La década del Huarache

Hace 10 años, El Huarache Azteca, especializado en cocina mexicana tradicional, inició su camino

OAKLAND.- Hable con Eva Saavedra, pero hágalo con el estómago lleno, si no, la imaginación se le distraerá con los platillos que describe: flores de calabaza rellenas de camarón, pollo en pipián, mixiotes, romeritos, pambazos, chiles en nogada, verdolagas con carne.

Su plática es una mesa servida. Aun cuando estudie inglés, tras un momento está ya con los huazontles, los gusanos de maguey. Cuenta que su papá vendía pulque, que afirma es mejor beber temprano. Despepita recetas. Se hace un corte transversal a una penca de nopal -se le filetea, pues-, se le rellena con queso, algún guiso, un toque de epazote y luego se cuece a la parrilla.

Mexiquense, mexicana. “Me pueden copiar; pero lo que no pueden copiar es esto”. Muestra las manos. Es la fundadora, propietaria y ama de la cocina de El Huarache Azteca, un aclamado restaurante de Oakland.

El 20 de agosto, junto a su esposo, Juan Manuel Chávez, dos de sus hijos -Emmanuel y Mayra, quienes a diario están en el restaurante-, su hermano Adrián, Eva Saavedra y sus compadres, amigos, ciertos conocidos y algunos más que llegaron, con un mariachi y un grupo de danza, celebró los 10 años de El Huarache Azteca con un desayuno pródigo.

Fue un 9 de mayo, no de agosto, cuando El Huarache Azteca, especializado en cocina mexicana tradicional, con énfasis en la gastronomía del centro de ese país, inició su camino. Pero quizá la idea de celebrar en agosto le vino a Saavedra de manera instantánea, como se le ocurren los guisos. O porque cumpleaños sin comida no sabe.

El huarache es una tortilla oval de masa mezclada con frijoles, de cinco a siete pulgadas de largo; cocida a la plancha, sirve de base a un bistec o chorizo o pollo deshebrado o vegetales bañados en salsa, crema y se polvoreados con queso. El primero se habría cocinado en la ciudad de México.

Los ingredientes de El Huarache Azteca son privaciones, pasión, amistad, fe y el triunfo por fuerza de la perseverancia; una receta típica de inmigrantes.

Aunque por 11 años trabajó como secretaria en la ciudad de México, Eva Saavedra es cocinera desde que tiene memoria. Migró a los Estados Unidos para reunirse con su esposo y conseguir educación especial para el primero de sus hijos.

Tras un tiempo, radicada en Oakland, dedicada básicamente a las labores del hogar, su vida dio un vuelco al lesionarse su esposo en el trabajo. Embarazada de un tercer hijo, Saavedra no se cruzó de brazos.

Comenzó a vender comida, tres días a la semana, en los alrededores de unas canchas de futbol. Tortas, quesadillas, sopes, pambazos eran su mercancía.

Relata que por consejo de una comadre, quien no perdía ocasión de visitarla a fin de probar sus moles, se animó a vender comida en su propia casa, en la avenida 74; iniciaba la década de los noventa. Fueron los albores de El Huarache Azteca.

Aquel comedero de la avenida 74 consolidó clientela, como a fuego lento, así que cuando Darlene Ríos Drapkin recomendó a Eva Saavedra con la propietaria del local que hoy aloja el restaurante, en el 3842 del boulevard International, el guiso de esta historia comenzaba a borbotear.

Ríos Drapkin es una decoradora de barrios, o más propiamente: una administradora profesional de corredores comerciales. Nicaragüense, con una genética salpicada por antepasados polacos y rusos, a mediados de los noventa tenía a su cargo la revitalización del boulevard International, en el área próxima a la estación del BART.

Empleada por el Unity Council, que erigiría la Villa de Fruitvale, Ríos anhelaba encontrar inversionistas visionarios, dispuestos a armonizar intereses y fachadas de negocios, para constituir un área comercial con énfasis en lo latino.

Cuando conoció a Eva Saavedra y su fonda casera fue, según el dicho popular, como el encuentro del hambre y las ganas de comer.

“Tener un negocio propio es satisfactorio, pero muy difícil”, dice Eva.

Para definir su plan de negocios y aprender cómo obtener apoyo para realizarlo, tomó el curso de Alternativas para Latinas en Autosuficiencia (ALAS), en San Francisco.

Los costos del arranque sobrepasaron todas las estimaciones. Calculaban una inversión inicial de 10,000 dólares; pero “el chistecito nos salió como en 60,000”, refiere Saavedra.

Con la ayuda de su familia y el respaldo del Unity Council, llegó el día de la inauguración que, rememora, pensó retrasar, pues no se sentía preparada, aunque fueron los propios clientes quienes la apresuraron. Tras eso, ha pasado una década.

En los 10 años transcurridos, los días más difíciles para el negocio son los actuales, refiere Saavedra. La economía, tan lenta, y el crimen, tan dinámico, aminoran el ritmo de Fruitvale.

Sin embargo, el restaurante estaba casi lleno la noche de un sábado en septiembre; en su área principal, adornada con murales pintados por Carlos Chávez, hay espacio para 72 personas. Entre las especialidades se servían chiles en nogada.

Mantener un menú de precios bajos es una cuestión de principios para Eva Saavedra. Originaria de San Miguel Mimiapan, en el Estado de México, cuenta que uno de sus tíos tiene los alrededores de su casa como campo minado, por tantos hoyos para cocer barbacoa. Hay esta raíz popular en su cocina. Además, lo que ella quiere es que la gente pruebe su comida.