Muriéndo de hambre

Nadie nos pide asumir la culpa. No tenemos que dejar de almorzar como expiación y tampoco regañar a los hijos cuando se niegan a comer, advirtiéndoles que “cuántos no tienen esa ración en su mesa”.

El hambre de los demás no se cura con palabras al viento sino con acciones reales y específicas y quizás de manera individual, no logremos hacer nada al respecto.

Pero sí podríamos comenzar a generar una fuerza de inconformidad y a protestar contra los que están obligados a trabajar por el bienestar de la gente que gobiernan.

La indiferencia social y humana se emprende en casa. Si desde pequeños nos enseñan a ignorar la caridad, nunca vislumbraremos la magnitud de la necesidad del otro.

“Eso sucede siempre”, fue la desvergonzada respuesta que escuché en México frente a la noticia de la Sierra Tarahumara, en Chihuahua, donde se mueren de hambre indígenas y algunos se suicidan debido a la desesperación de no poder alimentar a sus hijos.

Esa frase es parecida a la que expresan los avarientos que se niegan a dar una moneda al pordiosero, diciendo: “Ese quiere drogarse”.

La compasión es un deber humano.

En México explotó esta semana la crisis alimentaria de la Sierra Tarahumara, aunque desde hace años, en esta región, ya se morían niños por no comer.

Cada 24 horas, 4,452 mexicanos pasan a engrosar el padrón de indigentes, que no pueden satisfacer por completo su necesidad nutricional. Por los menos 28 millones podrían estar pasando hambre hoy.

La carencia en el Cuerno de África es peor. La palabra precisa es hambruna. Cero comida. En países como Kenia, Etiopía, Somalia y Yibuti, hay 13 millones de personas que la padecen a diario, de acuerdo al grupo Save the Children del Reino Unido.

En solo cuatro meses las muertes llegaron a 100 mil personas, la mitad menores de 5 años.

No crean que esa realidad alarmante es una noticia distante.

En Colombia, más de 15 mil niños mueren al año por enfermedades asociadas a la falta de alimentos. Alrededor de 500 mil (13% de la población infantil) sufren desnutrición crónica, que es el comienzo; después vienen las enfermedades y en algunos casos la muerte.

En Centroamérica, países como Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador, tienen más de ocho millones de personas aguantando hambre. Por lo menos una cuarta parte de los habitantes de América Central se les dificulta conseguir comida.

Los políticos por lo general responsabilizan de la crisis a la producción reducida, al cambio climático y a la vulnerabilidad ambiental, pero no admiten que todo comienza por la desidia oficial y la apatía social.

No hay buenas ni eficientes políticas agrarias, por ejemplo. Los campesinos e indígenas, los más afectados por el hambre y la desnutrición, no tienen acceso a créditos y a tierras productivas. Por otra parte, no les pagan el precio justo por los productos del campo y los castigos para los intermediarios y comerciantes que abusan del pobre son mínimos.

Ante el hambre del planeta, que se extiende como un virus contagioso, la responsabilidad primaria es de los gobernantes que no hacen nada ante esa hambruna que fue prevista, anunciada y alertada. Esto es un pecado.

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