Cada vez son más repatriados que llegan en busca de ayuda

La Casa del Migrante es testigo del cambio de dinámica que ha sufrido la frontera
Cada vez son más repatriados que llegan en busca de ayuda
Los centros de atención no se dan abasto para atender las necesidades de los miles de afectados por la política migratoria.
Foto: Archivo / La Opinión

Segunda de dos partes

TIJUANA, México.- La nueva dinámica de la frontera la experimenta en carne propia la Casa del Migrante, que cuenta con 48 centros de asistencia y que según algunos, es la única red de seguridad social y asistencial para la población migrante.

Fundada en abril de 1987, la Casa inicialmente ofreció refugio a migrantes de México y otros países de Latinoamérica que intentaban ingresar a Estados Unidos ilegalmente, aprovechando una frontera porosa. Hoy, en cambio, con la frontera casi sellada, la Casa cobija más que nada a migrantes repatriados.

Desde el 2009 esa población representa más del 90% de los residentes en el refugio de Tijuana, de acuerdo con un estudio de Alarcón (Colef) y Macrina Cárdenas (México Solidarity Network), titulado “El control de la frontera de Estados Unidos y su impacto en los migrantes atendidos en la Casa del Migrante de Tijuana”.

“No sólo los protege de las redes criminales, sino también de la misma policía, que a menudo los arresta por no tener credencial de elector”, expresó Escala.

La Casa proporciona al migrante en tránsito hospedaje y alimentación de forma gratuita durante 15 días. También ofrece asesoría legal, atención médica y presencia de trabajadores sociales y de derechos humanos.

La Casa surgió cuando a principios de 1985 el padre de ascendencia italiana Flor María Rigoni recibió una misión de la Congregación de los Misioneros de San Carlos Borromeo, un organismo católico inspirado en la labor que el Beato Juan Bautista Scalabrini hizo con los migrantes italianos que salían de su país rumbo a América a finales del siglo XIX.

Kendzierski dijo que la misión de Rigoni era atender un llamado de la iglesia local de Tijuana, preocupada por la asistencia social y pastoral de cientos de personas que diariamente llegaban a esta frontera con el propósito de cruzar a Estados Unidos.

“El padre Flor María se dio cuenta que miles de migrantes llegaban a la ciudad todos los días y que, a pesar de que en ese tiempo era muy fácil el cruce a Estados Unidos, muchos llegaban heridos, cansados; eran asaltados y no tenían protección. Por eso pensó en hacer un lugar de descanso para esos migrantes para que luego pudieran seguir su jornada”, explicó.

Inicialmente la Casa albergó a personas que se dirigían hacia Estados Unidos, pero a partir del 2000 hubo un cambio en el perfil de los refugiados y empezó a percibirse un aumento en el hospedaje de repatriados que llevaban mucho tiempo viviendo en Estados Unidos, de acuerdo con el estudio de Alarcón y Cárdenas, basado en 89,766 encuestas de ingreso al albergue.

Unos 16,000 deportados atendidos de 2003 a 2011 tan solo en la Casa del Migrante de Tijuana tenían entre diez y 25 años residiendo en el país vecino, mientras que casi 19,000 migrantes repatriados en el mismo lapso de tiempo habían permanecido de uno a nueve años, según datos de la propia institución.

Uno de los migrantes deportados que se encontraban en el refugio durante una visita reciente fue Rodrigo Navarro, de 26 años y quien llevaba cinco días en el albergue. Relató que había llegado a Estados Unidos a los 4 años y que había vivido 22 años en Tacoma, estado de Washington, donde trabajaba en la construcción y había formado una familia.

Navarro, nacido en Zacatecas, dijo que hablaba mayormente inglés. Se casó y tuvo dos hijos, Leonardo, de 5 años, y Jocelyn, de 2. Un hijo más está en camino, agregó. Su mujer tiene cinco meses de embarazo, pero se acaba de enterar que la gestación no va bien y que ella no quiere comer desde que a él lo repatriaron.

“He hablado con ella por teléfono, me dice que está triste; mi hijo también me dice que cuándo voy a regresar. Me pongo muy emocional (llora). Es que yo aquí qué voy a hacer, no tengo una identificación, mi español aquí no sirve, no sé qué hacer. No quiero salir a la calle aquí por miedo”, dijo.

Navarro explicó que fue detenido por la policía en Tacoma, conduciendo un automóvil que no estaba a su nombre y en el que le encontraron una bachicha de marihuana. Lo arrestaron y pagó una fianza de 4,000 dólares. Sin embargo, al día siguiente lo esperaron afuera de su casa agentes estadounidenses de inmigración para deportarlo.

“No me dieron oportunidad de hablar siquiera con mi abogada. No quise comer desde el martes, hasta el viernes probé algo (en el centro de detención). Me miraron como si me fuera a suicidar, me dieron pastillas antidepresivas; el sábado me dijeron que me pusiera mi ropa, que me iba a ir a un lugar mejor. Fue cuando me deportaron”, dijo.

Otro migrante que permanecía en la Casa era Julián Gutiérrez, de 42 años, nativo de la Ciudad de México. Dijo que luego de vivir 22 años sin papeles en California, había sido detenido a principios de abril por oficiales del servicio de inmigración afuera de su casa, en el centro de LosÁngeles, pocos días después de que su primera esposa lo denunciase por violencia doméstica y sus huellas apareciesen en la red del sistema penitenciario.

Lo que más le apenaba y le causaba angustia, dijo, era la situación de sus hijos de 4 y 2 años, frutos de su actual pareja. Su hijo mayor al parecer es autista y lo estaba llevando a clases especiales; su otro hijo era muy apegado a él. Gutiérrez y su mujer trabajaban ambos y estaban pagando la compra de una casa.

“Me siento aislado, muy triste porque no estoy con mis hijos, que me necesitan; pero sé que tengo que adaptarme a esta sociedad porque quiero quedarme aquí, para estar más cerca de mi familia”, dijo.