¿En qué nos estamos convirtiendo?

En una sociedad imposibilitada a ver más allá de sus propias necesidades individuales

La mayor población en el condado de LA es latina. /  foto: archivo.
La mayor población en el condado de LA es latina. / foto: archivo.
Foto: Impremedia

Apoyado sobre un caminador apenas podía caminar, sólo había que observar sus piernas para saber qué le impedía avanzar, era una neuropatía, una condición genérica que en muchos casos afecta los pies. 

Su suéter oscuro que llevaba sobre la caminadora,  amenazaba con caer al suelo. Lo vi parada desde la esquina contraria,  el tráfico de la calle Sexta y Broadway en el centro de Los Ángeles como a las 3 de la tarde es intenso.

Acababa de salir de mi examen anual de la vista.  El hombre no debía de tener más de 60 años, con la piel oscura y el cabello crespo, todo ensortijado.

El esfuerzo de arrastrar sus piernas era visible. Crucé en dirección opuesta a la suya y me quedé parada en la esquina, tenía el presentimiento de que una desgracia estaba a punto de ocurrir y no estaba segura si yo o alguien más podían evitarla.

El tiempo para cruzar se agotó y el desconocido se quedó parado en medio de la calle; cruzar las avenidas cuando el tráfico de Los Ángeles está en movimiento, no es buena idea. Menos cuando la mitad de la población que maneja está concentrada en los mensajes que recibe en what´s up.

En lo que yo medía el peligro y debatía si debía de arriesgarme a cruzar la calle para ayudar a aquel vagabundo. Una  joven con pantalones cortos que llevaba en la mano derecha la cuerda con la que sujetaba a un perro,  atravesó la calle y se puso a un lado del desconocido, obligando a los carros a detenerse.

Enseguida ocurrió el primer gesto de inhumanidad, el sonido desenfrenado de un claxon de una conductora señalando el semáforo en verde, al mismo tiempo que gesticulaba para que los dos se hicieran a un lado para que ella pudiera avanzar.  Lejos de obedecer, la joven altruista caminó hacia la ventanilla del auto como reclamando la falta de sensibilidad ante el dolor de un ser humano.

El hombre al ver la escena, empujó su cuerpo hacia adelante, las piernas no le respondieron. La joven regresó a su lado y sin prisa lo ayudó hasta que el hombre estuvo fuera de peligro. Nadie más se acercó a ayudar.  

Con el poco efectivo que encontré en la cartera, me apresuré a cruzar de nuevo la esquina, me acerqué a aquel hombre que con la vista fija en el suelo,  la espada doblada que dejaba ver una camisa blanca que hacía mucho no tocaba el agua; apenas se podía mover. “For your breakfast”,  le dije.

Antes de aceptar el dinero, me miró de lado con sus ojos tristes, brillosos y las pupilas blancas, apenas y sonrió antes de decir “Bless you”.  Me alejé de prisa, con la vergüenza de haber depositado en sus manos una paupérrima limosna de cinco dólares.

Horas más tarde, la imagen de aquella escena en la calle Broadway no la podía borrar de mi mente, un ser humano enfermo y que a gritos pedía ayuda, pero que parecía ahogarse  en un mar de indiferencia entre tanta gente, que lejos de escucharlo, se indignaron por haberlos retrasado unos segundos. ¿En qué nos estamos convirtiendo?

(*) Alicia Alarcón es una periodista mexicana radicada en Los Ángeles.