La revolución trovadoresca del amor

La revolución trovadoresca del amor
Los trovadores eran poetas cuyos mensajes de amor eran generosos, galantes y gentiles.
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El mundo antiguo y medieval era violento, patriarcal y jerárquico. El fuerte regía sobre el débil, el amo sobre el siervo, el instruido sobre el analfabeto, el rico sobre el pobre, el hombre sobre la mujer. La finalidad de la mujer era ser una buena esposa. Y, entre las clases altas, ni siquiera esa decisión trascendental la tomaba ella. Los padres casaban a los hijos para prolongar la estirpe y establecer alianzas mercantiles o diplomáticas. El amor entre esposos surgía, si acaso, después de la unión matrimonial.

Frente al matrimonio utilitario, frente al rechazo del amor erótico (incluso entre esposos), frente a la subordinación de la mujer… reacciona, en los siglos XII y XIII, la poesía trovadoresca. Esta reivindica la pasión amorosa, aplaude el deseo y exalta a la mujer. Tal será su impacto en la cultura, que nuestra moderna concepción del amor romántico procede del “amor cortés o, en palabras de los trovadores, del “fino amor”. El amor generoso, galante, gentil. El de la mujer que elige al caballero meritorio. El del hombre que perfecciona sus virtudes para conquistar el corazón de la mujer amada.

Los trovadores viven en las cortes feudales del sur de Francia y el norte de Cataluña, componen sus poesías o “canciones” en provenzal y las acompañan de música. Muchos de ellos son nobles, pero también hay clérigos, mercaderes o artesanos. Su poesía se difundirá luego en las cortes de toda Europa, con practicantes en el norte de Francia (los “trouvères”) y en las zonas germánicas (los “Minnesinger”).

Para exaltar a la mujer amada, los trovadores la convierten, poéticamente, en señora feudal: será su “domna”, “domina” (dama), o también su “midons” (mi don, mi señor). Trasladando los rituales feudales al amor, el trovador jura fidelidad a su señora y pide, postrado ante ella, que le tome entre sus manos y le dé un beso, haciéndolo su vasallo, su servidor (amador). Escribe el conde de Poitiers: “Me someto y entrego a ella: / puedo inscribirme en la lista de sus siervos; / y por ebrio no me tengáis / si a mi buena señora amo, / pues no puedo vivir sin ella: / tan hambriento estoy de su amor”.

La poesía de los trovadores celebra “la dulzura de la primavera”, cuyo calor derrite el hielo de la indiferencia y permite la floración del amor. Cantan los pájaros, irrumpe la jovialidad, la música, el juego, el deseo. El trovador requiere con sus poemas a la dama (casada): le pide una señal, una mirada, una caricia, a veces −incluso− la entrega sexual. Pero no todos los trovadores son sensuales o potencialmente adúlteros. Hay otros platónicos, como Jaufré Rudel, que canta a la condesa de Trípoli, de la que se ha enamorado por lo que cuentan de ella: es su “amor de lejos, / pues no sé de mejor ni más gentil / en ninguna parte”. Se dice que Jaufré se hizo cruzado para verla, que enfermó durante el viaje y, llegado a Trípoli, “murió entre sus brazos”.

Enrique Sánchez Costa es Doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF, Barcelona). Profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Piura (UDEP, Lima). Autor de un libro (traducido al inglés) y de una docena de artículos académicos de literatura comparada y crítica literaria.