Hombro con hombro, presos de California trabajan con los bomberos en el combate de incendios

Los ofensores de bajo riesgo son entrenados para combatir los siniestros y apoyar en otros desastres
Hombro con hombro, presos de California trabajan con los bomberos en el combate de incendios
Reclusos que trabajan como bomberos ayudan a controlar in incendio en la zona de Riverside. (Getty Images)

En la primera línea, con motosierras y hachas en mano para cortar la vegetación y evitar que las llamas avancen, miles de presos trabajan unidos a los bomberos en la contención de incendios en California.

Los presos entrenados para ser bomberos, se han convertido en las fuerzas al frente para controlar y mitigar siniestros, inundaciones, rescates y búsquedas, mientras que su trabajo pasa desapercibido para la mayoría de los californianos

En California, alrededor de 2,500 presos entrenados en el combate de siniestros, ayudan a diario a salvar vidas y estructuras.

“Es un trabajo muy duro, pero a la vez es muy gratificante. Al trabajar como bombero siento que compenso el mal que causé en el pasado a la comunidad, y me digo que finalmente estoy haciendo algo bueno”, dice Juan Torres, quien después de 21 años de condena, el próximo mes de marzo recuperará su libertad.

Como Juan Torres, cientos de presos en las etapas finales de sus sentencias, sin antecedentes de crímenes serios y violentos tienen oportunidad de entrenarse como bomberos en los campamentos del Departamento de Prisiones de California (CDCR) y del Departamento de Bosques y Protección contra Incendios (Cal Fire).

Los presos entrenados para trabajar como bomberos en las etapas finales de sus sentencias se sienten muy satisfechos de trabajar en tareas que ayudan y protegen a la comunidad que un día dañaron. (Araceli Martínez/La Opinión).
Los presos entrenados para trabajar como bomberos en las etapas finales de sus sentencias se sienten muy satisfechos de trabajar en tareas que ayudan y protegen a la comunidad que un día dañaron. (Araceli Martínez/La Opinión).

Desde abril, Torres de 42 años de edad, llegó al Prado Conservation Camp, localizado en la ciudad de Chino, en el condado de San Bernardino. Fue fundado en 1963, y es manejado tanto por el CDCR como por Cal Fire, pero bajo la supervisión del Sierra Conservation Center (SCC).

El objetivo principal de este campamento es formar y proveer equipos de trabajo para el combate al fuego en el condado de San Bernardino, pero que pueden responder a cualquier llamado en el estado.

Armando Espinoza, el comandante del Campo de Conservación Prado, dice que cuando los presos no están combatiendo un incendio o apoyando en un desastre, remueven objetos peligrosos, reparan y mantienen diques para prevenir inundaciones, mantienen la infraestructura de parques locales, estatales y federales; limpian los arroyos de escombros, remueven basura de las carreteras, construyen vías de ferrocarril, y proveen otros importantes servicios comunitarios.

Después de una jornada de 24 horas de combate al incendio de Azusa, los presos del Campamento de Conservación Prado llegan agotados. (Araceli Martínez/La Opinión).
Después de una jornada de 24 horas de combate al incendio de Azusa, los presos del Campamento de Conservación Prado llegan agotados. (Araceli Martínez/La Opinión).

Selección rigurosa

Dice que los presos que llegan a los campamentos de combate al fuego, están a poco tiempo de terminar su sentencia.

“Para ser aceptados, tienen que ser aprobados por un comité de selección, que escoge aquellos que no tienen crímenes serios, ni violentos”, dice.

A pesar de que Juan Torres del este de Los Ángeles, tiene dos cargos por intento de asesinato, fue aceptado porque durante los 11 años previos a su llegada al Campamento de Conservación Prado, no tuvo ningún reporte disciplinario.

En la actualidad, el Campamento de Conservación Prado, tiene 91 presos, 69 de ellos trabajan directamente en el combate y control de incendios. El resto, por razones físicas, hacen labores de oficina u otros quehaceres.

“En promedio, duran en el campamento de seis meses a un año, antes de salir en libertad”, explica Espinoza.

El entrenamiento para salir a combatir los siniestros es vigoroso ya que requieren de mucha condición física.

Los presos reciben una capacitación física y en el aula.

Hay un total de 42 campamentos con presos bomberos en el estado, 39 son solo de hombres, tres de mujeres, y cinco de ellos están en el condado de Los Ángeles. Este programa fue creado en 1946.

