‘Hacer arte me ha cuidado, me ha salvado la vida’

Yolanda González, artista chicana, habla sobre su evolución y la de sus obras
‘Hacer arte me ha cuidado, me ha salvado la vida’
Yolanda González posa junto a una de sus pinturas. / fotos: suministradas.

Yolanda González se sentó por primera vez a pintar cuando tenía 9 años de edad, aunque desde los 4 lo había imaginado. No fue hasta entonces que su abuela —pintora y pianista— la seleccionó de entre sus seis hermanos, para que hiciera con ella un cuadro al óleo de mujeres con cestas en la cabeza.

Habían comprado las pinturas en “Savon”, un detalle que Yolanda recuerda con claridad.

“No sé por qué me eligió a mí entre todos mis hermanos. Éramos seis”, explica sentada en su MA Art estudio de la ciudad de Alhambra, en Los Ángeles. “Yo tenía un deseo muy grande de crear desde la edad de 4 años pero nunca me había atrevido a expresar esa necesidad”.

Cuadro décadas y media más tarde, Yolanda González es una de las artistas chicanas más cotizadas y conocidas de Los Ángeles, sus cuadros están en manos de los coleccionistas más ávidos, como Cheech Marín y su extravagante y generosa figura es familiar para muchos angelinos.

Su aspecto de hoy es una versión opuesta a la niña que fue, explica la artista.

De adulta, su manera de vestir, maquillarse y peinarse es llamativa. Aunque tiene el cabello negro y largo, suele llevarlo en un moño muy alto, adornado con plumas o algún otro tocado colorido.

Su maquillaje es dramático, de colores vivos. Su estilo —que ella misma llama extravagante— fue creado expresamente para contrarrestar la niña “tranquila y poco llamativa” que fue.

“Esta figura es lo opuesto a la niña que era”, dice. “Soy una pintura de mí misma, que he ido creando”.

Hace unos días, Yolanda recibió a La Opinión en su estudio, en presencia de muchos de “ellos” mirando desde la pared o los caballetes: los retratos de trazos gruesos que parecen suspendidos en el lienzo, sin contexto, esperando la interpretación del que los mira, aunque con personalidades tan fuertes como su pintora.

“Mis retratos están sentados, no hay historia o narrativa”, explica. “Los miras y puedes ver las diferentes capas de su alma y como observador, puedes crear tu propia historia sobre cada uno de ellos”.

No tan tradicional

Yolanda, hija de inmigrantes mexicanos (de Torreón, Coahuila) creció en Montebello, California, un suburbio de clase media en la zona este de Los Ángeles y cuando niña —dice— era tímida y apocada, por lo que tenía muchos problemas en la escuela. También tuvo una relación contenciosa con su padre, de la que no le gusta hablar demasiado.

“Fue una relación difícil”, dice. “Quizá por eso de pequeña no expresé más abiertamente el deseo que tenía de crear. Una vez le regalaron unas acuarelas a una de mis hermanas y solo pensaba en que las quería para mí”.

Al crecer, quedó claro que Yolanda era diferente que sus otros hermanos, más tradicionales. “Me convertí en una rockera, metalera, me vestía con la onda punk, empecé a tocar guitarra en un grupo de chicas punk”, recuerda. “Era mucho para él. “Con los años entendí que como inmigrante mexicano tuvo que lidiar con muchas cosas aquí. No justifica lo difícil de la relación, pero sí la explica”.

González ha tenido doversas exposiciones exitosas. / foto: siministrada

Fue en la escuela secundaria San Gabriel Mission High cuando uno de sus profesores se dio cuenta de su talento para la pintura y la inscribió en un concurso, en el que ganó una beca. Luego, Yolanda estudió en el Art Center de Pasadena.

Pero fue su llegada a una organización llamada “Self-Help Graphics” en en vecindario angelino de Boyle Heights lo que realmente puso a Yolanda en el camino a la artista que sería después.

Allí tomó clases con algunos de los representantes más importantes del arte chicano, como Patsy Valdéz y Eloy Torres —pertenecientes a una segunda y tercera generación del movimiento chicano que nació en los años 70. Ellos la impulsaron y a los 23 años tuvo su primera exposición, de gran éxito.

A partir de ese momento, la artista no ha dejado de tener shows tanto en EEUU como en el exterior, exponiendo sola o con otros artistas en todo el país, en Europa y en Suráfrica. En 1998 tuvo una residencia en Ginza, Japón, seguida por otra en Assisi, Italia, en 1999.

Sus pinturas se han exhibido en numerosos museos: El Hammer, el MOCA, El Japanese American National y el Diego Rivera, en la Ciudad de México, entre otros.

González también ha enseñado arte en Inner City Arts, Para los Niños, Plaza de la Raza, Crenshaw Christian Center, MOCA y Alta Med.

Monstruos bellos

Ya son 35 años en esa profesión y Yolanda explica que su arte ha cambiado como ella misma lo ha hecho. Como lo ha hecho el arte chicano en general, de temas más políticos —las huelgas campesinas de los años 70— a un arte más personal de “cada artista que ha evolucionado”, explica.

“Hay arte conceptual, instalaciones, arte muy personal, etc”, indica. “Pero esto no quiere decir que no tenga un significado o que no hable de las cosas que nos pasan”.

El arte de González parece muy personal, particularmente una serie llamada “monstruos”, que no está expuesta en la sala principal del estudio sino en otra salita más pequeña. Se trata de figuras aparentemente desfiguradas “que representan nuestros monstruos sicológicos, pero que para mí también muestran un tipo de belleza”.

Uno de ellos se llama “la máscara de la confianza”.

Esa confianza que Yolanda destila por todos sus poros se derrumbó hace poco justo antes de un viaje a la ciudad de México para una exposición colectiva con otros representantes del arte chicano.

Aquí un par de muestras de sus pinturas. / fotos: suministradas.

“Antes de ese viaje me dio miedo a volar”, explica. “Yo lo relacioné con mi proceso de divorcio, que estoy pasando actualmente, porque por tantos años traté de ser una buena esposa y ama de casa, lo cual me tenía completamente ahogada”.

Con ese temor, decidió viajar de todas maneras y en el momento en que se sentó en el avión, toda la angustia se desvaneció. Ese avión la llevaría a un exitoso show que disfrutó enormemente.

“En el avión pensé: lo mejor que puede pasar es que te mueras, y si te mueres, has tenido una buena vida”, cuenta sonriente.

Pero Yolanda sobrevivió al viaje y a muchas otras cosas en sus 54 años sobre esta tierra y precisamente lo achaca al proceso de crear el arte. “Hacer arte me ha cuidado, me ha nutrido, me ha salvado la vida”..

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