Hacia otra frustración

Desde un inicio era difícil imaginar que si los demócratas y republicanos no lograron un acuerdo para enfrentar la crisis de presupuesto durante la discusión sobre la deuda pública de hace unos meses, por qué habrían de llegar a un acuerdo hoy.

Ante el estancamiento de entonces se formó un supercomité legislativo bipartidista con la misión de lograr ahorros por valor de 1.2 billones de dólares durante los próximos 10 años. De no lograr el acuerdo, una serie de recortes de presupuesto entrarán en vigencia automáticamente a partir del 2013, que afectarán sustancialmente tanto los servicios sociales como el sector de defensa.

El desacuerdo entre republicanos y demócratas sigue siendo básicamente el mismo sobre como resolver el déficit y sobre los hombros de quien debe de hacerse.

Los primeros piensan que los números rojos se pueden resolver a fuerza de recortes en los gastos federales al mismo tiempo que se pueden seguir reduciendo impuestos. Los segundos creen que los más pudientes, que se han beneficiado de la bonanza económica, deben aportar un poco más impuestos.

El debate sobre aumentos de impuestos versus reducciones en el presupuesto es una discusión ideológica que eventualmente será decidida por los votante el año que viene. El contraste entre la visión y las propuestas republicanas y demócratas no pueden ser más distintas ni opuestas.

Sin embargo, sea cual fuere el resultado, demócratas y republicanos tendrán que seguir negociando porque esa es la base para que un gobierno dividido pueda responder a las inquietudes de los votantes.

Es lamentable que hoy no sea así.

La intransigencia que impidió un acuerdo hace unos meses parece seguir inmutable. El deseo de la mayoría de los estadounidenses, de combinar aumento de impuestos con reducción de gastos, es ignorada olímpicamente por la mayoría republicana de la Cámara Baja.

El día 23 de noviembre, fecha de vencimiento para logrará un acuerdo se acerca aceleradamente con el ya conocido sabor de la frustración.