El tema del que toda pareja prefiere no hablar

¿La fidelidad dura toda la vida? Es una de las grandes interrogantes en cualquier relación
El tema del que toda pareja prefiere no hablar
Pocas parejas hablan abiertamente de la transformación de la relación con el paso del tiempo.
Foto: Pexels

Estaban reunidos por los veinticinco años de egresados de la escuela. Después de un cuarto de siglo, muchas cosas habían cambiado. La principal, la sinceridad. Después de los cuarenta años, ya no había tantas cosas que aparentar. No por ninguna razón virtuosa, sino porque algunas mentiras se volvían evidentes. Una cosa era vender presente o futuro a los veinte, y otra muy distinta intentar hacerlo en la mitad de la vida. En esta edad, el presente no había forma de maquillarlo. Estaba sobre la mesa. Y todo futuro sería tomado con pinzas.

“Ya todos habían experimentado en forma dolorosa y personal que los sueños de Holywood ocurrían solo en las películas. La vida y la realidad discurrían por andariveles más modestos”

Dentro de los muchos egresados, un grupo de seis compañeros que habían sido muy amigos, se sentaron juntos en una mesa. Hacía muchos años que no se encontraban y lo primero que llamó la atención de Ricardo fue que nadie tenía muchas ganas de impresionar a nadie.

La típica competencia masculina para ver quién la tenía más larga, había perdido sentido. Y esa realidad tenía profundas implicancias porque abría la puerta a un verdadero encuentro.

Conversaron un rato en forma apacible, actualizándose sobre sus vidas, escuchándose. De los seis, cuatro estaban casados, uno era soltero y Ricardo estaba separado hacía algunos años.

“Una vez concluida la ronda de puesta al día, la conversación fue derivando hacia el que sería el único tema de la cena: el sexo. ¿Sería el monotema de los hombres de cuarenta? ¿Alcanzaría a todas las edades? ¿Le pasaría también a las mujeres?”

Estas eran algunas de las preguntas que surgían en la mente de Ricardo, un mujeriego empedernido y hasta incomprendido. Raúl, en algún sentido era su contracara. No porque fuera un hombre célibe, sino más bien todo lo contrario. Pero se trataba de un atorrante que había tenido la dignidad de asumir su condición, decidiendo no casarse. Su postura era simple y acertada: -“a mí me gusta más la joda que la vida, por lo cual no tengo ninguna chance de tener una familia razonable. ¿Para qué entonces arruinarle la vida a una mujer?” Semejante afirmación, tan contundente como inmadura, producía envidia en el resto de sus compañeros. A los casados, por la libertad que tenía. A Ricardo, porque era la contracara suya. Él lo había querido todo: las mujeres, la pareja, la familia y la joda. Obviamente, había terminado estrellado.

Tal vez con el afán de entender su propia conducta, Ricardo quiso conocer cómo era la vida de los demás. Adrián, uno de los cuatro felizmente casados, contó que venía de pasar un momento muy grato en una casa de masajes. Después que sus compañeros lo indagaran un poco, quedó claro que su preferencia por las prostitutas tenía que ver con no correr el riesgo de enamorarse. Así todo era más seguro, claro, controlado.

“Ricardo fue a fondo: -‘o sea que no es un tema que te preocupe la infidelidad en sí, o la posibilidad de que tu mujer te descubra, sino de no correr el más mínimo riesgo de que te puedas enamorar y terminar perdiendo el control y tu familia’…”

“Resulta algo paradójico porque de todas formas estás corriendo riesgos considerables, aunque es cierto que al menos evitas el de la locura absoluta que produce el enamoramiento. ¿Pero no hay mucha virtud en tu conducta, no? Igual ¿ ustedes creen que todavía podemos enamorarnos a esta edad, o ya fue?”, interpeló a todos.

La pregunta no era retórica para Ricardo. Él que se había acostado con cientos de mujeres a lo largo de su vida, estaba convencido que su vida sentimental ya estaba terminada.

Después de tantas historias, tantos incendios, ya se había cansado de sufrir. Tantas veces había estado convencido de haber encontrado al amor de su vida, que después de haberse desencantado tan brutalmente, ahora parecía un anciano al que ya nada lo inquietaba. Por supuesto que seguía creyendo que podía encontrar a una compañera con quien transitar la vida razonablemente. Pero sin esas locuras de las películas o de los primeros meses de enamoramiento.

