Adiós, ‘Desperate Housewives’

La serie culminó su trayectoria televisiva tras ocho años
Adiós,  ‘Desperate Housewives’
Las estrellas: Vanessa Williams, Felicity Huffman, Eva Longoria, Teri Hatcher y Marcia Cross.
Foto: ABC

NUEVA YORK.- Este final no tuvo nada de desesperado. Desperate Housewives, de ABC, concluyó sus ocho picantes y macabras temporadas con un pulcro y afectuoso desenlace.

Una advertencia para quienes no hayan realizado su visita de despedida a Wisteria Lane: si no quiere enterarse lo que sucede no lea más.

Basta con decir que todos parecen destinados a vivir felices para siempre. Todos menos Karen McCluskey (Kathryn Joosten), la maniática pero amorosa anciana que batalla un cáncer, quien muere en paz en su casa, como quería, con música de Johnny Mathis serenándola.

Bree Van de Kamp (Marcia Cross) se salvó de ser condenada por un homicidio accidental, de hecho cometido por Carlos (Ricardo Antonio Chavira), el esposo de otra ama de casa desesperada, Gabrielle (Eva Longoria).

Bree estaba preparada para asumir la responsabilidad por sus amigos, pero, a último momento, Karen se confiesa como la autora del crimen.

Además de su falsa confesión, Karen ofrece en el estrado un tierno resumen de la vida en el barrio de Desperate Housewives: “No son sólo un montón de casas en la misma zona. Es una comunidad, con gente que valora a sus vecinos”.

Los cargos son desestimados contra Bree, quien supera su temor al compromiso y asienta cabeza con su guapo abogado, Trip (Scott Bakula), luego que este le asegura que su manchado pasado no le molesta. “Todos esos horribles detalles de los que hablas solo demuestran que eres humana”, le dice con cariño.

Lynette (Felicity Huffman) y Tom (Doug Savant), cuyo matrimonio parece estar a punto de desmoronarse, se reconcilian apasionadamente en el medio de Wisteria Lane bajo la romántica luz de los faroles.

Los preparativos van viento en popa para el lujoso enlace entre Renee (Vanessa Williams) y Ben (Charles Mesure), con toda la histeria y confusión anticipadas. Por ejemplo, camino a la ceremonia en una limusina, el costoso traje de Renee es mojado por la embarazada Julie, quien sentada a su lado rompe aguas inesperadamente. Pero con Gabrielle como cómplice, Renee logra obtener un reemplazo de una tienda de vestidos de novia.

Entonces Julie (Andrea Lauren Bowen), la hija de Susan (Teri Hatcher), da a luz en el hospital mientras se intercalan imágenes de la boda y Karen exhalando su último respiro. La vida, el matrimonio y la muerte: encuentro agridulce.

Los índices de audiencia y el calor que recibieron a Desperate Housewives hace ocho años se fueron apagando durante la trayectoria de la serie. El capítulo final de la primera temporada atrajo a más de 30 millones de espectadores, frente a los 8.5 millones que vieron semanalmente esta última.

Pero el episodio final de dos horas del domingo (cuya segunda hora fue escrita por el creador de la serie Marc Cherry) fue un recordatorio de porqué Desperate Housewives tuvo tanto éxito a su arribo en el otoño de 2004.

Apareció en la escena como una alegre combinación de chantaje, lujuria, adulterio y hermandad; como el programa al que acudir en busca de angustia sensual suburbana. Atrapó a Estados Unidos en su estreno cuando, entre muchos giros, la narradora de su historia (la vecina Mary Alice Young, interpretada por Brenda Strong) daba los pormenores de su propio suicidio.

En el corazón de este punzante universo quedan los cuatro personajes principales: la alterada profesional y madre cansada Lynette; la sexy y malcriada fiera Gabrielle; la bondadosa tontita Susan; y la dura ama de casa Bree.

Todas han pasado por mucho, pero han logrado mantenerse arraigadas, al tiempo que hordas de otros personajes entraron y salieron de la serie a través de los años.

Y ahora todo se ha acabado. Las cuatro mujeres (nos han dicho) pronto se dispersarán para seguir con sus vidas en otros lados, felices.

La primera en irse es Susan, la única sin una pareja a su lado. “¿Tengo un último romance tórrido dentro de mí? Quizás”, le dice a su hija Julie con nostalgia. “Pero sé que si llego a estar vieja y sola podré arroparme con todos estos recuerdos [de la vida en Wisteria Lane] y estaré contenta”. Le ha vendido su casa a un matrimonio joven. Pero la esposa, llamada Jennifer, confiesa sus dudas de mudarse a los suburbios. “Temo que pueda resultar un poco aburrido”, le dice a Susan.

“Ay, yo no me preocuparía por eso”, le responde Susan con una sonrisa de complicidad. Y de hecho, la nueva ama de casa parece traer sus propios secretos y congojas a la cuadra.

Al menos si la última toma de su cara de sorpresa y una caja misteriosa son un indicio.