Irene Blea: ‘Seguramente moriré protestando’

Dra Irene Blea: Socióloga, feminista, chicana y novelista. Luchadora por décadas por los derechos de la mujer, de los nativo americanos, de los mexicanos en EEUU.
Irene Blea: ‘Seguramente moriré protestando’
Irene Blea / Suministrada
Foto: Irene Blea

La última frase de la entrevista es quizá la más informativa sobre el espíritu que anima a Irene Blea.

“La batalla continúa. Probablemente seguiré luchando hasta el fin de mis días. Tendrán que rodarme de lado hacia dentro de la tumba porque moriré protestando por algo”, afirma la Doctora Blea, socióloga, feminista, chicana y novelista.

Acaba de terminar su autobiografía. A los 72 años decidió contar su historia, después de haber escrito sus ocho libros de texto sobre estudios chicanos, más de 30 artículos académicos y cuatro novelas.

Viene de ancestros hispanos y nativo americanos. La de su familia son cientos de años de historia en Nuevo México pero la Dra. Blea habla un claro y perfecto español adornado con términos de castellano antiguo y alguna que otra palabra en Tigua (Tiwa-Tewa), una lengua de los Indios Pueblo de Nuevo México, territorio donde Irene nació en 1943.

Aún cuando ella era pequeña, su familia mantenía la estructura matriarcal de sus ancestros indígenas. Ella misma la mantiene hasta hoy: “Mi hija, mi nieta y yo vivimos así”, explica. “En esa tradición, la tierra y las posesiones se heredaban en el lado de la mujer y las mujeres no sólo participaban sino que dirigían las cosas en el pueblo”.

Décadas antes, la tierra donde su gente vivía había sido expropiada por “los Americanos” -como ella los llama- con la llamada “Ley de La Heredad” (Homestead Act) y sus familiares tuvieron que reclamarla legalmente. Sus ancestros nativos se mezclaron con los colonos españoles y mexicanos o “Hispanos”.

Irene creció en medio de una familia numerosa, su mamá era una de 12 hijos y sus tías y tías la cuidaban como sus padres, la disciplinaban también. “Uno se despertaba y en la casa había 20 o 30 personas”, explica. “Estaba totalmente integrada a este estilo de vida”.

Cuando era pequeña, una sequía mató a la mayor parte de la vegetación en su región, menos la papa, por lo que no había más nada que comer. Huyendo a la malnutrición, su familia inmediata se mudó a Colorado, a un pueblo minero.

El cambio fue traumático para la pequeña Irene. “De repente ya no estaba toda esa familia y éramos solo mi familia inmediata y los hijos de la hermana de mi papá, que eran totalmente diferentes a nosotros. Eran súper competitivos, algo de lo cual yo no tenía ni idea”, rememora.

Ni la competitividad ni la propiedad privada eran conceptos que ella había vivido hasta entonces. Y tampoco el racismo, con el que se topó de frente en Colorado. “Nos tiraban piedras porque hablábamos español y también decíamos palabras en idioma nativo. Para ellos éramos extranjeros”.

Todavía no hablaba inglés, pero lo aprendió en apenas dos meses. “Cuando tenía 24 años descubrí que en la escuela me consideraron una niña súper dotada, pero como allí no existían programas para eso, nunca lo supe”.

En Pueblo, Colorado, había inmigrantes del este de Europa. Las mujeres aún vestían con sus faldas, pañoletas y botas gruesas. “Aprendí que había muchos tipos de personas en el mundo.
Pero no fue hasta que se casó con su novio de la secundaria y se mudó a Carolina del Norte que aprendió de verdad lo que era el racismo.

“Ahí aprendí sobre “relaciones raciales”…nadie me había enseñado esto en la escuela, a lo sumo pasamos muy por encima la historia de la esclavitud. En Carolina del Norte vi un racismo horrible. Vivíamos en la base militar y por ejemplo, vi una mujer tirar una olla que había usado una mujer negra, sólo porque ella la había usado”, recuerda.

