Divagación sobre la muerte

“Lo malo de la muerte es que es para toda la vida”, suele bromear el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez. Ha lamentado también que cuando muera, “y el día esté lejano”, no podrá cubrir esa noticia.

Si alguien conoce al personaje que le dio al cementerio el alias de barrio de los acostados, por favor, me lo presentan para invitarlo a un café algún día de noviembre, un mes que tiene un fúnebre olor a gladiolos.

Para vivir la eternidad ninguna posición más cómoda que esa, acostados. Diría que es la única posible. Por ello a veces dudo gastarme algunos póstumos pesos en horno crematorio. No soporto las altas temperaturas. Soy de un pueblo de cuatro mil habitantes que tiene las tres efes: feo, faldudo y frío.

“Morir es fácil, tarde o temprano todos lo consiguen”, nos recuerda Gesualdo Bufalino en su Bluf de Palabras.

En México le dan toda la importancia del mundo a la festividad del 2 de noviembre, día de difuntos. En Colombia, tradicionalmente ha sido un día festivo.

Extraña forma de celebrar la muerte, supongo. Solo que la conmemoración se movió para el lunes siguiente. Por tal motivo, mañana es festivo en el que es llamado país del Corazón de Jesús.

Sin ningún costo para las agencias de viaje sugiero que ofrezcan un tour fúnebre a sus clientes, pero con cementerio de La Habana incluido.

Ir a los cementerios es empezar a medirse esa piyama de madera que es el ataúd. El de La Habana es especialmente cómodo, bonito. Casi me quedo del todo allí la vez que lo conocí, pero el menú incluía en la noche boleros en el bar Dos Gardenias.

En el cementerio de La Habana, el silencio es dos veces callado. Los pájaros sólo interpretan música fúnebre. Con el abundante mármol que hay allí podrían pagar todas las deudas.

Siguiendo con las divagaciones recordemos que Don Juan, el brujo yaqui, se tutea con la muerte en el libro de Castañeda, Viaje a Ixtlán: “La muerte es nuestra eterna compañera. Siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo. Siempre te ha estado vigilando. Siempre lo estará en el día que te toque. La muerte es la única consejera sabia que tenemos”.

(Notifico a mis acreedores que no estoy pesando desocupar el amarradero. Ojalá el día esté lejano).

El señor Borges sugería que la gente “debería tener la sana costumbre de morir”.

Ojalá ganarse, a manera de reconocimiento, este verso de Geraldino Brasil: “Las personas no mueren, quedan encantadas”.Lo dijo Mark Twain: “Hay que vivir de tal forma que lo lamente hasta el dueño de la funeraria”. Todo un proyecto de vida.

Y como amanecí convertido en una casa de citas, recuerdo ésta que me gusta más que levantarme temprano o ir al parque: “Si la muerte es para todos, entonces el asunto no es tan grave”.

¿Qué tal este coqueteo de Santa Teresa con la hermana parca?: “Ven, muerte, tan escondida, que no te sienta venir”.

Y vamos con una tomada del testamento apócrifo del apóstol San Juan: “La muerte es un sueño del que despertaré resucitado en un nuevo mundo. Pero ese será solo el comienzo de la larga marcha fuera de la materia”.

El francés Jules Renard nos legó esta perla: “Salvo alguna complicación, estoy a punto de morir”.

Ya en el barrio de los acostados, Groucho Marx, nos regaló esta lápida: “Señora, perdone que no me levante”.

Dicho sea de nuevo con Bufalino en noviembre me siento “aceptablemente póstumo”.