El tambaleo de Obama

En medio de una fuerte división partidista en la Cámara Baja, el Congreso debatirá  una de las políticas internacionales de mayor consecuencia bajo la Administración Obama.

En medio de una fuerte división partidista en la Cámara Baja, el Congreso debatirá una de las políticas internacionales de mayor consecuencia bajo la Administración Obama. Crédito: AP

Siria

El Gobierno sirio acaba de matar a más de 1,400 personas de su propio pueblo utilizando armas químicas, violando así los convenios internacionales que prohíben el uso de armas de destrucción masiva. Tristemente, esta no es la primera vez que el régimen de Bashar al Assad usa armas químicas en contra de su pueblo. Lo hizo en otras dos ocasiones, en diciembre y en marzo pasados.

El presidente Obama le había advertido a Assad el año pasado que si usaba armas químicas, se vería obligado a cambiar su estrategia y tomar acción. Según Obama, esa sería la “línea roja” que cambiaria el juego.

No obstante, a pesar de su grandilocuencia, el Presidente optó por no responder ante los primeros ataques químicos, perdiendo credibilidad ante nuestros enemigos así como nuestros aliados en la comunidad internacional.

Ahora, ante el tercer ataque, daba la impresión de que iba actuar de una manera firme y decisiva para que nadie cuestionara su palabra. Por una semana la Casa Blanca estuvo activamente dando indicaciones de que un ataque era inminente. Como parte de este esfuerzo, la administración también filtró información a la prensa dejando saber que la acción sería limitada, identificando los barcos de guerra que se estaban enviando a la zona e incluso haciendo público que la ventana para el ataque se abriría el jueves de esa semana.

Quizás los dos momentos más significativos de esta dramática semana fueron los dos discursos que dio el Secretario de Estado John Kerry sobre Siria por instrucciones de la misa Casa Blanca. En el primero afirmó que la administración no tenía dudas que Assad usó armas químicas y en el segundo, que ofreció el mismo viernes, dejó claro que “el uso flagrante de armas químicas por parte de un brutal dictador seria penalizado”.

En Washington y alrededor del mundo se estaban escuchando ya los tambores militares, pero, a último momento, el Presidente inexplicablemente dio un giro de opinión de 180 grados y anunció en una conferencia de prensa el sábado que aunque entendía que Estados Unidos debía “tomar acción militar en contra de objetivos en Siria”, y que no necesitaba la autorización congresional para proceder, de todas maneras buscaría el aval del Congreso. Nuevamente posponía su decisión.

Como era de esperarse, la decisión del Presidente fue interpretada por muchos en Estados Unidos y a través del mundo como un acto de inseguridad y pusilanimidad. Un editorial en un periódico sirio lo describió como “el comienzo del retiro histórico de los Estados Unidos de Siria” y el propio Assad tildó a Obama de “cobarde”. El analista de CNN David Gergen que ha asesorado a presidentes demócratas y republicanos, y quien es reconocido por ser un comentarista objetivo, opinó que la decisión del Presidente “ha levantado dudas sobre cuán firme es su control sobre el timón [de estado] como comandante en jefe”.

La decisión del presidente es ininteligible si consideramos además que cuando intervino en Libia hace unos años no buscó la autorización del Congreso y cuando, como nos enteramos más tarde, nadie en su equipo de seguridad nacional estuvo de acuerdo en condicionar el ataque al apoyo del Congreso.

Pero esta decisión no tuvo nada que ver con consideraciones de política exterior ni con la importancia de proteger la reputación y la credibilidad de los Estados Unidos a nivel internacional. Fue un cálculo político diseñado para proteger su imagen.

El Presidente sabe que el pueblo estadounidense no tiene apetito para una nueva intervención militar, por necesaria que sea, y no quiere que lo culpen a él solamente por el ataque. Por otra parte, si el Congreso no autoriza el uso de fuerza, él pudiera pasarle la culpa a los republicanos por la falta de acción, como acostumbra a hacer cada vez que algo anda mal.

Lamentablemente, mientras el Presidente se sienta sobre sus manos, el régimen de Siria sigue matando impunemente a su misma gente y continúa colaborando estrechamente con Irán para promover el terrorismo en la región, ayudando a armar a grupos violentos como Hezbollah.

Que quede claro: ordenar un ataque militar en el que pueden morir civiles y miembros de nuestras Fuerzas Armadas debe ser, sin lugar a dudas, la decisión más difícil que tenga que tomar un presidente. Sin embargo, como comandante en jefe, el Presidente no puede rehuir esta decisión, sino enfrentarla con valentía.

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