“Dolorosamente había aprendido que ese estado de euforia y alucinación pasaba. Siempre pasaba. Y que por más que los seres humanos estuvieran convencidos que los sentimientos eran eternos, no lo eran. ¿Entonces? Solo enterarse que era así, esperar que el período de enamoramiento se pasara, y ahí ver cómo era en realidad la persona que tenía enfrente. Cuanto más sincera y realista fuera la mirada, más chances habría de tener un encuentro real, y eventualmente armar una buena pareja”

Los cuatro amigos restantes, de una forma u otra coincidieron en que no había chance de enamorarse a esa edad. En realidad, la respuesta parecía contener algo de miedo a perder las familias que tenían. Nadie quería que aquella maldición árabe “ojalá que te enamores” fuera cierta.  Y el dato paradójico y revelador era que se trataba de una maldición y no de una bendición como uno presupondría. En la mitad de la vida, enamorarse implicaba poner en crisis y probablemente terminar con la familia construida. Toda una desgracia.

Si bien a nadie le escapaba que había muchos casos de hombres de cincuenta años y aún más que se enamoraban en serio, lo cierto es que la mirada de esas personas sobre el proceso era diferente. A los veinte o hasta treinta años, entre las hormonas y la inexperiencia, todos solían pensar que esa sensación maravillosa duraría para siempre. Ahora ya sabían que no. Por ende, el sexo o descubrir un cuerpo nuevo, podía llegar a ser un buen sucedáneo de aquellas emociones juveniles.

Pero no habría que olvidar que ese cuerpo nuevo también se convertiría en conocido después de un tiempo. Por ende, no hacía ningún sentido intentar armar una pareja nueva por esta razón, ya que también tendría fecha de vencimiento. Así las cosas, la mejor conducta era la de la inmensa mayoría de los hombres: tener una esposa o compañera, y paralelamente, acostarse con otras mujeres cuando pudieran.

A efectos de aflojar un poco la conversación de la mesa, Ricardo comentó que un sacerdote amigo se había sincerado confesando que a los cuarenta, uno solo veía pechos y traseros. “-Y si eso le pasa a un sacerdote; ¿qué nos queda a nosotros?”, conjeturó. Mario, tal vez el más aplomado de todos, dijo: “-yo no creo que esto sea solo un tema de nuestra edad; me parece que dura toda la vida. En esta edad todavía nos quedan bastantes hormonas, y cuando llevamos diez o más años con una misma persona, también necesitamos otras cosas que sabemos que no vamos a obtener en la pareja…”

“Mario prosiguió confesando que él no sentía ningún conflicto al ser infiel, porque podía distinguir que eso no lo desestabilizaba emocionalmente. Que ya había pasado esa inexperiencia en la que se enamoraba de toda mujer que le daba bola o con la que se acostaba. Eso estaba bien para los quince años, los veinte, o hasta los treinta, pero era inaceptable a los cuarenta. A esta edad, uno ya sabía lo que quería, y que uno podía tener solo sexo o una linda amistad con derecho, sin por eso confundirse acerca de dónde estaba la compañera que había elegido para compartir la vida. Él no sentía que hubiera una deslealtad”

Para Mario, la fidelidad pasaba por otro lado. Había hombres que no tenían aventuras sexuales pero estaban borrados como maridos. Ser fiel era algo mucho más serio, profundo e importante que no acostarse con otra mujer. Su único conflicto consistía en que tener sexo con alguien que no fuera su esposa llevaba implícito mentir, algo que a él no le gustaba. No encontró solución para esa contradicción, y mucho menos el resto de amigos que lo escuchaban atentos. Todos lo percibieron como el más coherente y maduro.

Los dos compañeros restantes tenían una posición muy similar a la de Mario pero sin que les hiciera ruido mentir. En el fondo, la vida estaba llena de contradicciones y paradojas y había que tratar de llevarlas lo mejor posible.

La conversación parecía llegar a un consenso acerca de que la monogamia era inviable. Quedaba la alternativa de ser un monógamo serial, de esos que tenían relaciones de fidelidad hasta que lo nuevo se tornaba en conocido y entonces cambiaban de mujer. Como esa dinámica se repetía, estaban condenados a cambiar seguido, y nunca llegaban a conocer lo que era una relación más profunda.

Ricardo se preguntó en voz alta, por qué sería que no se podía sincerar este tema. ¿Cómo era posible que las mujeres no quisieran escuchar esta problemática, cuando ocurría en la mayoría de los hombres? Negar la realidad nunca llevaba a buen puerto. Y tampoco era posible pensar que fuera algo pequeño, posible de ser minimizado u ocultado.

