Hijo de inmigrantes cuenta cómo se hizo millonario a los 22 años  

Nunca ha ido a la universidad, pese a la insistencia de su madre que asegura que lo único que queda es la experiencia

Dan Belter, un joven hijo de inmigrantes argentinos en Israel cuenta cómo logró hacerse millonario a temprana edad. (Araceli Martínez/La Opinión).
Dan Belter, un joven hijo de inmigrantes argentinos en Israel cuenta cómo logró hacerse millonario a temprana edad. (Araceli Martínez/La Opinión).
Foto: Araceli Martinez / La Opinión

A lo que más aspiraba Dan Belter, un joven, hijo de padres inmigrantes suramericanos a Israel, era a convertirse en director del centro comunitario de su pueblo, igualito que su padre. Pero al entrar en contacto con un proyecto educativo a los 15 años que motivaba a los jóvenes a creer en ellos, cambió su vida para siempre al sembrar en él la semilla del emprendimiento. Lo que nunca imaginó es que a los 22 años se convertiría en millonario y sin haber pisado una universidad.

En un encuentro con periodistas de Latinoamérica en Tel Aviv organizado por Fuente Latina, Dan, hijo de padre uruguayo y madre argentina (de Mendoza), platicó que a los 17 años, se juntó con otros dos amigos para trabajar en un proyecto que buscaba crear protecciones contra el agua para los teléfonos celulares.

“En busca de inversionistas, empezamos a venir a Tel Aviv. Hablamos con 45 personas y todos nos dijeron, chicos son un amor, tienen una muy buena idea, pero no, no los podemos ayudar”, recuerda.

Y dice que tenían en mente hablar con 50 posibles inversionistas.
“Había que ser muy cara dura para seguir tocando puertas cuando todos nos decían que no, pero ya habíamos perdido la vergüenza. Así que seguimos”, afirma.

Dan Belter, un joven emprendedor israelí de raíces argentinas cuenta cómo le hizo para hacerse millonario como emprendedor. (Araceli Martínez/La Opinión).

Cuando llegaron al inversionista 46, dueño de la red de negocios para bebés más grande de Israel y le pidieron 150,000 dólares para iniciar su proyecto, Dan anticipó que el hombre les iba a dar la misma negativa. Le dije, “para, para. Ya sé por dónde vas. Yo sé que me quieres decir que no. Pero necesitamos una oportunidad, alguien que crea en nosotros”.

Por asombroso que parezca, después de que el inversionista los miró raro, les ofreció una alternativa. “Si ustedes juntan 50,000 dólares, yo les doy 100,000 dólares”.

Dan y sus dos amigos se regresaron felices a su pueblo. Con el apoyo de los líderes de su localidad, consiguieron que los dejaran trabajar un verano en la tienda del lugar para recaudar fondos.

“El alcalde nos dijo, agarren el kiosco, no les puedo dar plata. Hablamos con todas las empresas y nos regalaron todos los productos para la venta. Al final, conseguimos los 50,000 dólares y el inversionista nos entregó l00,000 dólares. Registramos la patente y empezamos a hacer prototipos”, platica.

Pero cuando más entusiasmados estaban, sucedió lo inevitable, tuvieron que unirse al ejército en Israel.  En ese país es obligado que los varones sirvan en las fuerzas armadas a los 18 años.

“Tuvimos que frenar el proyecto”, dice. Dan debía pasar cuatro años y medio en el ejército porque fue asignado a una unidad especial. Sin embargo, como fue herido en el hombro en una misión, lo dieron de baja a los dos años de su ingreso.

“Terminé antes que mis amigos y decidí retomar el proyecto, pero todo ya había cambiado. Ya existía el Iphone 3 y todo funcionaba al tacto. Nos dimos cuenta que lo que habíamos hecho ya no servía. Había que hacer todo de vuelta”, menciona.

A Dan no le quedó otra, más que devolver 25,000 dólares al inversionista quien entendió perfectamente la situación.

Cuando los muchachos en Israel dejan el ejército es muy común que dediquen un año de su vida a viajar por el mundo.

Dan Belter dice que hay que creer en uno mismo, y que lo imposible es posible. (Araceli Martínez/La Opinión).

“En 2010, me fui a España, Francia y Portugal porque me enteré que había un evento de ciencia y tecnología. Para ese tiempo, leía un libro que se llama “Nunca comas solo” (Never eat alone). Cuando entré a un restaurante en Portugal, vi a alguien que comía solo en una mesa. ¿Querés comer juntos? Le pregunté. Me dice que no. Yo insistí y aceptó”, dice.

El invitado a comer resultó ser un investigador de biología de la Universidad de Lisboa.

“Él inventó una sustancia que cancela el olor del bióxido de carbono que sale del cuerpo humano para evitar las picaduras del mosquito. Le propuse una idea. Por qué no implementamos la sustancia en la tela para cuando se lave, no se pierda. Qué mamá no quiere proteger de las picaduras a sus hijo.

