Solicitante de asilo es secuestrado en México, mientras espera su audiencia con migración

Imigrantes centroamericanos que buscan refugio en EEUU enfrentan numerosos riesgos y peligros al sur de la frontera

Solicitante de asilo es secuestrado en México, mientras espera su audiencia con migración
Vilma Rojas tiene 16 años de no ver a su hijo Krysthel. (Aurelia Ventura/La Opinión)
Foto: Aurelia Ventura / Impremedia/La Opinión

A Krysthel Orestes Castellano y a su familia, las autoridades de migración lo han forzado a regresar a México no una sino dos veces, al negarle el asilo. La primera vez mientras esperaba por una segunda audiencia en la corte de San Diego, fue secuestrado y extorsionado en Tijuana.

Ha sido muy difícil. Me siento desgastado, desmoralizado. No logro convencer a la juez que mi vida corre peligro en Guatemala”, dice vía telefónica Kristhel de 26 años.

El muchacho dejó Guatemala en abril pasado, trayendo con él a su esposa Jacqueline Maribel Najarro Navarro de 27 años y a su hijo Andy Orestes, quien no cumplía ni un año de edad.

“Mi hijo tenía un taller electromecánico. Le iba bien. No tenía necesidad de venir a Estados Unidos hasta que las Maras comenzaron a extorsionarlo. Para empezar, querían que les diera 600 dólares”, dice su madre Vilma Rojas, quien vino hace 16 años a los Estados Unidos.

Kristhel Orestes con su hijo Andy Orestes. (Aurelia Ventura/La Opinión)

“Al principio, no le creí, pero mi hijo grabó las amenazas donde le decía que sabía dónde vivía, que tenía mujer y que la cabeza del niño, iba a amanecer en la basura”, dice.

Vilma cuenta que después de que balearon su taller, su hijo Kristhel le dijo que con su apoyo o sin él, se vendría a los Estados Unidos.

“Yo a mi hijo no lo veo desde hace 16 años cuando me vine para acá. Kristhel tenía nueve años. Es el más pequeño de mis dos hijos. Mi hija mayor Ana Alejandra tiene 28 años. A ella la dejé cuando andaba en los 13 años. El año pasado murió mi mamá quien los cuidó en mi ausencia”, recuerda.

Kristhel, su esposa y su hijo salieron de Guatemala el 1 de abril. Dejaron todo y con unas cuantas pertenencias se unieron a una caravana de inmigrantes en Tapachula, Chiapas.

“El gobierno de México les dio una visa humanitaria para cruzar sin problemas por México. Cruzaron en 15 días, y se entregaron a las autoridades de migración en la frontera sur en Tijuana”, platica Vilma quien vive en Los Ángeles. “A los ocho días de no saber nada de él, le llamaron de Migración a mi esposo para decirle que ya iban a soltar a mi hijo. Yo me puse feliz. Por fin, íbamos a reencontrarnos”, comenta.

Vilma Rojas está sufriendo mucho por no poder reunirse con su hijo Kristhel. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Pero su felicidad se desmoronó cuando su hijo casi llorando le llamó por teléfono desde Tijuana para contarle que lo regresaron a Tijuana.

“El juez no me creyó. Ahora qué vamos hacer, me dijo. Lo único bueno fue que le habían dado una nueva fecha de audiencia con el juez para el 28 de mayo, pero mientras lo mantuvieron retenido, lo separaron de su esposa y de su hijo y los maltrataron mucho. El niño enfermó y no le dieron medicina. Los tuvieron durmiendo en el suelo. Cuándo mi hijo le reclamó, le contestaron, para qué se vinieron. Ahora se aguantan”, dice.

En Tijuana, su hijo, su nuera y su nieto han tenido que vivir en hoteles económicos, altamente peligrosos porque los albergues para inmigrantes están saturados.

“Yo les mando dinero como puedo, pero me he quedado sin empleo. Mi esposo está discapacitado porque se cayó en el trabajo. Lo que el gobierno le da por la discapacidad, apenas alcanza para pagar la renta”, comenta.

