Dilema con el CELAC

La historia, la cultura y la práctica política no ayudan a la integración.

Humberto Caspa

Humberto Caspa Crédito: Suministrada

Las Américas

El reciente encuentro de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en Santiago, Chile, nos hace notar uno de los grandes dilemas de América Latina.

Mientras el corazón nos dice que hay espacio para la integración, la historia, la cultura y la práctica política nos contesta que no.

Lo sucedido después del acto de inauguración entre los mandatarios de Bolivia y Chile, Evo Morales y Sebastián Piñera, respectivamente, habla por si solo de las enemistados históricas entre estos dos países latinoamericanos.

Conste que lo de Bolivia y Chile no es el único caso. Los colombianos y venezolanos tienen antipatías ocultas desde hace muchos años. Lo mismo que ecuatorianos y peruanos, y a la vez éstos con los chilenos. Los argentinos tampoco ven con buenos ojos a los chilenos. Los centroamericanos tampoco son hijos del salvador. Entre ellos se han dado con todo y también han existido lazos de confraternidad.

Siempre ha habido malos ojos en América Latina. Sin embargo, el caso boliviano es el más patente. La pérdida del departamento del Litoral, en 1879, después de la Guerra del Pacífico, sigue doliendo como un garfio que se incrusta en el centro del corazón.

En palabras del gran autor uruguayo Eduardo Galeano, aunque nunca se refirió específicamente al caso boliviano, este país es una verdadera “Vena Abierta de América Latina. O en las palabras de una de las canciones clásicas del Rock en español moderno, el “Lamento Boliviano” se trasladó —por los causes de la migración— hasta Buenos Aires, allí donde miles de bolivianos lloran la desdicha de no gozar con las olas del mar. El grupo Enanitos Verdes nunca se dio cuenta de esta conjetura.

El lamento boliviano es real. Ya son cerca de siete generaciones de bolivianos que han vivido en uno de los enclaustramientos más viles que ha preparado la existencia humana.

Hoy, pareciera que los bolivianos padeciéramos de una enfermedad sicológica de auto-flagelación. Hacemos todo lo posible para recordar nuestro dolor. Cuanto más lo hacemos, más sufrimos y, paradójicamente, más dotes de esperanza tenemos.

Esa esperanza suena en los labios de los niños bolivianos. Todas las mañanas, antes de inicio de actividades escolares, repiten día a día, “estudiar y trabajar para volver al mar, al mar”, después de que el director les pregunta: “¿Cuál es nuestro deber?”.

Por eso el presidente boliviano Evo Morales en su intervención durante la reunión de la CELAC solicitó —casi imploró— a la comunidad latinoamericana y europea de resolver el enclaustramiento boliviano. “Bolivia no olvida, no olvidará; Bolivia no calla ni callará [su demanda]…”, dijo.

La justicia en América Latina nunca será completa hasta que los bolivianos tengan acceso a las orillas del Océano Pacífico.

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