Un verano en blanco y negro que evoca libertad y nostalgia

Leto (Leto: Un verano de amor y rock), película del director Kirill Serebrennikov (The Student, 2016), inicia con el personaje de Mike Naumenko (Roman Bilyk) dando un concierto en Leningrado a principios de la década de los ochenta. A diferencia de los países de occidente, el público en Rusia no puede celebrar con la música: la audiencia solo tiene derecho a escuchar el concierto mientras varios oficiales rusos supervisan su comportamiento. Durante la escena, existe cierta tensión que es resultado de la incomodidad del público, el cual se contiene a pesar de sus instintos. No obstante, en esa sumisión existe un aire contestatario a través de la música que desafía a las autoridades y que le da a la juventud su único escape de esta fría realidad. Y es justo esta mezcla de sentimientos (de libertad y frustración) la que acompaña en todo momento a Leto, filme inspirado en las vidas de Mike Naumenko y Viktor Tsoi, dos de los músicos más reconocidos de la escena rock rusa de aquella época.

Situada antes de la Perestroika, Leto es un intento de biopic (porque no todo lo que vemos es real, tal y como lo señala constantemente uno de los personajes del filme) situado durante la opresión que vivieron los jóvenes rusos a raíz de los conflictos políticos e ideológicos en los que su país se vio envuelto hace más de treinta años. A pesar de no ser tan evidentes como en The Student, el director Kirill Serebrennikov también incluye en Leto una serie de críticas en contra de las políticas que desde hace varias décadas han transformado y limitado a la juventud en Rusia. Este filme puede ser un drama con tintes musicales que se enfoca en el triángulo amoroso que se forma entre Mike Naumenko (Bilyk), Viktor Tsoi (Teo Yoo) y Natalia Naumenko (Irina Starshenbaum) durante la década de los ochenta, pero el subtexto que contiene así como la narrativa visual que ofrece hacen de Leto una película atemporal, es decir, que no se siente propia de una época y que independientemente del contexto en el que se vea, tendrá el mismo impacto emocional en el espectador.

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Durante la primera mitad de la cinta, el guion escrito por Serebrennikov, Mikhail Idov y Lily Idova parece no tener un rumbo en específico y tampoco mostrar interés en explicar a detalle cómo se van desarrollando los acontecimientos de la historia. Las escenas, poco ligadas entre sí, evocan más de lo que dicen con sus diálogos o a través de las acciones de los personajes y hasta cierto punto, es la fotografía de Vladislav Opelyants la cual se posiciona como protagonista de este drama musical durante su primera hora. Sus imágenes en blanco y negro, así como la construcción visual de los números musicales están más preocupados por hacer sentir algo a la audiencia que por tener una coherencia narrativa. De hecho, la cámara no sigue en absoluto a los personajes principales durante varias secuencias y, por el contrario, va y viene entre el resto del ensamble tal y como se puede observar en la enérgica interpretación de Psycho Killer de Talking Heads o en la melancólica adaptación de Passenger de Iggy Pop.

Una vez que el triángulo amoroso comienza a tomar más forma, la trama también inicia una reflexión sobre el proceso creativo de Naumenko y Tsoi, la amistad que forjaron a partir de sus experiencias juntos y cómo ambos se acercaban al arte desde lugares distintos. La cinta deja ver que durante gran parte de sus inicios, Naumenko sirvió como una especie de interlocutor para Tsoi, quien poseía un espíritu más rebelde e inconforme que Naumenko. Existen dos escenas que comprueban lo anterior: la primera ocurre cuando las canciones de Tsoi están siendo revisadas por un comité y Naumenko tiene que “disfrazar” su significado –a pesar de las objeciones de Tsoi– para que el artista tenga la oportunidad de dar un concierto, mientras que la segunda tiene lugar en un estudio de grabación, cuando Tsoi se molesta por la calidad del sonido y su Naumenko le recuerda el privilegio que posee como artista mientras muchos otros jóvenes son obligados a unirse al ejército ruso. Es particularmente interesante que la cinta resalte que incluso cuando la esposa de Mike empieza a mostrar un interés más marcado por Viktor, ninguno de los dos hombres deja que sus sentimientos por Natalia (Starshenbaum) se interpongan en el respeto que se tienen como músicos y en la amistad que mantuvieron el resto de sus vidas. Y es justo en este conflicto donde Leto falla, ya que lo desarrolla de una forma apresurada y que deja muchos espacios en blanco una vez finalizada la cinta.

Si hay algo que criticar en Leto es que sus dos horas y seis minutos de duración se acentúan con el ritmo desigual que presenta la película y que es resultado de la falta de un conflicto evidente desde un inicio. No obstante, Leto es lo suficientemente interesante visualmente para mantener atraído al espectador incluso en los momentos más sosos de la historia.

Leto no solo es un tributo a los músicos que tiene como protagonistas y a la escena underground de esta industria en Rusia durante la década de los ochenta, sino también a una época en la que la expresión artística se vio limitada y en la que los artistas, influenciados por las figuras más conocidas del occidente, tenían que encontrar distintas formas para crear su arte y darlo a conocer con su público. El contraste que existe entre el desenfreno que demostraban las bandas más populares de Estados Unidos e Inglaterra y la actitud rebelde mucho más sutil que trataban de imitar sus contemporáneos rusos sin duda generará una reflexión en el espectador de lo estéril que resultaban estas políticas, las cuales, hoy en día, siguen vigentes de distintas formas en Rusia.

Como nota al pie de página, es importante mencionar que el mismo Kirill Serebrennikov trata en Leto temas que él mismo está sufriendo con el régimen de Vladimir Putin, el cual ocasionó que el realizador no pudiera asistir al estreno de su cinta en el Festival de Cannes de 2018 al encontrarse bajo arresto domiciliario por cargos de lavado de dinero que, de acuerdo a muchos artistas rusos, son sólo una excusa para censurarlo.

Leto en ruso significa verano, y aunque esta cinta no posee el clima cálido con el que asociamos esta época en el Occidente, la película definitivamente comparte los sentimientos de libertad y nostalgia que deja esta estación cuando termina.