Menor no acompañado, víctima de abuso y bullying, obtiene el asilo

En un año Mateo Zacarías podrá solicitar la residencia y en tres años, la ciudadanía estadounidense

Menor no acompañado, víctima de abuso y bullying, obtiene el asilo
04/30/19/LOS ANGELES/Asylum recipient Mateo Zacarias celebrates with his immigration attorney Alex Galvez and parents Alejandor Zacarias and Consuelo Marin being granted legal status. (Aurelia Ventura/La Opinion)
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinión

Impecablemente vestido y bien peinado, Mateo Zacarías escuchó decir al juez de la corte de migración de Los Ángeles que su caso había sido cerrado, tras la aprobación de su asilo político.

“Me alegro mucho. ¡Estoy fuera de peligro!”, exclama Mateo de 17 años de edad y quien a los 14, abandonó Guatemala, cansado del acoso de las pandillas, el abuso de sus abuelos y el bullying que sufría en la escuela por hablar el dialecto maya Kanjobal y ser indígena.

Muy temprano acudió a la cita en la corte de migración acompañado por su padre Alejandro Mateo Zacarías, su madrastra Consuelo Marín y su abogado en migración Alex Gálvez donde lo esperaba una buena nueva. El juez de migración de Los Ángeles determinó cerrar su caso y cancelar su deportación luego de que hace unos días la Oficina de Asilo en Anaheim aprobara su asilo.

El abogado en migración Alex Gálvez le explica al padre de Mateo Zacarías todo lo relacionado con el asilo ganado del menor. (Aurelia Ventura/La Opinion)

En un año podrá solicitar la residencia y en cinco años, la ciudadanía”, dijo complacido el abogado de migración, quien llevó el proceso de asilo del muchacho.

Mateo nació y se crió en Guatemala. “Yo nunca conocí a mi padre. Él se fue a los Estados Unidos cuando mi madre estaba embarazada de mí. Mi madre me abandonó y me dejó con mis abuelos maternos cuando yo tenía ocho años. Ni mis abuelos ni yo volvimos a saber de ella”, narra.

Mateo dice que durante los 14 años que vivió en Guatemala, nunca habló con su padre. No lo conocía. “Cuándo le preguntaba a mis abuelos dónde estaba, me decían que muy lejos, pero nunca me decían un lugar específico”, recuerda.

Hasta que vino a Estados Unidos se enteró que su padre les mandaba dinero a sus abuelos para su manutención. “Una vez que yo miré a mi abuela hablando por teléfono con mi papá, le dije que quería hablar con él. Ella me dijo que él no quería hablar conmigo ni saber de mi”.

Mateo Zacarías celebra con su padre Alejandro Zacarías. (Aurelia Ventura/La Opinion)

El padre del muchacho a su vez, dice que nunca pudo hablar con su hijo. “Me daban excusas, que estaba en la tienda, en la escuela o en el trabajo. Yo no sabía si en realidad el dinero que le mandaba, lo empleaban en mi hijo”, sostiene.

Mateo dice que su vida en Guatemala era muy difícil. “Iba a la escuela en la mañana, y  por las tardes y fines de semana trabajaba en la jardinería”.

Agrega que sus abuelos eran muy abusivos física y psicológicamente. “Me golpeaban sin razón, y usaban el dinero de mi trabajo y el que les enviaba mi padre para comprar alcohol”.

Además de lidiar con los abusos de sus abuelos, en la escuela era objeto de discriminación por ser indígena y hablar el dialecto Kanjobal. “Los maestros nos decían que no querían escuchar ese ‘lenguaje indio animal’, y a los estudiantes que lo hablábamos, nos hacían sentarnos atrás de la clase como castigo por hablar nuestra lengua”.

Sus compañeros le apodaban indito en la escuela por hablar Kanjobal. También le decían, “tú eres de otro mundo”, pero también le llamaban burlonamente “niño de la calle” y “abandonado”.

Mateo al lado de su padre Alejandro Zacarías y Consuelo Marín, quien se ha convertido en una madre para él. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Acoso de pandillas

Afuera de su escuela siempre había un grupo de unos 30 pandilleros. “Se dividían en dos grupos y se colocaban en dos esquinas. Tenían tatuajes en toda la cara. Eran de la pandilla 18”, observa.

