Más de 1 millón de seguidores sigue a esta instagrammer virtual

@lilmiquela no existe realmente
Más de 1 millón de seguidores sigue a esta instagrammer virtual
@lilmiquela vive gracias a su millón de seguidores.
Foto: Instagram

El fenómeno de las personas que logran captar infinidad de fieles seguidores en las redes sociales ya no es una novedad.

Lo nuevo radica en los casos en los que esos perfiles pertenecen a personajes irreales, ficticios, que llaman la atención de millones de usuarios: los influencers virtuales. No son humanos, fueron diseñados a través de una computadora, pero suben imágenes, se comunican e interactúan como si lo fueran.

Como fue la aparición de Gorillaz en los 90 -un grupo de rock británico formado por cuatro dibujos animados que cantaban-, hoy irrumpen en las plataformas digitales personajes que tienen un aspecto humano-digital y lucen como recién salidas de un juego de computadora.

Parties all night but buys green juice in the Day Mami

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Miquela, o @lilmiquela no es la única, pero sin dudas es la figura que está causando furor. A su millón cien mil seguidores de Instagram les dice tener 19 años y vivir en Los Ángeles.

Es considerada una it girl y es buscada por marcas de moda internacionales -como Moncler, Diesel o Balenciaga- para que utilice sus prendas.

A tal punto que en febrero de este año, Prada la llamó para que se apoderara de su cuenta de Instagram y transmitiera en vivo durante el desfile de su última colección otoño invierno 2018. Se la pudo ver en instastories y en imágenes como si estuviese en Milán, en el evento, vestida con prendas de la marca.

La moda es tan solo un aspecto de Miquela, ya que es además una cantante de música pop que lleva sacados cuatro singles con una gran repercusión. Su primer corte “Not mine” -donde se puede escuchar una voz que limita entre lo humano y lo robótico- salió a la luz en agosto de 2017 y llegó a estar en el puesto ocho del ranking de Spotify de ese mes.

Miquela es la figura que está causando furor. Instagram @lilmiquela

La influencer utiliza también sus redes para causas nobles. Promueve, a través de posteos, el apoyo a movimientos relacionados a la comunidad transgénero, personas de raza negra y marginadas en los Estados Unidos. “Hemos reunido mucho dinero para organizaciones como My Friend’s Place, dedicada a ayudar personas en situación de calle en Los Ángeles. Mis fans se preocupan por lo que sucede en el mundo y quieren ayudar”, aseguró en una entrevista que le dio al medio inglés The Guardian.

Miquela, que hizo su primera aparición en Instagram en abril del 2016, comparte con sus seguidores las situaciones y cuestiones típicas que cualquier chica de 19 años transita: qué ha hecho en la última semana, cuánto comió en los festejos de acción de gracias y cómo se siente con respecto al chico que le gusta; también sube fotos con amigos en bares y andando en patineta en parques de L.A.

Sin embargo, a pesar de que muchos de sus seguidores la toman como “una más”, la duda de quién está detrás de esta creación virtual ha llegado a crear distintas teorías: que fue generada con el fin de publicitar ropa de marcas internacionales; que fue diseñada por los creadores del juego Sims, para lanzarlo nuevamente; y hasta muchos llegaron a pensar que es una persona real que, no conforme con su aspecto físico, alteró sus imágenes y creó este perfil.

El jueves 19 de abril, la misma Miquela, tras dos años de estar en las redes, develó el misterio de su identidad y le confesó a sus fans lo obvio: que no es humana, que es un robot, el cual fue programado para poder sentir y actuar como una persona.

Pero ¿quién la diseñó? ¿cómo funciona? ¿hay alguien responsable?

Con comentarios en contra y a favor, estos personajes ya son parte del universo digital, que crece cada día. Y, aunque muchas críticas apunten a que no es bueno mostrar algo que no es real, una reflexión bastante certera se hizo presente en muchos artículos al respecto: con la cantidad de filtros, retoques y herramientas que hay en las redes, ¿cuán verdaderas en realidad se muestran las personas?

Por Federico Ferrari Sánchez/La Nación