Lamento de febrero

Todo lo del pobre es robado: soy rico un día más cada cuatros años, y eso es suficiente para que 2012 se convierta en incómodo bisiesto. Un simple día me hace pasar de ingenuo Jekill a perverso Mr. Hyde.

Como Don Fulgencio, no tuve infancia. Como Homero Simpson, no tuve niñez. Soy un lapsus del almanaque. Mes bonsái, bien podría no haber nacido.

Soy un mes sánduche como que quedo entre dos prepotentes o ricos en días, enero y marzo, cada uno de 31 días. ¿Por qué no quitarle un día a enero y otro a marzo y así los tres quedamos uniformados en 30?

A manera de equívoca indemnización, soy un mes plagado de vírgenes y, por tanto, mártires. En mi jurisdicción de días el eterno almanaque Bristol recuerda a las santas Águeda, Apolonia, Escolástica, Eulalia, en cuyo nombre hay orgía de vocales en medio de consonantes eréctiles.

Agabo, Cirilo y Onésimo, son otros santos sin tocayo que hacen su agosto en febrero.

Ningún poeta me ha dedicado siquiera un anoréxico haikú. Solo Sábato me mencionó citando a una vecina suya de Santos Lugares: “Qué lástima morir en febrero cuando no hay nadie en Buenos Aires”.

Alguna vez me pasé de vivo y fui un mes dedicado a los muertos. Pero vino noviembre y se adueñó de la efeméride.

Podría no existir y no pasaría nada. Sería un buen mes para que se acabara el mundo. Los agarraría a todos con los calzones abajo.

A veces despierto sintiéndome un mes pegado con babas. Extraña fortuna estar hecho de restos de días, horas, segundos, que les sobran a los demás colegas de calendario.

Soy como esos ignorados parientes pobres. Si mucho, los colocan de últimos en la lista de espera para tener en cuenta en caso de que llegue alguna abrumadora lotería.

Siento que todo el mundo tiene prisa por salir de mí. No provoco ni veniales. Hasta a los relojes les da pereza dar la hora en febrero.

Prolongo el machismo de los demás meses todos masculinos. Ni una disidencia femenina con la cual caer en la tentación. Hay cierto homosexualismo en el calendario.

Mucha gracia es que Río haya decidido llenar de caderas sus carnavales. Y menos mal los floricultores colombianos me miran como si fuera la tierra prometida por aquello del día de san Valentín.

Acompaño en la pena a quienes cumplen el 29. Tendrán que esperar mucho para brindar. Aunque también se ahorran hiperbólicas felicitaciones que están más cerca de la calumnia que de un sentimiento positivo.

A finales de mes, cuando deshojo la margarita de los últimos días, sufro angustia existencial. No hay Freud que cure mis achaques. Acabo con las existencias de clínex ante la perspectiva del anonimato que me viene pierna arriba.

Pero bueno, al menos soy el único mes que se da un sabático remunerado cada cuatro años. Del ahogado el sombrero. No les quito más tiempo.