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Milenario conflicto

La petición palestina de ingresar como miembro con pleno derecho ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con las fronteras previas a 1967, que el Presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abbas, Abu Mazen, efectuará este mes, refleja el trasfondo de unos lazos milenarios que se remontan al mismo Génesis de la Biblia.

Provenientes de una estirpe común, Noé, a través de su descendiente directo, Abraham, judíos y árabes descienden de sus hijos, Isaac e Ismael, procreados con su esposa Sara y la esclava egipcia Agar.

Durante miles de años vivieron en paz en el Medio Oriente. No es sino hasta 1947, luego del holocuasto nazi que exterminó a 6 millones de judíos, cuando la ONU a través de la Resolución 181 propone la partición de esta zona, bajo administración británica, en dos Estados, Israel y Palestina, con un área bajo jurisdicción internacional, donde estaba Jerusalén y Belén.

La incapacidad británica, el rechazo árabe y la beligerancia israelí, están en el origen de la guerra árabe-israelí de 1948, de la Guerra del Canal de Suez de 1956, de la Guerra de los Seis Días de 1967, de la Guerra del Yom Kipur de 1973, siguiendo con las intervenciones de Israel en el Líbano en 1979, y terminando, en los noventa, con las intifadas palestinas en las ocupadas Gaza y Jerusalén.

Es una historia de guerra, muerte, calamidad y destrucción, donde son escasos los puntos ecuánimes de la negociación y el diálogo, como los Acuerdos de Camp David de 1978 entre Israel y Egipto o los Acuerdos de Oslo de 1993 entre palestinos e israelíes.

La negativa de Israel a cumplir la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU, de noviembre de 1967, ordenando su retiro de los territorios ocupados y el retorno de los refugiados y desplazados así como la intransigente posición palestina contra los asentamientos de colonos judíos en territorios ocupados, son una muestra de las encontradas posiciones de ambos bandos, que lejos de buscar el consenso contribuyen a agudizar uno de los conflictos más viejos del mundo.

La mediación del llamado Cuarteto para el Medio Oriente, integrado por EU, Rusia, la Unión Europea (UE) y la ONU, para una negociación de la cual saldrían dos Estados vecinos y amigos, Israel y Palestina, ha recorrido un quebrantado camino de imposibles alianzas e inútiles negociaciones que dan como resultado una frustrada y cada vez más lejana paz.

El veto de EU y la probable abstención Inglaterra y Francia en el Consejo de Seguridad de la ONU contra la solicitud de la AP, seguramente logre impedir el ingreso pleno de la AP como Estado. Pero el consiguiente apoyo unánime a Palestina de los miembros de la ONU puede convertirla en el Estado miembro número 194 aunque con un status parecido al del Vaticano, de Estado observador no miembro y sin derecho al voto.

Un posible triunfo, sobre todo diplomático, de los palestinos en la ONU, obligaría a readecuar el mapa político israelí y no solo a través de su política exterior sino también interior, pues un teorético reconocimiento de la ONU convertiría a Israel en invasor de un Estado y no en ocupante de unas zonas. Todo un terremoto político a nivel de política interna en el Estado de Israel.

Estados Unidos, el único valedero de Israel en la región, debe tomar decisiones contradictorias para calmar las voces de los movimientos democráticos que han triunfado en países árabes como Egipto y Túnez y por otro lado apoyar militar, política y económicamente a la única potencia atómica de la región, el Estado de Israel.

Ello en medio de una retirada escalonada de Irak y Afganistán, con un constante ascenso de la influencia de Turquía en el nuevo mapa político árabe y musulmán, que lleva un carácter anti-israelí, y apenas solventado el conflicto del Indostán entre India y Pakistán, ambas potencias atómicas, por la región de Cachemira. Estos escenarios se desarrollan en países árabes y musulmanes, y por ello su vínculo directo a la problemática palestino-israelí.

A nivel interno se libra un enconado debate entre los conservadores del partido Likud de Benjamín Netanyahu y los socialdemócratas del Partido Laboral en Israel, mientras en Palestina las hachas de guerra se enfilan hacia la posición conservadora de la OLP de Abu Mazen, teledirigidas desde Siria, Irán y Líbano, a través de Hamás y Hezbollah.

Como en un efecto dominó, la primavera árabe llega de esta forma a la médula del conflicto palestino-israelí.