Su arma: la palabra

Sanjuana Martínez sigue a pesar de las amenazas
Su  arma: la palabra
Sanjuana Martínez presentó recientemente en LéaLA 'La frontera del narco'.
Foto: Suministrada

Sanjuana Martínez sí tiene miedos, como cualquiera. Pero la diferencia es que ella se lo guarda, respira valor y entonces sin más, denuncia.

Sus revelaciones han resultado incómodas. No está ni con Dios ni con el diablo.

Es una de las periodistas mexicanas que está amenazada muerte en México, en donde “libertad de expresión” parece ser un epitafio para quien la practique.

Martínez, quien ha ganado varios reconocimientos por su trabajo —entre ellos el Premio Nacional de Periodismo en México, Premio Ortega y Gasset otorgado por el periódico español El País—, estuvo en la pasada edición en la Feria del Libro en Español de Los Ángeles, LéaLA, en donde no sólo habló sobre el tema de su libro La frontera del narco, sino de los femicidios que se piensa que tenían lugar sólo en Juárez, pero que, ahora, dice, se vive por todo el país.

“México es país de feminicidios”, asegura. “El fenómeno de las ‘muertas de Juárez’ se ha extendido por toda la República. Son feminicidios producto de la trata de mujeres, adolescentes y niñas. Los carteles de la droga han incursionado en la trata de mujeres porque es el segundo negocio más [beneficioso] a nivel global después de las drogas”.

Pero el trabajo de Martínez no sólo ha molestado a los narcos, también al gobierno y a jerarcas de la iglesia católica.

Sus investigaciones sobre la pederastía en esta religión, concluyeron en la denuncia ante la Corte Superior de California en contra de los cardenales Norberto Rivera Carrera (de México) y Roger Mahony (Los Ángeles), un caso que aún está en los tribunales.

¿En qué momento los periodistas resultaron tan incómodos en México?

Cuando [el Presidente] Felipe Calderón inició su guerra delirante contra el narcotráfico abrió la caja de Pandora. Si antes había siete carteles de la droga, ahora hay 70; si antes eran decenas de muertos, ahora hay 100 mil muertes […]. Durante esta guerra que aún no termina, cuando hay 23 ejecutados al día y en los primeros cuatro meses de gobierno de Enrique Peña Nieto se registraron 2,500 muertos, los periodistas hemos quedado en medio de dos bandos: la violencia del crimen organizado y la del Estado. A veces la línea es muy delgada entre ambos y el enemigo no está claro. Los periodistas somos el último reducto de credibilidad en la guerra. Nuestro trabajo rompe el silencio ominoso y escribimos entre balas de las cuerno de chivo, colgados de los puentes, descuartizados, decapitados, pozoleados… con una única arma: la palabra.

¿Para quién resultan más molestos los periodistas?

Para todos. Los tres —narcos, gobierno e iglesia— son poderes absolutos que pretenden controlar el flujo de información. Manipulan, mienten y quieren dirigir el rumbo democrático del país. Los tres poderes funcionan como una mafia a la hora de perseguir, reprimir, amenazar y asesinar a los periodistas.

En estos momentos tú estás amenazada de muerte. ¿Cómo se trabaja en esas condiciones?

He aprendido a vivir bajo riesgo. Cuando decides ser un periodista independiente en México sabes que has elegido el camino más estrecho y difícil. México se ha convertido en el país más peligroso para ejercer el periodismo en América Latina. El 65 por ciento de los crímenes los comete el Estado. A veces hablas con un policía y resulta que es parte del cártel de la droga en poder de la ciudad. ¿Qué hacer cuando sabes que te están siguiendo, que hay coche extraño fuera de tu casa, cuando recibes llamadas amenazantes en la madrugada?… ¿Hablarle a la policía? No, la corrupción y connivencia con las autoridades con el crimen organizado es cotidiana. Por tanto, hemos creado redes de solidaridad entre los periodistas, nos ayudan las organizaciones no gubernamentales, nos apoyan los amigos y contactos para encontrar refugio en los momentos de angustia y miedo, porque en México se trabaja con miedo.

¿Has pensado exiliarte?

Ya viví el exilio. Trabajé como periodista 20 años en Europa [España] y viví tres años en San Francisco [California] desde donde me movía para cubrir el drama de la frontera entre Estados Unidos y México. Desde entonces era considerada una periodista incómoda. Así que no pienso volver a irme. Ahora es cuando hay que estar en México. La última vez que temía por mi vida, una ONG me sacó del país y la recomendación era que me quedara un año. Aguanté un mes. No más. No pienso irme, ni callarme. Es mi convicción, mi compromiso con mi país y con mi gente. México duele. Y hay que hacer algo desde el lugar de cada uno para ayudarlo.