El jefe de los espías de EEUU al que nadie hizo caso sobre el armamentismo de Corea del Norte

Donald Nichols creó una red de espías que ayudó evitar la derrota de EEUU durante la guerra en Corea. Pero su protagonismo fue casi borrado de la historia

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El jefe de los espías de EEUU al que nadie hizo caso sobre el armamentismo de Corea del Norte
Nichols (i) creó una red de espías que dotaba a EEUU de información vital sobre Corea del Norte (Foto: Fuerza Aérea de EE.UU. /Cortesía Blaine Harden)

El bombardeo comenzó un domingo por la mañana, antes del amanecer.

Era el 25 de junio de 1950. Un par de horas más tarde, decenas de tanques de fabricación soviética de última generación pertenecientes al Ejército de Corea del Norte -junto con unos 90,000 soldados- comenzaron a moverse cruzando el paralelo 38 para atacar Corea del Sur.

De repente, la Guerra Fría se había convertido en una confrontación armada en toda regla.

Un día más tarde, desde su base en Tokio, el general Douglas MacArthur envió a Washington un sombrío informe sobre la situación en Corea.

El colapso total es inminente“, dijo MacArthur al Estado Mayor Conjunto.

Posteriormente, MacArthur le dijo al Congreso que no había forma posible de haber predicho el ataque sorpresa norcoreano con anticipación.

Pero había una forma bastante simple. Bastaba con que el general se hubiera molestado en leer algunos de los informes de inteligencia redactados por un joven analista de inteligencia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Corea llamado Donald Nichols.

Las fuerzas norcoreanas cruzaron el paralelo 38, la línea que dividía la península coreana. AFP/Getty Images

“Durante un año Nichols había estado muy preocupado”, dijo Blaine Harden, autor de un nuevo libro sobre Nichols llamado “King of Spies: The Dark Reign of America’s Spymaster in Korea” (“Rey de espías: el oscuro reinado del jefe de espionaje de Estados Unidos en Corea”).

Una red de espías

Nichols había llegado a Corea poco después del final de la II Guerra Mundial y cuatro años antes del inicio de las hostilidades en la península.

Tenía unos veintitantos años de edad cuando llegó al país. Allí consiguió amigos poderosos entre las filas de las Fuerzas Armadas surcoreanas y entre el liderazgo político, incluyendo al presidente Syngman Rhee. Construyó su propia red personal de espías y se le permitía operar prácticamente sin restricciones.

“Las fuentes de inteligencia que (Nichols) tenía en Corea del Norte le habían estado diciendo que los rusos habían estado enviando aviones, artillería y grandes cantidades de armas y municiones”, dijo Harden.

“Él remitió esa información a sus superiores a lo largo de la cadena de mando hasta llegar al jefe de inteligencia de MacArthur, Charles Willoughby. Para su infortunio, Charles Willoughby intentó hacer que le despidieran y le expulsaran de Corea”, agregó.

Pero Nichols no fue despedido y sus informes de inteligencia no fueron ignorados durante mucho tiempo más.

Durante las primeras semanas de la guerra, las fuerzas de Estados Unidos y de Corea del Sur sufrieron grandes daños mientras realizaban una retirada caótica hacia la esquina suroriental de la península, a las afueras de la ciudad portuaria de Busan.

Necesitaban cada ventaja posible para evitar una derrota rápida y total.

Las fuerzas norcoreanas eran mucho más numerosas que las de Estados Unidos y sus aliados. El Ejército de Corea del Norte les habría fulminado si no hubiera sido por el trabajo de Nichols.

Él estaba a cargo de un equipo de expertos en criptografía encabezados por un desertor norcoreano quien, antes de la guerra, se había mudado al sur trayendo consigo los códigos del Ejército de Corea del Norte.

Harden narra en su libro cómo Nichols y su equipo usaron esos códigos para extraer información de las transmisiones de radio norcoreanas que interceptaban y transmitirla en tiempo real al Octavo Ejército de EEUU, cuyas fuerzas estaban rodeadas y combatían para sobrevivir.

“Cada vez que los norcoreanos iban a hacer una incursión dentro del perímetro para intentar liquidar estadounidenses, el Octavo Ejército se podía preparar y rechazar estos ataques, hasta que Estados Unidos pudo traer suficientes tropas a este teatro de operaciones”, explicó Harden.

“Pero durante esas pocas semanas, Nichols y la información de inteligencia que él proveía fueron absolutamente fundamentales para esa lucha”.

Y Nichols apenas estaba comenzando.

Campaña destructiva

Los viejos noticiarios divulgados por los militares de Estados Unidos mencionan la campaña de bombardeos de ese país contra Corea del Norte, pero no llegan a describir el alcance de la muerte y destrucción causada a ese país por la Fuerza Aérea estadounidense.

En gran medida, esa campaña de bombardeos fue posible gracias a Nichols y a su red de espías.

Según Harden, los aviones bombarderos de Estados Unidos se pusieron a trabajar rápidamente tras el inicio de las hostilidades, destruyendo sistemáticamente las ciudades norcoreanas.

La campaña aérea se extendió durante tres años, acabando con el 85% de los edificios y matando entre un millón y dos millones de civiles.

Muchos de los espías de la red que manejó Nichols a lo largo de la guerra eran desertores de Corea del Norte. Ellos le facilitaban información, incluyendo la relativa a posibles objetivos a bombardear dentro del país.

Para el momento en el que se inició la guerra, Nichols había aprendido coreano.

Harden relata que Nichols era a la vez astuto y despiadado y que se fue convirtiendo en una versión en la vida real del coronel Kurtz, de la película “Apocalipsis ahora”.

“Cada vez se volvió más libre de hacer lo que quisiera”, dijo Harden, quien destacó que Nichols llegó a tener problemas de comportamiento personal.

(Nichols) lanzó personas desde aviones, las empujó fuera de lanchas. Llegó a protagonizar un tiroteo con algunos de los miembros de su propio equipo de inteligencia, que estaban renuentes a volver a Corea del Norte porque los seguían matando”, añadió.

Nichols le disparó a varios de sus propios hombres en sus propios cuarteles, pero el incidente nunca fue reportado oficialmente.

Harden aseguró que Nichols fue alabado por algunos de sus generales, que lo catalogaron como “invalorable” y como “el mejor activo en el terreno”, llegando incluso a decir que era “una guerra de un hombre”.

Pero, tras el fin de la confrontación bélica, funcionarios de las fuerzas armadas y del gobierno de Estados Unidos decidieron que tenían que hacer algo con Nichols.

“En el verano de 1957, la policía militar de la Fuerza Aérea vino por Nichols en mitad de la noche y, según testigos, le pusieron una camisa de fuerza”, dijo Harden.

Durante meses fue sometido a electrochoques y él le dijo a su familia que la Fuerza Aérea estaba intentando destruir su memoria. Ellos no destruyeron su memoria, pues él siguió vivo durante otros 30 años, pero sí dañaron su credibilidad y lo borraron como un actor importante durante la guerra”.

Harden asegura que oficialmente Nichols se convirtió en una nota a pie de página en la narrativa de los militares estadounidenses sobre la Guerra de Corea. Pero fue mucho más que eso, con todo y su lado oscuro.

El libro de Harden llena muchos vacíos sobre este desertor de la educación secundaria que al final llegó a ser conocido por los norcoreanos como “el rey de los espías de Estados Unidos”.

Harden cita a algunos de los propios comandantes de Nichols afirmando que él era alguien a quien querías tener de tu lado durante la guerra, pero que cuando esta concluía, necesitabas enviarlo a prisión.