Arribo al olvido

Tarde o temprano nos llegan coqueteos del señor Alzheimer, incluso a García Marquez

Circulan versiones encontradas sobre el Alzheimer que padece el Nobel García Márquez. Que sí lo tiene, dice su hermano Jaime. Que no, dispara por Twitter desde Cartagena, el gordo Abello, mandamás de la fundación Nuevo Periodismo, nacida de una costilla del fabulista.

El señor Alzheimer, “inventor” del lapsus, muere por tenerlo entre los miembros de la cofradía.

Un periodista que lo visitó en México, Antonio Caballero, jura que el fabulista recuerda las letras de los boleros con sustantivos y adjetivos. Que cantaron en dueto, sostiene.

Gabo, “el bigote que escribe” recuerda en sus memorias que en sus mocedades fue cantante de boleros y que uno de sus ídolos era el boricua Daniel Santos, tocado de eternidad hace años. Tenía -tiene- mostacho de cantante de música romántica.

¿Y qué si el Maestro de Aracataca tiene Alzhéimer? Está en todo su derecho. También le puede dar gota. O se puede dar el extraño lujo de que su próstata le cause problemas. También puede dar traspiés. “Un tropezón cualquiera da en la vida…”.

La del Gabo sería una forma válida de retirarse en silencio de un mundo que enriqueció con sus ficciones. Es humano flaquear de la memoria. La edad viene acompañada. Le da miedo andar sola.

Lo que ha dicho su hermano es una forma de bajarle la temperatura a lo que le está pasando a Don Gabriel, según muchos. ¿Que se le olvidan los nombres de las personas? ¿Y eso qué importa? La memoria, como el amor, es eterna mientras dura.

Si le interesara, me alquilo para recordarle al Nobel los nombres que va enviando al cesto de los olvidos. Pago por compartir un segundo de su espléndido ocaso en México, esa guardería para colombianos donde comparte contaminación ambiental con los demás escritores Álvaro Mutis y Fernando Vallejo.

Si el abuelo Gabriel tiene Alzheimer, lo veo como una forma exótica de vivir para él solito. Respetemos su silencio. Ya escribió y vivió para los demás.

Lo de demencia senil sí suena más prosaico. Uno acepta que al Gabo lo visite el alemán, pero lo de demencia es menos amable. En este caso, sería preferible hablar de la “razón de la sinrazón”, copiándonos del Quijote.

Envejecer es ingresar forzosamente a la desmemoria. Un tsunami implacable va pasando por nuestra hoja de vida borrando certezas, nostalgias, perfiles, atardeceres, novias, suspiros, desamores, dudas.

Tarde o temprano nos llegan coqueteos del señor Alzheimer, benévolo con unos, demoledor con otros.

Claro que es bueno para la salud adelgazar de recuerdos poco amables, malucos. Bienven idos son. Pero quisiéramos que muchas habilidades nos acompañen hasta la entrada al horno crematorio.

Por ejemplo: me gustaría saber siempre que la llave sirve para abrir la puerta de la calle. O para saber que existe la calle, lugar donde muchos “nos sentimos como en casa” (=Ruy Castro, cronista brasileño).Los hay que cojean de la memoria hasta el punto de que en la mañana son ateos y en la tarde creen en todos los dioses. O al revés.

De pronto ignoramos si pagamos los servicios. Buscamos las gafas sin reparar que vemos con ellas. Hacemos la misma pregunta 10 veces. Olvidamos engullirnos las pepas para fortalecer la memoria. Cambiamos un verbo por un inofensivo adverbio.

Por pragmatismo, es mejor empezar a darle la bienvenida al olvido. A los olvidos. Porque el que esté libre de Alzheimer que tire la primera amnesia.