“Le conté que yo tenía un inversionista que tal vez nos podía ayudar”, recuerda.

Dan volvió a Israel y fue a ver al inversionista número 46 que había creído en él. Una semana después de pláticar, decidió invertir en el nuevo proyecto 300,000 dólares.

Lograron venderle 10,000 piezas de ropa antimosquitos al ejército de Israel, y tuvieron tanta suerte que dos semanas después empezaron a salir  muchas noticias sobre la enfermedad del dengue en Latinoamérica. “En un mes, empezamos a recibir pedidos de todos los países de Sudamérica. En 11 meses, ya no nos dábamos abasto. Decidimos vender la tela en rollos y que ellos hicieran sus diseños”, dice.

Su más grande sorpresa ocurrió un año y medio después cuando la empresa Boots de la Gran Bretaña les compró la empresa en 14 millones de dólares. Dan tenía solo 22 años.

Todavía recuerda que cuando les hicieron el ofrecimiento de compra, les dijo que iban a pensarlo. “No podíamos creer que nos ofrecieran tanto dinero. Hasta hoy en día, usan los productos sobre todo en la fabricación de pulseras contra mosquitos”, cuenta.

El muchacho regresó millonario a su casa en el norte de Israel.

“Le compré una casa a mi mamá. Me compré dos autos y una moto. Hasta que un tío me dijo, dáme la plata. Yo la voy a invertir por ti porque si no te la vas a gastar todo. De ahora en adelante, vas a vivir de un sueldo como un chico de 22 años”, narra.

Mientras tanto su mamá lo urgía a encontrar un trabajo de verdad. Así que decidió hacerle caso y se fue a un evento de gente de negocios.

“Vi a mucha gente en fila tratando de hablar con una persona. Tiene que ser alguien importante, dije, y me paré en la fila. Me llamo Dan y busco trabajo”, le dijo al hombre mientras leía que en su gafete decía, CEO de Apple en Israel.

“Manda tu curriculum y te van a meter a trabajar, me dijo dos vece, el CEO de Apple. Yo me acordé de ese dicho que dice, ‘se necesitan 30 segundos de coraje y valentía en la vida’. Entonces le respondí, perdón, me expresé mal, estoy buscando hacer carrera. Entonces me dio su tarjeta y me pidió mandarle mi curriculum”, menciona.

A Dan lo entrevistaron siete directivos en Apple de Israel; y sin tener la más remota idea de lo que era una memoria Ram y saber nada de computación, lo contrataron como vicepresidente de ventas académicas a los 23 años de edad.

“Estuve ocho meses y dejé el puesto porque no me gustó. Me sentía como una gota en el mar, trabajar para una corporación era muy diferente, no era mi empresa”, platica.

A pesar de que hay mañanas que no quiere levantarse, Dan Belter dice que deja la cama para irse a trabajar. (Araceli Martínez/La Opinión).

Después de Apple, se convirtió en el vicepresidente del Centro de Emprendimiento e Innovación de la Universidad de Tel Aviv a los 23 años. El más grande centro de emprendimiento en Israel y uno de los 25 más importantes del mundo.

“Mi trabajo era traer corporaciones para financiar proyectos. Fue una oportunidad impresionante. De ser emprendedor, salí a ver todo el ecosistema emprendedor y a trabajar con el gobierno de Israel y los de Latinoamérica para fomentar  ecosistemas emprendedores”, dice.

Después de tres años y medio, dejó la universidad y empezó su propia empresa  “Duco” que diseña ecosistemas emprendedores en el mundo, trabaja con gobiernos y corporaciones. “Tenemos 15 personas y oficinas en Brasil, México, Israel y Silicon Valley”, dice Dan quien ahora tiene 28 años.

Hasta la fecha, confía que su madre le insiste en que necesita ir a la universidad.

“Ella tiene el miedo de que todo lo que estamos armando se venga abajo, y considera que lo único que permanece, es el papel de la academia. Yo digo que lo único que queda es la experiencia”, revela. Curiosamente su esposa, originaria de Palo Alto, California, tiene una maestría y es consultora organizacional.

A su paso por la Marina, el muchacho dice que aprendió que siempre hay que seguir nadando, sin importar lo cansado o herido que estés. “Cuando pienses que es imposible, solo sigue nadando. Al final vas a llegar“, enfatiza.

Reconoce que un montón de veces en el camino del emprendimiento, quiso claudicar.

“Hay mañanas que no me quiero levantar. Yo salí del ejército con estrés postraumático y para mi las mañanas son terribles. Y bien podría quedarme en la cama porque soy el CEO de mi empresa, pero hago un esfuerzo y me levanto por más difícil que me parezca porque ahí es donde las personas se miden”, observa.