Zona de Juego: Una sombra en la oscuridad

La renuncia es un acto disfrazado de dignidad.

El abandonar el puesto que te fue conferido, no implica necesariamente que seas una persona con el suficiente valor moral para aceptar que no puedes cumplir con la asignación que te fue encomendada.

Renunciar significa dejar de luchar, darse por vencido, no estar dispuesto a encarar momentos difíciles, dudar de tu propia capacidad para convertir una situación negativa en algo positivo.

La renuncia del técnico Fernando Quirarte no lo hace ser ni más hombre ni mejor entrenador de lo que era antes de tomar las riendas de las Chivas del Guadalajara.

Ante la crisis, ante los resultados negativos, ante la presión, el “Sheriff” Quirarte tomó la decisión más fácil: abandonar el barco que se estaba hundiendo.

Yo he visto a entrenadores, en diferentes deportes, renunciar a su puesto, pero después de haber ganado un campeonato.

Después de cumplir con su trabajo, con la misión que tenían de llegar a lo más alto, deciden dejar su cargo porque no llevan una buena relación con el dueño o la directiva del equipo, pero no porque no pudieron con el paquete que le encargaron.

El hacerse a un lado cuando entregas las mejores de las cuentas posibles es una verdadera renuncia, es una renuncia de hombres.

Lo que hizo Quirarte tras el partido del sábado contra los Xolos de Tijuana fue una reacción al miedo, al temor, al pavor, que le tenía a su patrón.

“Me hago a un lado”, dijo Quirarte después de sufrir su tercera derrota consecutiva del Torneo Clausura 2012, un récord histórico negativo para el club rojiblanco.

Si hubiera sido hombre de verdad, Quirarte debió de haber renunciado cuando perdió la serie de la Liguilla del torneo pasado ante los Gallos Blancos de Querétaro.

En esa ocasión, el dueño de las Chivas, Jorge Vergara, pisoteó, maltrató y abusó verbalmente de Quirarte.

El mandamás del Guadalajara comentó, después de la eliminación de su equipo, que su entrenador cometió muchos errores, que no sabía hacer cambios de jugadores en el momento indicado, que no entendía el razonamiento de su técnico para armar sus alineaciones, y que el equipo había perdido su estilo de juego.

Ante tales señalamientos públicos, Quirate debió de haberse hecho a un lado y no soportar el abuso de Vergara en su contra.

Mostrando un grave problema de autoestima, Quirarte dejó pasar por alto las altanerías del patrón que firmaba sus cheques.

Al ser fustigado de esa manera, Quirarte debió haber presentado su renuncia inmediata para dejar constancia de que su calidad moral está por encima de la persona que lo pisoteó como a una cucaracha.

El torneo pasado, en la crisis más grande de su historia, Carlos Reinoso, el entonces entrenador del América, dijo que él no renunciaba porque eso sería un acto de cobardes y porque él nunca ha renunciado a sus puestos.

Mientras Reinoso esperaba que la directiva le hiciera saber que sus servicios ya no eran requeridos, él siguió luchando hasta el final.

Como capitán del barco que su hundía, Reinoso no lo abandonó.

Como capitán del barco que su hunde, Quirarte fue el primero en huir.

Hay una diferencia muy grande en obedecer la orden de abandonar el barco a la luz pública y con la frente en alto, y otra es hacerlo de manera cobarde, aprovechando la oscuridad de la noche.