La relación con su esposo se volvió abusiva y escapó, regresando a Pueblo, Colorado. Originalmente tuvo que sobrevivir con asistencia pública (welfare), pero no de buena gana.
Cuando comenzó a dar clases de cerámica, la oficina de welfare le cortó el cheque y las estampillas de alimentos, indignándola. “Esto llevó a una pelea con un burócrata al que le grité que me necesitaban pobre para ellos poder tener un trabajo”, dice. “Me quitaron la asistencia pública”.

A pesar de haber sido excelente estudiante y ser experta en mecanografía y taquigrafía (shorthand) no encontraba trabajo. Casi nadie contrataba a mexicanos y el único curso universitario accesible para la joven madre soltera era un entrenamiento como enfermera psiquiátrica.

“Así terminé trabajando en el hospital del estado durante dos años”, recuerda. “Era como la película “Alguien voló sobre el nido del cuco“. Violaban los derechos de los pacientes, hacían terapia de choque, metían a la gente en sábanas frías, a una paciente la violaron…allí empecé a involucrarme y a volverme activa en estos temas”.

Seguir estudiando era su objetivo, y pasó a cursar una licenciatura en sociología, para involucrarse aún más en temas de feminismo y raza. Gracias a una beca presidencial, cursó estudios de doctorado en la Universidad de Boulder.

En ese momento, Irene pasó de lleno al movimiento chicano, en auge durante y después de la guerra de Vietnam para protestar la marginación de los mexicanos y sus descendientes en territorio estadounidense. Allí se enfrentó cara a cara con el machismo de sus colegas del movimiento -una experiencia que también cuenta la líder campesina Dolores Huerta.

“Estaba tan enojada de la actitud de los compañeros del movimiento hacia el feminismo que escribió un manifiesto sobre el machismo y circuló por todos lados. Ni siquiera le puse mi nombre”.

También entró de lleno en el mundo de la enseñanza y como no había cursos como los que ella quería enseñar, los creó.

“Hice un curso sobre la mujer chicana y se llenó con 87 personas. Esto fue en los años 70”, explica. “En 1977, junto a otras mujeres, organicé la conferencia de mujeres chicanas. No fue fácil convencer a los líderes del movimiento chicano, como Corky González, que el feminismo no los desempoderaba, al contrario”.

La misma pelea ocurrió en la universidad. Aún como catedrática -tenía una niña de 4 o 5 años- la pelea continuaba. “No querían facilitarme vivienda para casados de la universidad porque era divorciada y todo lo que encontraba era de muy bajo nivel”.

Irene Blea con uno de sus libros / Suministrada
Irene Blea con uno de sus libros / Suministrada

Siguió su carrera como profesora universitaria, fue Directora de Estudios Chicanos en el Colegio Metropolitano Estatal de Denver y Directora de Servicios Hispanos en la Universidad de Nuevo México. Su último cargo universitario fue en Cal State University en Los Ángeles donde dirigió estudios chicanos y se retiró a mediados de los noventa tras sufrir un grave accidente.

Su regreso a Nuevo México, la tierra donde nació, se da en busca de sus orígenes nativo americanos. “Tenía el sueño de vivir y escribir en Nuevo México y aquí estoy, cumpliendo mi sueño”.

Ahora se dedica a escribir ficción y a su hija y su nieta, la que está por cumplir los 16 años. De sus cuatro novelas, la más conocida es “Daughters of the West Mesa”, una obra de ficción sobre una historia real: el descubrimiento de 11 cuerpos de mujeres -9 hispanas, 1 indígena y una afroamericana, así como un feto sin nacer- que aparecieron enterrados en el desierto en 2009.
“Todas habían sido violadas, la mayoría habían tenido problemas con las drogas, la historia nunca tuvo atención nacional y nunca se resolvió”, cuenta. “Mi libro fue crítico de las instituciones que explotan a la mujer y que permiten que los hombres lo hagan”.

La Doctora Blea sueña con la erradicación del machismo y el sexismo. “¿Será? Quizá cuando seamos todos como extraterrestres sin genitales que podamos reproducirnos mentalmente”, sonríe.