Una producción mexicana cuya técnica es grandiosa, pero…

El director Alejandro Springall (No eres tú, soy yo) trató de hacer algo que parece imposible en pleno 2019: una película comercial mexicana que no es comedia o terror. Aunque su iniciativa es digna de aplaudirse por muchas razones, en especial por el aspecto técnico, Sonora resulta un filme que narrativamente está saturado de ideas y personajes y que, en consecuencia, nunca termina por desarrollarlos propiamente. No obstante, Sonora también es una cinta que definitivamente debe verse en cines y que ofrece una producción de mayor nivel que la mayoría de las producciones mexicanas que han llegado a las salas de cine durante el 2019.

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Situada en 1931, durante un periodo posrevolucionario que se caracterizó por sus sentimientos sumamente nacionalistas y por ende, un tanto xenofóbicos, Sonora cuenta la historia de un grupo de personas que se ven unidas en un viaje en carretera a través del desierto de Altar, en Sonora. Teniendo como destino Mexicali, Baja California, este grupo no sólo se tendrá que enfrentar a los obstáculos que la naturaleza pondrá frente a ellos, sino también a las trabas provocadas por sus diferencias económicas, sociales y culturales. Guiados por Emeterio (Joaquín Cosío), Alma (Giovanna Zacarías) y el resto de los pasajeros del Chrysler que ella maneja se verán unidos en su afán de sobrevivir esta inesperada experiencia.

Gracias a los fines comerciales de la mayor parte de la industria cinematográfica del país, es muy extraño ver el caso de una producción mexicana cuyo enfoque no sea la comedia o el terror. Sin embargo, estas limitantes también están condicionadas por los bajos presupuestos que existen en México en materia de cine y lo imposible que resulta explorar otros géneros que exigen una mayor inversión. Por este simple hecho, Sonora es un triunfo que debería ser visto en la pantalla grande. La cinta dirigida por Alejandro Springall no sólo es un drama de época bastante decente, sino que además despliega una exuberante producción que pocas veces se ve en el cine mexicano.

Desde los vestuarios hasta las locaciones, Sonora tiene una manufactura muy cuidada que realmente transportará a la audiencia a 1931, un logro que vale la pena recalcar en un mercado mexicano saturado de largometrajes en los que abunda el product placement y que no muestran una pizca de novedad en departamentos como el de vestuario o dirección de arte, por mencionar algunos. Sin conocer el presupuesto exacto de Sonora, el filme de Springall se ve costoso, pero aún más importante, se nota que cada peso de dicha producción fue utilizado de manera apropiada para apoyar a la historia y no sólo como parte de un espectáculo visual. Aunado a una fotografía de Serguei Saldívar Tanaka (Macho) que aprovecha al máximo los escenarios desérticos del filme, Sonora es un logro técnico que se acerca mucho a lo que logró Arráncame la vida en 2008 o, más recientemente, Las niñas bien en 2018.

Sin embargo, la ambición técnica del filme no puede cubrir un guion con muchos tropiezos y que nunca se decide completamente cuál es la historia que quiere contar. En 93 minutos, Sonora es un road trip con algunas escenas de comedia involuntaria cortesía de la exagerada actuación de Juan Manuel Bernal, un retrato del nacionalismo que llevó a la discriminación racial de ciertos inmigrantes chinos, un drama familiar y una exploración de aquellas comunidades nativas que fueron desplegadas en favor de los avances sociales y tecnológicos que tuvieron lugar en esos años. Como se puede apreciar en la cinta, las ambiciones del guion de Sonora rebasan por mucho su capacidad narrativa y esto repercute también en la construcción de personajes, los cuales si bien no son tan simples para ser estereotipos, tampoco resultan complejos a falta de un mejor desarrollo de sus conflictos individuales internos.

Asimismo, a partir del tercer acto, Sonora comienza a tener tintes de un melodrama de telenovela que merman el esfuerzo que había hecho la cinta hasta este punto por contar una historia distinta. Con la muerte de uno de los personajes del grupo, la narrativa se torna moralina y deseosa de articular un mensaje que ya estaba implícito en el guion. Por decirlo de alguna manera, Sonora devuelve su historia a un estado en el que todos son muy buenos o muy malos, sin un punto medio más realista que permita a la audiencia reflexionar sobre la complejidad de los temas que el filme presenta y que están presentes en las subtramas de algunos personajes.

Veredicto

A pesar de actuaciones que hacen todo lo posible por brindarle complejidad a personajes que en papel no están completamente desarrollados, la saturación de elementos narrativos en Sonora termina por mermar los logros técnicos de una producción mexicana que destaca por sus ambiciones y deseos de ser una propuesta distinta, en todos los sentidos, a aquellas a las que el público en México está acostumbrado.