La nueva versión del muñeco diabólico resulta entretenida y más siniestra que la original

Cuando en julio de 2018 se anunció que MGM haría un reboot/remake de Child’s Play (1988), la reacción fue negativa: no sólo porque la franquicia de Chucky ha sido una de las pocas que ha logrado perdurar al paso del tiempo –y que hasta la fecha lleva siete filmes en la franquicia original– sino también porque su creador, Don Mancini, expresó su descontento con los planes del estudio. Esto ocasionó que los fans del muñeco se unieran al disgusto de Mancini e hicieran de este reboot/remake un proyecto que incluso antes de entrar en su etapa de producción, tuviera poca aceptación entre el público. Lo anterior es importante de anotar ya que la mayoría de estos remakes (en específico de películas de terror de la década de los ochenta) son proyectos que sólo han buscado capitalizar la popularidad de estos personajes sin ofrecer ningún tipo de actualización en su contenido. No obstante, Child’s Play (El muñeco diabólico, 2019) es el extraño caso donde sí existe una adaptación de la premisa original al contexto actual, lo cual hace de la cinta un experimento que sorprende por el rumbo tan diferente que toma respecto al material en el que está basada y que la mayor parte del tiempo resulta exitosa como un slasher con tintes de humor negro.

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La Child’s Play de 2019 inicia en las instalaciones de Kaslan, corporación que fabrica los muñecos Buddi y en donde un empleado modifica la programación de uno de estos juguetes como venganza tras ser despedido. Aunque la escena es rápida y ofrece al espectador un contexto sobre el protagonista que es fácil de entender, la justificación para modificar la naturaleza de Chucky se siente torpe en su ejecución por lo intrascendente que resulta para los individuos involucrados. La historia nunca regresa al creador de Chucky y esta en realidad no inicia hasta pasados los primeros veinte minutos, cuando el muñeco llega a manos de Andy (Gabriel Bateman), un niño solitario que tiene problemas para socializar y que encuentra en su muñeco Buddi (el cual se nombra a sí mismo Chucky) al amigo que siempre quiso y necesitaba tener en este complicado momento de su vida.

Andy vive con su madre, Karen Barclay (Aubrey Plaza), con quien tiene una relación bastante cercana y que a veces asemeja más una relación entre hermanos que una entre madre e hijo. Gracias a esta característica y a las destacadas actuaciones de Plaza (Ingrid Goes West) y Bateman (Lights Out), el público es capaz de sentir empatía por ambos casi desde el inicio, lo cual es esencial para hacer de estos personajes algo más que carne de cañón, algo que ocurre a menudo con los protagonistas de cualquier slasher. Conforme la historia se desarrolla, Chucky comienza a mostrar signos de una violencia desmedida frente a Andy, quien no sabe cómo responder a la autonomía que despliega su nuevo mejor amigo y quien en varias ocasiones prefiere no ver el peligro que representa este juguete para él y para los demás. Y aunque lo anterior puede sonar como una pobre excusa para darle rienda suelta a Chucky, las motivaciones de Andy son comprensibles porque tratan con un tema bastante humano: el miedo a la soledad.

De una forma un tanto macabra, la amistad entre Chucky y Andy resulta entrañable por lo mucho que llegan a necesitarse entre sí al sentirse ambos fuera de lugar en sus respectivos contextos. Chucky, totalmente inconsciente de la violencia con la que actúa, y Andy, incapaz de entablar relaciones significativas con los chicos de su edad, forman una relación que hace un sutil comentario sobre el terror que genera crecer y por ende, diferenciarse del otro y buscar independencia. Y es esta natural búsqueda de independencia lo que eventualmente causa la ruptura entre estos personajes y que se traduce en la inminente masacre por parte del muñeco, el cual se siente traicionado por un dueño que le había jurado lealtad absoluta.

Sin embargo, conforme se acerca a su clímax, el guion deja de explorar todos los matices que existen en esta relación y en la naturaleza violenta de Chucky para dar paso al gore que se espera en una cinta de este subgénero. Aunque por definición un slasher debe presentar este tipo de escenas con exceso de sangre, es un poco decepcionante ver cómo Child’s Play deja de desarrollar las reflexiones que plantea en un inicio para convertirse en la cinta que todos esperábamos y no en esa versión más inteligente que su primera parte sugería.

Además de reconocer lo tóxicas y permisivas que pueden llegar a ser las relaciones con nuestros seres queridos, la película también hace una crítica mordaz a la tecnología –a veces innecesaria– que ofrecen grandes empresas como Amazon o Apple a través de sus dispositivos. Si el muñeco de 1988 sólo era un juguete que hablaba unas cuantas líneas, esta versión de Chucky posee un sinfín de funciones que le ofrecen un aspecto más humano y por consecuencia, más siniestro que aquel del filme original. Lo más interesante de este remake es el miedo que provoca el muñeco en sí: sabemos que Chucky eventualmente va a matar a alguien y eso no significa ninguna sorpresa para el espectador, pero en esta ocasión lo que construye un suspenso muy efectivo es la inestabilidad del juguete al no saber cómo, cuándo y dónde llevará a acabo sus terribles acciones. La voz de Mark Hamill (Luke Skywalker en Star Wars) como Chucky sólo agrega más diversión a los procedimientos y a pesar de que no es muy diferente al trabajo de voz que ha realizado en otros proyectos, el actor le da un sello muy particular al personaje que lo ayuda a diferenciarse del protagonista de la franquicia original a cargo de Don Mancini.

El director Lars Klevberg (Polaroid) y el guion escrito por Tyler Burton Smith (quien ha trabajado en las historias de los videojuegos Quantum Break y Sleeping Dogs) logran hacer de Child’s Play (2019) un slasher que no desperdicia su tiempo en hacer guiños al material original. Por el contrario, este remake que trata de diferenciarse, en cada oportunidad que tiene, de la cinta de 1988 e incluso cuando no siempre lo hace con resultados exitosos, se agradece que al menos intente ofrecer algo diferente a las audiencias que buscan presenciar una nueva aventura de este muñeco asesino. Y lo que es aún mejor: este clásico protagonista del cine de terror de los ochenta tiene ahora otra entretenida entrega en su historia en la pantalla grande, la cual además funciona como una prometedora introducción a las nuevas generaciones.

Freddy y Jason deberían morirse de envidia.