Una luz al final del camino para presos en Santa Ana

A los presos liberados de la cárcel en altas horas de la noche, los esperan afuera buenos samaritanos con un vaso de café caliente, pan y un abrazo
Una luz al final del camino para presos en Santa Ana
La camioneta del programa Lights On (Luces Encendidas) se aposta cada noche frente a la cárcel de Santa Ana para ayudar a los presos que salen en medio de la noche sin que nadie los espere. (Jorge Luis Macias, Especial para La Opinión)

Son las 12:20 de la madrugada de un raro jueves lluvioso cuando Alejandro Cardozo abandona el pasadizo oscuro de la Cárcel Central de Santa Ana, y sin proponérselo, se dirige hacia una furgoneta con las luces encendidas estacionada afuera.

Rrecién había cumplido 90 días de encierro en tres distintas cárceles, entre ellas el Centro de Detención West Valley de Rancho Cucamonga y Santa Ana.

“¿Me pueden regalar un cigarro?”, fue la primera petición de Alejandro a las personas dentro de la camioneta.

“Tu mamá dijo que ya ibas a dejar de fumar”, le advirtió Vashkin Koshkerian adentro del camión. Lo trataba como a un amigo, como si se conocieran de toda la vida.

Alejandro sonrió. Y, a pesar del consejo, dio las primeras bocanadas al cigarro que le obsequieron. Y preguntó por su madre, ¿Dónde está ella?

De hecho, su madre, ni nadie en su familia estaba ahí para darle la bienvenida después de su encierro tras ser acusado de asalto con un arma mortal. Cardozo atacó a un sobrino esquizofrénico que había golpeado a su abuelita.

Lights On ofrece café, pan y un teléfono a presos que salen de la cárcel en Santa Ana a media noche para puedan comunicarse con sus familiars y los puedan llegar a recoger. (Jorge Luis Macias, Especial para La Opinión)

Con el mismo bastón de su abuela, le abrió la cabeza al agresor de la anciana.

“Alguien llamó a la policía y acabé en la cárcel”, contó. Eventualmente, los cargos le fueron desechados, en parte porque nadie de su familia testificó en su contra.

“Créelo o no, Dios te dio una nueva oportunidad en la vida”, le dijo Koshkerian. “Si necesitas algo, pídeselo a él”.

Una luz en la oscuridad

Tres horas antes Koshkerian y Johnny Villaseñor batallaban para armar una carpa. Junto a la furgoneta de “Lights On” debían preparar la cafetera, el pan y galletas que ofrecerían -como cada noche- a los presos liberados.

Koshkerian es un hombre oriundo de la exUnión Soviética y millonario que vivía en una mansión cercana a Newport Beach y quien un día tuvo “un sueño y decidí dejarlo todo para ayudar a los más necesitados”, dijo el actual presidente de Micah’s Way, una organización sin fines de lucro de Santa Ana destinada a ser “verdadera, caritativa, que haga trabajo significativo y de gran impacto, y necesitamos más ayuda, más donaciones para cumplirle a los pobres”.

Entre las gruesas gotas de la lluvia repentina, también corría Johnny Villaseñor quien, después de la muerte de su madre Amelia, se integró al equipo de voluntarios del programa “Lights On” (“Luces Encendidas”) desde hace cinco años.

En 2004 surgió el programa que como un faro en la oscuridad da la bienvenida cada noche a los presos que salen de la cárcel sin nadie que los espere.

Se apostan sobre la Calle Sixth de Santa Ana, donde les prestan teléfonos para que se comuniquen con sus seres queridos y pasen a recogerlos.

Es una iniciativa de la sociedad San Vicente de Paul del condado de Orange, que incluye también a expertos del Proyecto Kinship, quienes refieren a los exinternos a servicios de salud mental, programas antidrogas y de capacitación laboral.