Al principio trataron de convencerlo de buena manera de ser parte de ellos, asegurándole que sería muy divertido. “Yo les decía que no quería meterme en problemas. Después empezaron a entrar a la escuela a buscarme, yo corría a esconderme. Después de un tiempo, me dijeron que no estaban jugando juegos y que me iban a golpear y matar si no me unía a ellos”, externa.

Los pandilleros querían que Mateo los ayudara a reclutar jóvenes indígenas para ampliar la pandilla.

“Un día me esperaron afuera de la escuela y me empezaron a golpear a puñetazos y patadas. Uno de ellos sacó un cuchillo y me cortó cerca de mi tobillo. Aún cargo la cicatriz”, asegura.

Todo esto hizo que Mateo se uniera a otros dos menores que también eran acosados por las pandillas para juntos venir a Estados Unidos.

“Ya no quería quedarme soportando el abuso de mis abuelos, los estudiantes y la pandilla”, agrega.

Como pudo consiguió el teléfono de su padre a través de una tía, pero no pudo llamarlo porque no tenía dinero para pagar una llamada.

Mateo Zacarías sale de la corte acompañado por su abogado Alex Gálvez y padres Alejandro y Consuelo tras haber ganado su caso de asilo.  (Aurelia Ventura/La Opinión)

Un viaje difícil

Alrededor de agosto de 2016, los tres muchachos iniciaron el viaje a Estados Unidos.

“Tomé mi mochila de la escuela, puse ropa y caminé hacia la casa de Pablo y Héctor. Yo no tenía dinero, pero ellos se ofrecieron a pagarme el boleto de autobús de Guatemala a Chiapas”, expone.

En Chiapas estuvieron en un albergue por una semana, y durante el día, salían a suplicar a la gente por dinero.

De ahí marcharon a Oaxaca. “En esa ciudad dormimos en la calle una noche. Durante el día, colectamos suficiente dinero para comprar boletos de autobús para la ciudad de México”, afirma.

Después de pasar una semana en la capital mexicana, tomaron el autobús a Ciudad Juárez. Tras dormir una noche en la calle, entraron a Estados Unidos abordo de un camión, escondidos en la parte de atrás.

El chofer nos dejó en el desierto. Caminamos por poco tiempo y después fui aprehendido por los agentes de migración. Pablo y Héctor corrieron. Nunca volví a saber de ellos”, externa.

Una nueva vida comienza para Mateo Zacarías al ganar el asilo político. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Mateo estuvo en un albergue para menores no acompañados en Nueva York durante un mes. A los agentes de migración les entregó el número de teléfono de su papá. En octubre de 2016, lo subieron en un avión rumbo a Ontario, California.

En el aeropuerto de Ontario, vio y abrazó a su padre por primera vez.

En la actualidad, el muchacho cursa el décimo grado de la secundaria. Vive con su padre, con su madrastra y sus dos hermanitos en la ciudad de Perris, en el condado de Riverside.

Su madrastra dice que Mateo ha aprendido muy rápido el inglés, es muy buen hijo y un ejemplo para sus hermanos.

Mateo confía que su sueño es estudiar para ser médico general mientras su padre, de oficio pintor de casas, lo observa con orgullo.

Mateo Zacarías captado el día que llegó a los Estados Unidos. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Un triunfo

El abogado Alex Gálvez afirma que la solicitud de asilo se presentó cuando Mateo tenía 16 años.  “Haber ganado este caso de asilo para un menor no acompañado bajo Trump es un triunfo; con este gobierno hay un 10% de probabilidades de ganar este tipo de casos contra el 95% que se tenía con el presidente Obama”, expresa.

Gálvez explica que es importante que en el caso de una petición de asilo para un menor, las personas se asesoren con un abogado que conozca y maneje las diferentes jurisdicciones, la corte estatal de custodia, la oficina de asilo y la corte de migración para que sepa escoger la mejor opción.

“Este caso se ganó en la oficina de asilo de Anaheim”, precisa

“Al juez de la corte de migración le pedimos tiempo para manejar el caso en la oficina de asilo de Anaheim. Lo ganamos y conseguimos que el juez de la corte de migración lo cerrara y cancelara la deportación”, afirma.