El objetivo es ganar como sea

Este nuevo deporte en el que se permite casi todo ha obtenido adeptos muy rápido
El objetivo es ganar como sea
Vencer en una de estas peleas en las jaulas provoca un derroche de adrenalina que se expresa de múltiples maneras, como este peleador que celebra en la parte alta de la reja.
Foto: Aurelia Ventura / La Opinion

La locura se desata en un salón del casino San Manuel. El público grita enardecido al ver a Carlos Ortega, un peleador con cara de niño, tundiendo a golpes a su rival. Con todas sus fuerzas le conecta unos trece puñetazos consecutivos en la cabeza. Fue una ráfaga: izquierda, derecha, izquierda, derecha…

Quedó fulminado. El réferi detuvo la pelea apenas medio minuto después del inicio. Charles Lee, de Las Vegas, no le sirvió ni para el arranque. Y los presentes brincan de sus asientos con los brazos en alto y los ojos desorbitados. Gritan, aplauden, silban, se abrazan. Ortega les ha dado lo que querían.

En la tribuna están Tony López, un veterano peleador de artes marciales mixtas (MMA) que esa noche no entró a la jaula (tenía la lucha estelar) porque su oponente se lastimó la espalda, y Johnny Cisneros, quien se recupera de su último duelo, en el cual lo noquearon en sólo nueve segundos.

Cada uno tiene una historia distinta dentro de la empresa King Of The Cage (KOTC), que en los últimos años se ha enfocado en firmar a peleadores hispanos de todo el país, constituyendo ya el 48% de su cartelera (también hay mujeres). López, de 39 años, ve cada vez más cerca el retiro, tras 43 combates librados en ocho años. En tanto, Cisneros, de 33, sigue soñando con llegar a las grandes ligas y ser el mejor exponente de MMA en todo el mundo.

Lo que los une es la mentalidad con la que se encierran en la jaula: acabar al enemigo sin recibir tantos golpes (casi imposible en este oficio de guantes ligeros y donde están permitidas patadas y rodillazos). “Pienso que él [el contrario] me quiere derrotar y no quiere que vea a mi familia, entonces tengo que vencerlo a él primero. Así es en la guerra: ‘ganar o perder”, dice Cisneros, apodado el “Terror Tatuado”.

La vida de este guerrero, que pasó sus primeros años en el vecindario de Watts, gira en torno a las luchas enjauladas. Pasa el día brincando de gimnasio en gimnasio para perfeccionar distintas disciplinas: boxeo, jiu jitsu, lucha. Él venció a sus primeros siete rivales, aunque el último, Josh Aveles, lo dejó “dormido” sobre la lona en un parpadeo. Le sigue doliendo esa derrota.

Cisneros aún no gana como los grandes, ni tiene patrocinios que le permitan mantener a su familia sólo con sus puños (en contraste, un contrato de la compañía UFC puede alcanzar los 200 mil dólares por lucha, mientras que una figura del boxeo puede ganar hasta 100 millones por encuentro), pero tiene hambre de alcanzarlos un día. “Mi tiempo se está acabando, por eso lo tengo que hacer todo rápido, tengo todavía otros cuatro años”, comenta.

Los días de López, alias “Kryptonite”, son diferentes. Cada mañana sale a trabajar en la construcción y por las tardes se ejercita en un gimnasio que instaló en la parte trasera de su casa, en Yucaipa, o va con entrenadores para mejorar su estilo. Él tiene cinco hijos y dice que no podría dejar su empleo.

“Este año tomaré la decisión si sigo o no, porque mis peleas anteriores me han pegado mucho, aunque he ganado recibo muchos golpes”, comenta López dentro de una bodega que acondicionó para practicar sus estilos de lucha.

En su hogar sólo hay palabras de aliento cuando sale al casino con sus dos cinturones de campeonato. Si vence el día siguiente es de celebración, de comida familiar. Si pierde, es de vergüenza. “Yo les digo a mis hijos que nadie les puede ganar. No puedo perder por ellos”, explica.

Un par de veces López ha regresado con el triunfo, pero con el rostro desfigurado (nunca ha terminado en el hospital como algunos de sus rivales). En esos momentos ha reflexionado sobre lo que quiere para sus pequeños: una profesión distinta, sin violencia, un sentimiento que comparten otros luchadores.

“Esto lo hago yo para que ellos no lo tengan que hacer”, señala López, de padres mexicanos.

Las familias de estos guerreros aprenden a convivir entre el orgullo y la angustia. “Mi madre reza y empieza a llorar, pero mi papá a cada rato dice: ‘ese es mi hijo y es muy bravo'”, comenta David Gómez, residente de Rancho Cucamonga y quien el año pasado, con una potente patada al rostro, ganó el título mundial de la división Welter. Ya se lo arrebataron.

Hace unos días Josh Aveles regresó a casa luciendo en la cintura el resultado de sus sacrificios. “El Rey”, como le dicen, le conectó un gancho en la quijada a Sam Liera y éste cayó como un costal de papas. Así, en menos de tres minutos, se convirtió en campeón del mundo. “Me gustaría llegar a la cima”, afirma.

Estos hombres que se meten a la jaula con cara de pocos amigos siempre están pensando en los suyos, en cómo una victoria les llenaría de dicha, esa es la principal motivación de López, el peleador veterano, y de muchos otros, para poder destrozar al de la otra esquina.

“Cuando veo al que está dentro de la jaula, esperándome, me digo: ‘ese es mi enemigo, me quiere quitar algo que me pertenece, la comida que pongo en la mesa para mis hijos'”, dice.

Eso volverá a pensar “Kryptonite” en su siguiente enfrentamiento, sea quien sea el oponente.