muy amplia y los asuntos del narco apenas son pequeñas briznas en ese cuerpo maravilloso”, señaló.

La economía del lenguaje

Sin embargo, para el académico Lara, que esos vocablos y modismos hayan alcanzado el nivel de popularidad del que hoy gozan debe llevar a un cuestionamiento de los medios de prensa, pero sobre todo de cómo se comunican las autoridades.

“No sé si definirlo como un error, pero lo que hicieron los medios y especialmente la policía fue utilizar una jerga que estaba diseñada especialmente para economizar el lenguaje”.

Ese uso, dicen los expertos, ha llevado a que haya una simbiosis en el lenguaje, que no permite contar realmente lo que está pasando.

“No es lo mismo un ‘encobijado’ que alguien que fue ultimado a tiros por la policía, como tampoco es lo mismo que una víctima de las bandas criminales. Estamos quitándole a esa persona el carácter de víctima y la estamos criminalizando”, agrega.


PEQUEÑO DICCIONARIO DE NARCO MODISMOS

  • Andar grifo: estar muy fumado
  • Ajo o comida saladita: LSD
  • Arponear: inyectar
  • Bacha: colilla de marihuana
  • Bazuko: cigarrillo que mezcla marihuana con otras drogas
  • Buchón: narcotraficante novato o que peca de ostentoso
  • Carrujo, churro, gallo, mareto: distintas presentaciones de la marihuana
  • Chemo: cemento o pegamento
  • Cremita, azuquítar o talco: cocaína
  • Encobijado: cadáver envuelto en una manta después de ser ultimado a tiros
  • Levantados: personas secuestradas por el narco
  • Mostaza, queso, juanita: marihuana
  • Motorolo o pacheco: consumidor de “mota”, droga
  • Parna: distribuidor de droga de buena calidad
  • Special K: droga a base de ketamina
  • Tabique: marihuana compactada para el tráfico de alto volumen
  • Tachas o chochos: pastillas

Fascinación y contagio

Durante la época más cruenta del narcotráfico en Medellín, la cuna del temido Pablo Escobar y sus escuadrones de sicarios, se comenzó a notar una moda bastante peculiar en los barrios de estratos más altos en la ciudad.

Los niños ricos, los jóvenes de “familias bien” de la Medellín de finales de los 80 y principios de los 90, comenzaron a vestirse y sobre todo a cortarse el cabello “a lo narco” (había un estilo conocido como ‘el siete’) y a hablar con la jerga de los sicarios que tenían azotada a la ciudad.

Palabras como “parcero” (amigo), “parche” (lugar para reunirse) o “muñeco” (muerto), exclusivas de la jerga de los grupos de los barrios, comenzaron a aparecer en el habla de muchos jóvenes que nunca habían tenido contacto directo con esa cultura, sino que los habían leído en diarios o escuchado en el cine, en películas como “Rodrigo D: No Futuro”, del cineasta Víctor Gaviria.

Para Mendoza, esto mismo ha ocurrido en México.

“Me queda claro que es por la fascinación”, opina Mendoza. “He estado en espacios donde es un orgullo conocer un código propio de las bandas”.

Y agrega: “Dentro de los procesos de admiración, las personas abrazan la indumentaria, el estilo de sus casas, sus actitudes, sus mujeres y, desde luego, su lenguaje. En algunos sectores, manejar el lenguaje de las bandas es estar actualizado”.

Sin embargo, para Lara tiene más que ver con una búsqueda de la identidad que con estar a la moda.

“A una persona lo que no le puedes quitar es la identidad. Y muchos jóvenes crean la identidad a partir de las influencias que ven en sus calles, en sus barrios, donde se encuentran con bandas delincuenciales o ven operar a la policía y donde los medios les informan a diario sobre el narcotráfico”.

De hecho, los expertos distinguen entre los distintos círculos donde estos vocablos se usan y consolidan: no es lo mismo el modo de hablar de los traficantes que el de los intermediarios o dealers, o que el de los consumidores y adictos.

Y no es, por cierto, una influencia fácil de desestimar: de acuerdo a un informe de 2016 del Departamento de Lucha Antidroga de EE.UU., (DEA, por sus siglas en inglés), en México existen ocho carteles que tienen llegada a gran parte del territorio nacional y que manejan un negocio de cerca de US$40.000 millones anuales.

Las palabras ya aceptadas nacidas de este submundo no serán las últimas en incorporarse al diccionario mexicano en próximas actualizaciones, o incluso al gran diccionario de la Real Academia Española.

“Aunque es cierto que durante un tiempo son códigos cerrados, y como bien se sabe el lenguaje del hampa es efímero, el paso a la cultura es imposible de detener”, augura Élmer Mendoza.

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Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Querétaro, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad mexicana entre el 7 y el 10 de septiembre.