Educación para jóvenes: una inversión sensata

El presidente Barack Obama utilizó términos muy personales para presentar su campaña “My Brother’s Keeper”, que se centra en la asistencia a jóvenes muchachos de minorías, con una variedad de iniciativas de intervención coordinadas. Citando su propia lucha durante la niñez, su ira y las decisiones erradas que tomó subsiguientemente —incluyendo el uso de drogas— Obama dejó en claro que esta nueva iniciativa le es muy cara.

En su discurso de apertura, el Presidente presentó hechos que ya deberían ser de conocimiento público: Es mucho menos probable que los estudiantes de color, comparados con los blancos, puedan leer competentemente en cuarto grado y mucho más probable que se los suspenda o expulse de la escuela. Menos jóvenes afroamericanos y latinos participan en la fuerza laboral, comparados con los blancos.

Después el Presidente nos regañó:

“Y lo peor es que nos hemos vuelto insensibles a estas estadísticas. … Las tomamos como la norma. Suponemos que ésta es una parte inevitable de la vida estadounidense, en lugar del escándalo que es. … Pero estas estadísticas deberían causarnos enorme pena. Y deberían instarnos a actuar”.

Es cierto, deberían hacerlo.

Pero quizás no lo hagan porque pocos individuos de clase media para arriba, no-hispanos y no-negros se sienten tan involucrados con los jóvenes de minorías en riesgo como el presidente de los Estados Unidos. Quizás sea porque el tema no impacta a la gente en el lugar que importa: su propia conveniencia.

Hay tantos motivos morales para ser realmente los “cuidadores” de los jóvenes desfavorecidos de minorías, que es mejor pasar a considerar por qué es importante para “todos” los habitantes del país que estos jóvenes en riesgo tengan la oportunidad de florecer.

La raza, el género y nivel de ingresos no importan para considerar si una iniciativa como “My Brother’s Keeper” afectará a los que no pertenecen a minorías. Lo hará.

Las minorías son el sector de nuestra población de crecimiento más veloz. A todo estudiante y padre del sistema de educación pública —no sólo de las escuelas de bajo desempeño— le conviene que los niños de minorías de Jardín de Infantes y primer grado sepan los números y las letras, y puedan prestar atención a las lecciones. Lo mismo puede decirse de los adolescentes que puedan participar y trabajar en equipos académicos y desafiar a sus compañeros de clase.

Después está la educación superior.

A casi todo el mundo le preocupa la baja inscripción de minorías en las universidades de Estados Unidos y las tasas de graduación bajas de los varones de minorías ya inscriptos. Si pudiéramos hallar la manera de crear un conducto de jóvenes de color, académicamente preparados y ávidos de éxito, el sistema de educación superior casi con certeza los educaría en la misma proporción que a la población blanca.

Con respecto a la economía, tarde o temprano adquirirá fuerza. Y cuando lo haga, a causa del envejecimiento de nuestra población activa, necesitaremos solicitantes jóvenes y sumamente especializados preparados para un panorama profesional que busca individuos que puedan pensar, utilizar tecnología y ser fiables.

Los pragmáticos de todo el país deben entusiasmarse por el llamado del plan de Obama a una revisión de los diversos programas, a veces en conflicto, que ya están operando para cumplir esta misión.