Traición al alma de nuestro país

Trump hoy se encuentra en la dudosa compañía de aquellos que, a lo largo de la historia de este país, han manifestado malicia y sospecha hacia los inmigrantes:

Nueva York – El 5 de septiembre del 2017 será recordado en Estados Unidos –un país de inmigrantes y sus descendientes– como el día en que se traicionó al alma de la nación. El anuncio de la administración del presidente Donald Trump sobre la derogación del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, según sus siglas en inglés) -instituido por orden ejecutiva del presidente Barack Obama en el 2012- amenaza con desgarrar la vida de toda una generación.

El programa DACA le ofreció protección a cerca de 800,000 jóvenes indocumentados sin antecedentes penales (conocidos como “Soñadores” o “Dreamers”) quienes llegaron al país de niños. Lo que vimos el 5 de septiembre es que, como sabíamos podía suceder, una iniciativa implementada por orden ejecutiva puede ser desmantelada por el nuevo presidente.

Pero la caducidad del programa crea la posibilidad real del arresto y deportación de cientos de miles de jóvenes que se sienten estadounidenses de cabo a cabo –que de hecho, en su gran mayoría, no recuerdan haber vivido en otro país. Ellos no cometieron crimen alguno, y están construyendo vidas productivas en los Estados Unidos –ya sea estudiando en la universidad, trabajando, formando familias, creando empresas o sirviendo en las fuerzas armadas.

La administración informó que continuará renovando permisos por otros seis meses para aquellos que ya están inscritos en el programa DACA, pero no aceptará nuevas solicitudes. Sólo la aprobación por parte del Congreso de nuevas normas inmigratorias antes del 5 de marzo del 2018 –un desafío extraordinario considerando el panorama político altamente fracturado de hoy– puede permitir que los Dreamers se queden sin miedo a ser perseguidos, detenidos y deportados.

En su momento, Trump expresó su simpatía por los Soñadores. Si bien prometió terminar con DACA durante su campaña, también reconoció que existen argumentos morales en favor de mantener el programa en pie, admitiendo que la decisión es “muy complicada”. Incluso, luego de que la derogación fuese anunciada, Trump expresó su deseo de resolver “la cuestión de DACA con corazón y compasión”. Sin embargo, aparentemente convencido de que los beneficiarios de DACA les quitan oportunidades de trabajo a los ciudadanos, el presidente concluyó que los “estadounidenses desempleados, necesitados y olvidados” merecen el mismo corazón y la misma compasión.

Por desgracia, al tomar esta decisión, el presidente optó por alejarse de la clásica visión estadounidense tallada en el pedestal de la Estatua de la Libertad en el puerto de Nueva York, en los versos del poema de Emma Lazarus, que comienza, “Dame tus cansados, tus pobres, tus masas acumuladas clamando por respirar libres”. Tal el credo que ha beneficiado a decenas de millones de inmigrantes, y le dio a los Estados Unidos una fortaleza inigualable.

La misma visión debería aplicarse a los jóvenes que, si bien llegaron a los Estados Unidos indocumentados, no lo hicieron por decisión propia. Por el contrario, ahora ellos enfrentan el riesgo de un trastorno total de sus vidas y un destino incierto.

Así, Trump hoy se encuentra en la dudosa compañía de aquellos que, a lo largo de la historia de este país, han manifestado malicia y sospecha hacia los inmigrantes: los defensores de las Leyes de Extranjería y Sedición de los años 1790s, que extendieron el período de naturalización a 14 años; el Partido Nativo Americano de los años previos a la guerra civil, que buscó prohibir el ingreso de católicos al país; aquellos que en el siglo XX creían que los inmigrantes del Este y Sur de Europa, de China y Japón, no podrían jamás convertirse en estadounidenses, y cuyos argumentos llevaron en los años ‘20s a rigurosas cuotas de inmigrantes provenientes de esas regiones; y aquellos tan empecinados en impedir el ingreso de judíos que huían de la Europa nazi que ni siquiera permitieron que aquellas magras cuotas fueran llenadas.

Por todo esto, estoy triste y avergonzado. Como judío, soy muy consciente de lo que dice la Torá explícitamente 36 veces sobre “amar al extranjero”. Como estadounidense, siento que hemos sucumbido –al menos esta vez– a una xenofobia obtusa y miope, en lugar de estar a la altura de la visión de nuestro país como una nación compasiva y acogedora.

David Harris es el CEO del American Jewish Committee (AJC)

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