“Era como pretender esconder el obelisco. Y retomando la frase del cura, si los hombres solo pensaban en tetas y culos y las mujeres solo querían un amor romántico y monógamo para toda la vida, se estaba en presencia de un desencuentro absoluto, una bomba de tiempo”

Alejandro, uno de los que asumía el tema con tranquilidad, reconoció que él tampoco quería que su esposa le contara si tenía aventuras. La pregunta quedó picando y la hizo Diego: “-¿O sea que no tienes drama en que tu esposa esté con otro tipo?” “-Y no”, se sinceró Alejandro. “-Sería de una incoherencia total. Pero de ahí a que quiera conocer los detalles…”

Todos se rieron,  tal vez hasta un poco asombrados por las conclusiones a las que iban llegando. Lo que veinte años atrás hubiera motivado una ruptura definitiva e instantánea con sus novias de entonces, ahora era un tema más de los que había que tolerar sin darle demasiada entidad.

Llevaban dos horas de una conversación intensa y sincera y a Ricardo solo le quedaba una duda importante. ¿Qué pasaría por la cabeza de las mujeres? Ese interrogante que ni Freud ni la ciencia habían podido aclarar, parecía demasiado ambicioso para aquél grupo de amigos.

Mario decidió recoger el guante y explorar un poco el tema. “-Yo creo que las mujeres, si bien son biológicamente distintas y esas diferencias incluyen a su cerebro y su pensamiento, también están saliendo del  . Sincerar este tema es muy difícil porque venimos de la prohibición absoluta, en donde la realidad te deja tan en off side que no es posible abordarlo. Pero como la única verdad es la realidad y no la teoría o nuestras ideas, el brutal contraste de los hechos va modificando también el pensamiento de ellas. Si la fidelidad sexual en el fondo no es un tema tan importante como nos hicieron creer y ellas tienen que aprender a llevarlo de la mejor manera, es natural que también lo miren con más benevolencia para consigo mismas. Y de ahí a que estén dispuestas a tener aventuras hay un paso muy corto…”

Era notable la tranquilidad con que esos seis hombres escuchaban estas palabras. ¿Qué lugar quedaba para el macho territorial y brutalmente celoso? ¿Sería un rasgo de evolución e inteligencia, o solo la nueva cultura ligth? Varios contaron sus propias experiencias con mujeres casadas, demostrando que las mujeres también eran infieles. Solo en la arrogante mente del macho eran fieles, porque la realidad distaba mucho de eso.

“Después de todo; si los hombres eran tan infieles y las mujeres no; ¿con quiénes eran infieles los hombres? ¿Solo con un puñado de ninfómanas y promiscuas? Parecía más razonable pensar que las proporciones eran parejas en ambos sexos”

Diego contó el caso de una compañera de trabajo que era homosexual, y que si bien tenía una pareja estable, hacía tiempo que había acordado con su media naranja que dos veces a la semana podrían salir con quienes quisieran. Al principio había sido difícil, porque en el fondo siempre estaba la inseguridad y miedo a que la pareja se enamorara de otra persona. Pero una vez que eso se había superado, la pareja había crecido y fortalecido. La idea no era reforzar los barrotes de la celda sino más bien, abrir la puerta de la cárcel y elegir quedarse y encontrarse con total libertad. Claro que esa modernidad daba algo de escalofríos a todos. ¿Pero era tan descabellada?

El silencio se fue apropiando de la cena. Ya era tarde y la gente se iba. Ricardo se preguntó si dentro de veinte años, el concepto de fidelidad tal como se conocía en ese entonces, desaparecería. No supo qué contestarse. Pensó en la buena fe, en la lealtad profunda de dos seres, no reducida solo a la sexualidad. También reflexionó en la libertad y en las permanentes contradicciones y paradojas de la vida. En la necesidad de, aunque pareciera imposible, aprender a conciliarlas. El ser humano era un ser muy rico y vasto, que solía no encajar en los parámetros arbitrariamente definidos por la sociedad.

“La vida se mostraba como una moneda con sus dos caras en donde aquellos que pretendían perfeccionar la misma eliminando la ceca, la destruían. Era imposible pretender suprimir un lado sin romper todo”

Con más preguntas que respuestas, se dieron un abrazo y cada uno se fue para su casa.