Cada noche, los voluntarios de Lights On ayudan a entre 30-50 presos que llegan en busca de ayuda. (Jorge Luis Macias, Especial para La Opinión)

 

Con paraguas en mano, Brigid Noonan, recientemente elegida para estar al frente de la Sociedad de San Vicente de Paul en el condado de Orange, expresó que es inhumano liberar a los presos en medio de la noche y en el peligro de la oscuridad.

“Sé que Dios quiere que estemos aquí [para recibir a los presos] y servir con humildad y misericordia a los menos afortunados”, dijo.

Un celular que ayuda a todos

Sentada en una silla y completamente empapada, Corina Pérez, de 46 años fumaba un cigarrillo y bebía una taza de café.

Separada recientemente del padre de sus tres hijos, esta mujer fue detenida en Anaheim durante una parada de tránsito. La persona con quien viajaba en un automóvil le “sembró” cocaína en su bolso, a fin de librarse del problema, explicó.

“Yo vivo en Los Ángeles y había venido a visitar a una amiga; quería arreglar un “ticket” que debía desde hace seis meses, pero como no conozco el área, me metí a un negocio y la policía me paró”, dijo. “Ellos hicieron una revisión y encontraron la droga en mi bolsa”.

Pasaban las 12:15 de la noche y Corina pidió de favor a Collin Williams que le permitiera usar su teléfono para llamar por tercera ocasión a su novio, para que fuese a recogerla.

Williams, residente de Diamond Bar, es el líder del equipo de voluntarios en Micah’s Way. Él asegura que hace la buena obra, pensando en un amigo suyo que está encarcelado por robar comida.

“Mi amigo no puede pagar una fianza”, indicó. “Tiene 27 años de edad y una hija pequeña; él robaba para comer y lo dejaron seguir haciéndolo hasta que consiguieron su objetivo [acusarlo bajo la ley de Tres delitos y fuera, que podría significarle una sentencia de 25 años de cárcel a de por vida]”.

Decididos a cambiar

El programa “Lights On” ayuda a un promedio de 30 a 50 expresos cada noche. La mayoría cuentan sus peripecias dentro del sistema penitenciario y aseguran estar decididos a regenerar sus vidas.

Uno de ellos es Eddie Campos, de 23 años de edad. Está lleno de grandes tatuajes en manos, cuello y dos lágrimas cerca del ojo derecho. Los pantalones amplios que porta y la camiseta XXL se la regalaron antes de salir de la cárcel.

“Yo no tuve un padre que me guiara”, dijo el joven. “Nací en Los Alamitos y me metí en una pandilla hasta que no pude salirme…me atraparon con una pistola el año pasado y me encerraron. Es mi primer delito y tengo que salir adelante, sobre todo por mi hija de 3 años”.

Son casi las 2 de la madrugada y Eddie conversa en la calle con Michelle Asai, una consejera experta en el uso de alcohol y drogas en Kinship.

“Yo fui adicta a las drogas y hay demasiadas oportunidades para ti”, aconsejó al muchacho. “Tú eres quien establece la mejor oportunidad para vivir la clase de vida que mereces”.

Cada noche, los voluntaries de Lights On ayudan a entre 30-50 presos que llegan en busca de ayuda. (Jorge Luis Macias, Especial para La Opinión)

Es un consejo que tambié recae sobre Rubén Piña, un desamparado nacido en Morelos, México quien determinó que para él “es lo mismo vivir en una casa que en la calle”.

Rubén, de oficio jardinero, solamente llegó a la mesa de “Lights On” por su primera dotación de café, galletas y croissants. Su segunda visita sería antes de las 4:00 de la mañana, cuando la furgoneta se va del lugar.

“Para mí, todo se acabó cuando mi hijo murió en un accidente…un carro se estrelló contra el de su madre y lo golpeó en la cabecita”, recordó. “Ella quedó paralítica y nunca supe dónde está”.

Igual que los exreos, tras recibir la ayuda, Rubén se perdió entre la penumbra de la noche.