“Un órgano que bombea aire” y otras 3 falsas creencias sobre el corazón

Hoy sabemos que late unas 80 veces por minuto, y hace llegar nutrientes a todo el cuerpo. Pero no es lo que siempre se pensó
“Un órgano que bombea aire” y otras 3 falsas creencias sobre el corazón
Hubo un tiempo en el que se pensaba que el corazón no bombeaba sangre. Getty Images

Cada día tu corazón late 100,000 veces y tu sangre recorre 12,000 millas.

Lo hace sin descanso unas 80 veces por minuto incluso antes del nacimiento y así oxigena los tejidos y hace llegar los nutrientes a todas las células para que éstas lleven a cabo sus funciones.

Al día bombea en torno a 8.000 litros de sangre, según el Texas Heart Institute.

Y si fuera una fuente, su potencia haría que la sangre alcanzara 10 metros de altura.

Ese es parte del conocimiento que hoy tenemos sobre este vital órgano, pero no siempre fue así.

El periodista Jake Yapp repasa algunas de las creencias equivocadas sobre el corazón a lo largo de la historia en la serie “Todo lo que sabemos de…”, de BBC Radio 4.

1. Un órgano en el que confluyen la saliva, la orina y el esperma

En el Antiguo Egipto creían que no era solo la sangre la que circulaba.

El Papiro Ebers, uno de los más antiguos tratados médicos conocidos, redactado en torno al 1.500 a.C., contiene un “tratado del corazón”.

De acuerdo al escrito, en este órgano residía la inteligencia, la conciencia moral y el pensamiento, y todos los fluidos confluían en él, desde la sangre a las lágrimas, pasando por la saliva, la orina, la bilis o el esperma.

Estas sustancias viajaban hacia el corazón a través de unos pequeños conductos llamados met o metu, que se encontraban repartidos por todo nuestro organismo a modo de autopistas, se explicaba en el texto.

2. Allí donde reside la razón

En el siglo IV a.C., Aristóteles —a quien se le conoció como “el filósofo” pero bien pudo ser “el científico”— estableció que el corazón era lo más importante del cuerpo.

Para el griego era el corazón y no el cerebro el que ocupa el centro rector de las sensaciones y los movimientos, donde recibimos la información sobre el mundo que nos rodea y de donde nace la respuesta a ese universo que se inicia al otro lado de nuestra piel.

Convencido de ello, rebatió la opinión de muchos pensadores anteriores a él que consideraban la sede de aquello que nos identifica como seres humanos, la de las principales funciones mentales.

Las razones que lo llevaron a tales conclusiones fueron que el corazón ocupa una posición central en el cuerpo, aparentemente más adecuada para una función coordinadora, y que es sensible ante las emociones. Pero también lo limitado de la técnica en la Grecia clásica.

3. Una bomba de aire

En torno a 275 a.C., Erasístrato, un médico clínico y experimental de la Grecia Antigua, subrayó el papel primordial de la sangre en el cuerpo humano y estuvo muy cerca de descubrir la circulación sanguínea, al reconocer que el corazón estaba en el centro de una red de arterias y venas.

Sin embargo, para el fundador junto a Herófilo de la Escuela de Alejandría de Medicina bajo el reinado de la dinastía ptolemaica, el principal papel del corazón era bombear aire, que era transportada por las arterias.

Según el también anatomista, esto explicabala existencia del pulso.

De acuerdo a su teoría eran las venas las que transportaban la sangre, que contenía el espíritu vital, desde el corazón hasta el cerebro. Y allí era transformado y distribuido por el cuerpo vía los nervios.

4. Secundario en el sistema circulatorio, dominado por el hígado

La teoría de que las arterias transportaban aire y no sangre permaneció vigente por décadas, hasta que el médico griego Galeno (Pérgamo 120-Roma 201/206) empezó a diseccionar animales, en especial cabras, cerdos y monos.

Grabado anónimo del siglo XVII que representa a Galeno sosteniendo un libro y un frasco con ungüento. (Foto: Welcome Images vía Wikimedia Commons)

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Para Galeno el corazón era un órgano seco y caliente.

El sistema descrito por él mezclaba antiguas ideas filosóficas, como la doctrina de los tres espíritus o almas, con agudas pero con frecuencia equivocadas observaciones anatómicas.

Identificó las funciones del riñón y la vejiga, demostró que el cerebro controla la voz, y estableció al corazón y a los pulmones como órganos de calor y de enfriamiento, respectivamente.

“El corazón es, por así decirlo, como una piedra de chimenea, la fuente de calor innata por la cual se gobierna al animal”, escribió el médico en su obra “Sobre la utilidad de las partes del cuerpo” en el año 170.

Describió asimismo las válvulas de este órgano e indicó las diferencias estructurales entre arterias y venas, pero no formuló una teoría completa de la circulación de la sangre.

Y es que, según el “padre de la anatomía”, el órgano principal del sistema vascular era el hígado y no el corazón.

La sangre se desplazaba desde el hígado hacia la periferia del cuerpo para formar la carne, escribió.

Su pensamiento ejerció una profunda influencia en la medicina practicada en el Imperio Bizantino, que se extendió con posterioridad a Oriente Medio, para acabar llegando a la Europa medieval, que pervivió hasta entrado el siglo XVII.


El primero en explicar con precisión el sistema de los ventrículos y de las válvulas del corazón fue en realidad el científico y médico musulmán persa Ibn Sina, más conocido como Avicena.

Lo hizo en “El canon de medicina”, una enciclopedia de 14 volúmenes que escribió alrededor del año 1020 y que se considera uno de los libros más famosos de la historia de la medicina.

La obra fue impresa más de treinta veces entre los años 1400 y 1600, lo que da idea de la trascendencia que tuvo para varias generaciones de doctores en el mundo musulmán y también en Europa.

Pero fue un médico inglés del siglo XVII, William Harvey (1 de abril de 1578-3 de junio 1657), a quien se le atribuye haber descrito de forma correcta y por primera vez la circulación y las propiedades de la sangre, distribuida por todo el cuerpo a través del bombeo del corazón.

Con sus descubrimientos confirmó las ideas de su contemporáneo René Descartes.

El filósofo, matemático y físico francés había descrito en su libro “Descripción del cuerpo humano” a las arterias y venas como tubos que transportaban nutrientes alrededor del cuerpo.

Pero llegar a esa conclusión tomó siglos de ideas equivocadas y falsas creencias sobre el corazón.


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