Transgéneros en la Caravana Migrante corren por su vida

MEXICO.- Ashley Ponce, de 18 años, toma el costado de una de las  pancartas que piden “Alto a las deportaciones’’ y así llama la atención con su cabello lacio y peinado hasta los hombros, con un short  minúsculo y el ombligo al aire para posar a lado de sus compañeros de la caravana de migrantes centroamericanos organizada por Pueblos sin Fronteras que enfureció hace unos días al presidente Donald Trump.

“A mi qué me importa lo que piense ese señor: yo estoy salvando mi vida’’, dice mientras camina hacia la embajada de Estados Unidos para protestar y contonear su cuerpo con el mismo ímpetu que aquella noche en San Salvador, cuando la atacaron un trío de pandilleros de la Mara Salvatrucha.

— Soy trans pero puedo ser tan hombre como ustedes— retó con los labios pintados y  los puños en alto al tiempo que se quitaba los audífonos con los que eschaba música hasta que la interceptaron con un golpe en la espalda.

Uno de los delincuentes sacó el cuchillo y se lo clavó en la pierna para romperle la rodilla. Ashley peleó, pataleó, golpeó y se quedó tirada en el calle desmayada. Tuvo suerte de no morir: a ocho de sus amigas transgénero con quienes compartía un departamento, las asesinaron una a una.

Entre la gente que es blanco de los ataques de los pandilleros en Centroamérica, los homosexuales son sus favoritos. Y entre los gay, los transgénero con quienes más se ensañan.

De acuerdo con el Observatorio de Personas Transgénero Asesinadas, de los 2343 asesinatos que hubo en todo el mundo entre 2001 y 2016, más de la mitad (1834) ocurrieron en Centro y Sudamérica, razones por las cuales cientos de ellos han solicitado asilo en México.

A la última compañera asesinada de Ashley en El Salvador, la picaron en pedazos y la quemaron frente a la casa que rentaban juntas. Supieron que era ella porque no se desintegró su cabeza de muchacha orgullosa de aceptar la sexualidad.

“Fue con tanta violencia. Horrible: yo salí arrastrando con la rodilla rota y llorando y gritando’’, recuerda. ‘“Con ella quedábamos tres con vida; la  segunda huyó después de que vimos el cuerpo. A las otras, al menos sólo les dispararon’’.

Ashley no huyó antes porque no podía caminar después de que le clavaron el cuchillo en la rodilla, pero apenas pudo dar sus primeros pasos tomó un camión sólo con dos mudas de su ropa corta y vaporosa que ahora le pasa la factura en la Ciudad de México donde la alcanzó la lluvia y los 10 grados centígrados, 30 menos que en su ciudad natal y en Tapachula, sur de México, donde se sumó a la caravana.

“No tengo nada que perder camino a Estados Unidos, si no ganar: nada me va a detener: yo voy a seguir a la frontera’’.