Los jesuitas y el Vaticano

Ningún jesuita en los casi 500 años, había sido Papa
Los jesuitas y el Vaticano
Tourists look up at the ceiling frescoes inside the Church of Saint Ignatius, dedicated to Ignatius of Loyola, the founder of the Jesuit order, in Rome, Thursday, March 14, 2013. Pope have punished Jesuits theologians for being too progressive in preaching and teaching. The last pontiff, Benedict, politely but firmly sent a letter to the Jesuit's leader inviting members to pledge "total adhesion" to Catholic doctrine, including on divorce, homosexuality and liberation theology. Now the pope is a Jesuit, the first ever from the missionary order's well-educated and savvy ranks in its nearly 500-year-long history, and Francis just heard the church cardinals pledge allegiance to him. (AP Photo/Emilio Morenatti)
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CIUDAD DEL VATICANO — Aunque el Vaticano ha elegido a los disciplinados jesuitas como asistentes para planear los peregrinajes papales y para que manejen su red mundial de telecomunicaciones, la idea de que el pontífice pertenezca a la Compañía de Jesús no termina por ser digerida en la Santa Sede.

Antes del papa Francisco, nadie de la orden misionera de casi 500 años de antigüedad había sido Sumo Pontífice.

Papas anteriores han castigado a teólogos jesuitas por ser demasiado progresistas en sus sermones y enseñanzas. El anterior pontífice, Benedicto XVI, envió una carta cortés pero firme en la que invitaba a los miembros de la orden en todo el mundo a prometer “adhesión total” a la doctrina católica, incluso en los espinosos temas del divorcio, la homosexualidad y la teología de la liberación.

¿Qué es la Compañía de Jesús, y qué hace que el Vaticano la aprecie tanto y hasta le tema?

Siete hombres, que se unieron para hacer sus primeros votos religiosos de castidad y pobreza en París, en 1534, fundaron la Compañía de Jesús.

El principal fundador fue San Ignacio de Loyola, y uno de sus compañeros fue San Francisco Javier, cuyo celo evangelizador inspiró —junto con San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana— al cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio para elegir el nombre de Francisco.

Los turistas en Roma pueden visitar las cuatro pequeñas habitaciones en que Ignacio pasó sus últimos años, incluida la alcoba donde murió y el comedor donde conversaba con misioneros antes de que partieran a la India o a América.

La orden tiene unos 19,000 miembros en el mundo. Es la orden religiosa masculina más grande del planeta.

En un principio, los fundadores esperaban ir a Tierra Santa a convertir musulmanes, pero cuando la expansión turca obstaculizó esos planes, decidieron mejor dirigirse a Roma. La constitución de su orden obtuvo la aprobación papal en 1540.

Los jesuitas partieron a tierras extranjeras, donde trabajaron afanosamente como misioneros. Francisco Javier y Matteo Ricci, un italiano que ayudó a introducir el cristianismo en China en el siglo XVI, estaban entre ellos. En América Latina y Norteamérica, los jesuitas fueron apodados los “Sotanas negras” debido a sus distintivas prendas.

Otra virtud de la orden es la educación. Cerca de 3,730 escuelas operadas por jesuitas en el mundo instruyen a 2.3 millones de estudiantes. Ignacio fundó la que se convirtió en la universidad pontificia más prestigiosa de Roma, la Gregoriana y graduarse de ella es esencial para quienes pretendan ascender en la jerarquía vaticana, dirigir diócesis o ser diplomáticos vaticanos.

Tres sacerdotes jesuitas que navegaron hacia la bahía de Yokohama, Japón, fundaron la Universidad de Sofía. Otra renombrada escuela jesuita es la Universidad de Georgetown.

La instrucción académica del nuevo Papa es jesuita clásica, vasta y desafiante, una mezcla de materias prácticas y humanidades.

Fue educado como químico, e impartió clases de literatura, psicología, filosofía y teología.

Los jesuitas promueven una agenda de justicia social, y su labor con los pobres de Latinoamérica a finales del siglo XX provocó inquietud en el Vaticano por el temor de que estuvieran adoptando movimientos políticos marxistas.

Algunos jesuitas, especialmente en Estados Unidos y Holanda, pusieron en entredicho los pronunciamientos papales sobre control de natalidad, celibato y la exclusión de mujeres en el sacerdocio.

Durante el papado de Benedicto XVI, algunos escritos de un jesuita español, el reverendo Jon Sobrino, un connotado defensor de la teología de la liberación, fueron tachados por el Vaticano como “erróneos o peligrosos”.

El año pasado, el cardenal Donald Wuerl, de Washington, criticó a la Universidad de Georgetown por invitar a la secretaria de Salud estadounidense a dar un discurso. Los obispos de Estados Unidos han chocado con el gobierno de Barack Obama en temas como salud y anticoncepción.

Otra escuela jesuita, la Universidad de Seattle, provocó el enfado de los católicos conservadores al invitar como orador a un ex gobernador que apoyaba el aborto.

Los jesuitas en Europa fueron una fuerza significativa en la Contrarreforma luego del surgimiento del Protestantismo en el continente. Sus imponentes iglesias barrocas en Roma son legado de ello.

El reverendo Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, lo describió así el jueves: los jesuitas son conocidos por su disposición para servir a los demás, no por ejercer la autoridad.

Se decía que el cardenal de Milán, Carlo María Martini, otro jesuita, era uno de los favoritos al inicio del cónclave de 2005 en el que resultó elegido Benedicto XVI. Pero, como adolecía de mal de Parkinson, igual que Juan Pablo II, dijo que “la Iglesia no necesita otro papa enfermo” y se excusó de la selección.

Se dice que en el mismo cónclave, Bergoglio fue el segundo cardenal más votado, pero dejó claro a sus correligionarios que no quería el puesto, lo que abrió el camino para Benedicto XVI.

El reverendo Robert Drinan, un jesuita, fue elegido al Congreso de Estados Unidos durante el momento más tenso de la guerra de Vietnam, con un programa político opuesto al conflicto. Cuando murió, en 2007, el senador Edward Kennedy lo describió como la “imagen de un valiente”, una referencia al libro ‘Biografías de Valor’ escrito por su hermano John F. Kennedy.