Vilma relata que en el primer hotel que estuvo su hijo, un día hubo un asalto en la media noche y mataron a alguien; y en el segundo hotel, explotó una bomba en el primer piso. “Salió en las noticias”, observa.

Kristhel Orestes con su hijo Andy Orestes y su esposa Jaqueline Maribel Najarro Navarro. (Aurelia Ventura/La Opinión)

Lo peor vino cuando un día que Kristhel caminaba con su esposa y su hijo por la acera del hotel, fueron levantados por varios individuos que iban a bordo de una camioneta.

“¿A dónde vas? ¡Me gusta tu mujer! le empezaron a decir a mi hijo. Y cuando intentaron meterse al hotel, los levantaron. Eso pasó el jueves 20 de junio. El sábado 22 de junio, nos llamaron para pedir 10,000 dólares de rescate. Sin trabajar mi esposo y yo, no había manera de pagarles”, dice.

Fue gracias a un sobrino, quien les prestó 7,000 dólares que pudieron pagar el rescate el domingo 23 de junio.

“Mi hijo y su familia fueron liberados el 26 de junio. Lo más extraño es que aparecieron en Veracruz. Mi hijo dice que parecían indigentes cuando los soltaron. Regresaron a Tijuana, gracias a la caridad de la gente”, dice.

“Lo que se nos hace muy sospechoso es que los extorsionadores pidieron que el dinero se los mandaran a Guatemala. A mí se me hace que son los mismos de las pandillas que extorsionan a la gente allá en nuestro país”, afirma.

La madre recuerda que una vez su hijo en Tijuana solo tenía dinero para comprar un taco para cada uno, una persona que presenciaba todo en la taquería, les dijo que no se preocuparan, que pidieran lo que quisieran y les pagó los tacos.

El 28 de junio, presentaron la denuncia del secuestro en Tijuana. “A mi hijo, le dijeron que el proceso de investigación, se tomaría mucho tiempo”, platica la madre.

Kristhel Orestes Castellanos está desesperado en Tijuana esperando por una tercera audiencia de asilo, pero no tiene un abogado que lo represente. Aquí lo vemos al lado de su hijo Andy Orestes. (Aurelia Ventura/La Opinión)(Aurelia Ventura/La Opinión)

Kristhel tuvo una segunda audiencia para solicitar el asilo en San Diego el 1 de julio. “Le tocó la misma juez. Esta vez los tuvieron detenidos dos días antes de volverlos a echar a Tijuana”, dice.

La madre narra que de nuevo, la juez les dijo que no tenían argumentos sólidos para darle el asilo. “Les tomaron huellas a los tres, incluido a mi nieto que ya tiene un año de edad”, sostiene.

Entre lágrimas, dice que nunca pensó que la reunificación con su hijo iba a ser tan difícil. “Las puertas se nos están cerrando. Ya no tenemos dinero para estarles mandando para pagar el hotel. Tampoco podemos pagarle un abogado. Migración les dio un formulario que tiene que llenar y entregar para la próxima cita, pero no hay quién lo ayude. Él no entiende inglés”, comenta.

Kristhel dijo en la entrevista telefónica con La Opinión, que el mayor obstáculo durante las audiencias con la juez, ha sido que el testimonio hablado y jurado de él y de su esposa, no cuentan como evidencias de lo que pasaron en Guatemala.

“Me dicen que no establecí que fui objeto de tortura, xenofobia o persecución. Es mi palabra contra la de ellos. No importan las grabaciones ni mensajes de texto con las amenazas que me han hecho. Esto es lo más horrible que me he pasado en mi vida. No podemos estar ni en Guatemala ni en Estados Unidos. En México vivimos encerrados en un cuarto de hotel por miedo a que nos vuelvan a secuestrar. Mi esposa está desesperada. Me toca darle ánimos y seguir intentando. Es mi sueño de toda mi vida, reunirme con mi madre y que toda la familia esté junta”, dice mientras su progenitora, lo escucha empapada en llanto.