Del Corán a la Biblia: El estigma de la acentuación

Foto: Getty Images

Una característica de la lengua árabe es que las vocales no se escriben. ¿La razón? Porque son predecibles. Un contrato comercial o un periódico se leen sin marcas de vocal escritas. Solo cuando se produce una posible ambigüedad, se especifican. El español tiene otras propiedades; por ejemplo, no tiene tres vocales como el árabe, sino cinco. Si escribiéramos el español como el árabe, de las palabras solo veríamos las consonantes, digamos KS, lo que obligaría a batallar con demasiadas posibilidades: casa, caso, queso, quiso, coso…; en contraste, todas estas palabras, a su vez, comparten algo predecible: la posición del acento en la palabra. Así, en español, basta el contexto lingüístico para saber la posición del énfasis en las palabras.

Si consideramos que lo predecible, por un principio universal de economía lingüística, equivale a eliminable deberíamos poder suprimir los acentos escritos o tildes y relegarlos a situaciones de extrema ambigüedad, que no son las corrientes.

Esto ayudaría en la escritura de textos comerciales y familiares en que prima la inmediatez. Se podría mantener la acentuación en textos artísticos, o en textos de valor iconográfico. Pero para viajar en línea, por ejemplo, las vocales acentuadas añaden entre poco y nada.

Precisamente las nuevas tecnologías, por culpa de los acentos, son distracciones que solo añaden dificultades. Con desesperante frecuencia hallamos cambios en nuestros textos que se ejecutan sin pedirnos permiso; y más de una vez, el que escribe se ve en la situación de enviar inadvertidamente textos mal escritos que se habían escrito originalmente bien. Es doble trabajo. No se puede escribir “si” sin que te lo trastoquen con “sí”, “esta” con “está”, “que” con “qué” y así indefinidamente.

Si se eliminara el marcaje de las tildes, peor que el que le hacen a Messi, se erradicaría de paso la extendida creencia de que colocar las insustanciales tildes es algo realmente de gran valor y, como viene a cuento decirlo, se dejaría de pensar que se escribe mejor por ello. La acentuación es un producto cultural que no se corresponde con algo científico. Hoy, se llegan incluso a aceptar oficialmente alternancias como guion y guión, lo que es un dolor de cabeza para los periódicos de proyección internacional. ¿Por qué será que los que se fijan tanto en los acentos escritos no prestan igual atención al orden y repetición de palabras, a la selección léxica o al fluir de las ideas, entre muchas otras cosas?

La acentuación escrita es un freno al futuro. Si en árabe se dejan las vocales para el Corán, que se dejen los acentos para la Biblia. Nadie se va a oponer. Los excesos solo conducen a la deformación de la realidad.

Luis Silva-Villar, profesor de Lengua y Lingüística

lenguaporoficio@gmail.com