Gracias por la música

El Jefe Daniel Santos le puso música a una parte de la vida

Como en junio se celebra la fiesta de la música, no sobra recordar que cada etapa de nuestra vida tiene su música de fondo, su cortinilla, su banda musical, como en las películas. Al fin y al cabo, toda vida es una película con matiné, vespertina y noche incorporados.

Somos protagonistas, directores, productores, libretistas, actores secundarios, aguateros, extras, maquilladores de nuestro destino.

Nacemos y segundos después le estamos poniendo música a nuestra existencia. Me refiero a los furiosos berridos de bebé. A través de estos destemplados editoriales protestamos por haber abandonado tan pronto el hotel mamá donde pasamos nueve muelles meses. Y gratis.

Luego vendrían clásicos infantiles como “Mambrú se fue a la guerra”. Plácidos domingos de pañal y chupo, aprendemos las primeras letras y notas al ritmo de: “los pollitos dicen, pío, pío, pío.”

En mi caso, de los “pollitos” pasé a los boleros, el tango, la música española, cubana, colombiana, la música vieja, el rock.

Me declaro habitado por apellidos como Matamoros, Santos (Daniel), Gil, Navarro y Avilés, (Los Panchos), ( Lola) Flórez, Bermúdez (Lucho) y Moré, Larroca y Magaldi, García y Carrasquilla (los del Dueto de Antaño), Leonardo Favio y Adamo, Piaf y Jagger (Rolling Stones).

“Son de la loma”, del Trío Matamoros, ha sido mi huella digital musical. Inspectores de zócalos sabrán responder por qué en el piano o rocola de mi vida, sin echarle ninguna moneda, suena constantemente esa canción que se plantea la duda eterna: de dónde son los cantantes.

A la par con el Trío Matamoros, o tal vez cinco minutos antes, llegó a mi vida el Inquieto Anacobero, el puertorriqueño Daniel Santos. “El bobo de la yuca”, con la Sonora Matancera, se molía que daba miedo en cantinas y emisoras.

Desde entonces quedé flechado por el Jefe a quien conocí en su última visita a Colombia. Me emocionó más conocer al Jefe que al papa Juan Pablo II a quien tuve a una jaculatoria de distancia durante su única visita a Colombia. Tengo una foto de Santos, no del Beato Juan, en mi mesita de noche.

Estoy bien acompañado en mi admiración por Santos. En su autobiografía, el Nobel García Márquez lo menciona entre sus cantantes preferidos.

Dice don Gabo que a muchos les gusta el Jefe pero les da pena reconocerlo. Eso como que disminuye el estatus de quien lo admite.Siempre oigo un rumor cercano de música de la Sonora Matancera.Por eso no le perdono – ni tampoco olvido- al taxista cubano que se negó a hacer una escala técnica en la cubanísima Matanzas, cuna de la orquesta. Temía que Fidel le quitara su destartalado vehículo.

Debo admitir que tengo una enciclopédica ignorancia en materia de música clásica. Espero empezar por ella en mi próxima encarnación. Lentamente, he ido haciendo el tránsito de Celia Cruz a Mozart, del Trío Los Panchos a Haendel.

Pero como el azar se da sus licencias, una vez asistí a un concierto de orquesta sinfónica de Berlín dirigida esa noche por Herbert Von Karajan.

También asistí a la ópera Don Carlos, en Munich. No me dormí porque Dios existe, me dijo un ateo. En algún momento dieron ganas descomunales de estornudar pero me tuve que aguantar para no hacer quedar mal al país.

Cuando entró la orquesta “con tutti”, descubrí que los europeos también les dan ganas de estornudar en situaciones similares. Pero a mí ya se me habían espantado las ganas.