El comandante Espinoza dice que los presos trabajan jornadas de 12 a 24 horas.

Tracy Snyder, capitana de CDCR, dice que sin los presos trabajando como bomberos, simplemente los incendios en el estado no se podrían controlar.

“La gente realmente se sorprendería de ver que trabajan unidos con los bomberos para combatir incendios. Hacen la parte más dura. Son la columna vertebral de CalFire”, expone.

Los presos del Campamento de Conservación Prado se preparan para salir a combatir las llamas en el incendio de Azusa. (Araceli Martínez/La Opinión).
Los presos del Campamento de Conservación Prado se preparan para salir a combatir las llamas en el incendio de Azusa. (Araceli Martínez/La Opinión).

Una prisión sin rejas

A diferencia de una prisión estatal o la cárcel de un condado, los presos en estos campamentos no están tras las rejas, ni en celdas.

El campamento se asemeja a una escuela, donde nada está bajo llave, y los reos pueden andar libremente. Duermen en dormitorios colectivos como si vivieran en un internado. Tienen canchas y áreas con equipo para entrenarse. Pueden recibir a sus familias durante los días de visita en un espacio abierto donde hasta pueden asar carne.

Y debido al desgaste físico que requiere su trabajo, la comida es muy diferente a la que se sirve en in reclusorio.

“Es una comida muy saludable y abundante”, dijo Robert Vásquez, uno de los presos bomberos.

La capitán Snyder dice que campamentos como el de Prado pone a los presidiarios en la dirección correcta. “Es el mejor programa de rehabilitación al que podrían tener acceso”, considera.

El comandante Espinoza considera que este programa hace a los presos responsables y disciplinados dentro un ambiente muy positivo.

Snyder señala que con su trabajo, los presos le ahorran al estado entre 80 y 100 millones de dólares al año.

Reciben un pago de 1 dólar por hora. “Algunos logran ahorrar hasta 4,000 dólares que se llevan cuando salen libres”, precisa el comandante Espinoza.

“Es muy grato cuando un expreso me llama o me lo encuentro en la calle, y me dicen muy satisfecho que le está yendo bien, y me da las gracias”, agrega.

Robert Vázquez, se siente orgulloso de trabajar como bombero porque siente que contribuye a la comunidad, y repara su daño. (Araceli Martínez/La Opinión).

Regresar a la comunidad

Robert Vázquez tiene 42 años. Fue a dar la cárcel por manejar ebrio, pero en el año que lleva en el Prado Conservation Camp, se ha convertido en un líder, ya que es el intermediario entre el capitán y los presos en su equipo de trabajo.

“Ha sido una gran experiencia ayudar a salvar casas y a que la gente se recupere de una tragedia. Esto es algo que nunca voy a olvidar. Me hace sentir muy bien hacer algo por la comunidad”, dice.

Comenta que hay una gran diferencia entre estar en una cárcel y el campamento, aún cuando el trabajo es muy duro. “A veces durante los incendios, dormimos a ratos en la tierra o sobre el cemento, cuidándonos de los insectos, los animales y que no nos caiga una piedra encima”, cuenta.

Vázquez saldrá libre el año próximo, y sus planes son regresar a San Diego con su familia, estudiar y alejarse del alcohol y las drogas.

“Gracias a la proposición 57, me redujeron dos años de condena y voy a salir libre en 2019”, dice feliz. Admite que dejará el campamento sintiéndose un hombre más seguro de sí mismo.

“Para mi significa mucho que nos den las gracias cuando salimos a ayudar a la gente”, comenta.

Juan Torres del este de Los Ángeles dice que trabajar como bombero mientras termina de cumplir su condena, le da un sentido del deber. (Araceli Martínez/La Opinión).
Juan Torres del este de Los Ángeles dice que trabajar como bombero mientras termina de cumplir su condena, le da un sentido del deber. (Araceli Martínez/La Opinión).

Juan Torres dice que para él fue un shock dejar las prisiones para ir al campamento Prado. “Esto no se siente como una prisión, y te da un sentimiento de comunidad. Eso lo hace a uno sentirse muy bien”, dice.

Confía que cuando salga libre, se llevará consigo una fuerte ética de trabajo y un sentido de responsabilidad. “Estando aquí, he aprendido a socializar e interactuar”, señala.